El deseo cumplido V

Por Pitanga
Enviado el 10/10/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Vengan, bonitos, bailemos. Baila entre nosotros, nos rosa con los pies, gira por aquí y por allá, con mucha gracia. Nos tiende una mano a cada uno y nos levantamos. Ella se cuelga de mi cuello, Martín la abraza por detrás y bailamos. Nora Jones, suave, muy suave, como las caricias que intercambiamos mientras giramos, nos hamacamos. Yo la beso en la boca, Martín en la nuca. Ahora estamos uno a cada lado de su cuello, sus orejas, sus hombros. Él empieza a lamer su espalda. Sus manos bajan de la cintura al vientre y trabajan allí mientras yo voy por sus tetitas. Las chupeteo, las devoro, como sus pezones como sé que le gusta, especialmente uno. Ella separa las piernas, señal de que él ya está abajo metiendo la lengua por detrás. Por sobre el hombro de ella veo su cabeza metida en su culito, abriéndolo, lamiendo. Ella flexiona las rodillas para que la cola baje y se abra y él pueda hacerle el ojete con la punta de la lengua. Gime en mi oído. Mi amor, me dice, qué lindo que es esto, por favor. Yo pongo mi mano en su vulva y la siento empapada. Chorreo, me dice. Me besa. Bajo, tetas, pancita. Estoy en cuclillas. Ay, dice y da un respingo. No, no, no lo saques. La miro. Tiene la cabeza echada hacia atrás y gime. Me doy cuenta, él le está trabajando la cola, seguramente después de la lengua puso un dedo. Ella me mira. Seguí, ordena. Bajo, me siento con las rodillas flexionadas con las nalgas sobre los talones y empiezo a chuparle la concha. Lo hago despacio, tocando apenas el clítoris con la punta de la lengua. Martín está del otro lado de ella en la misma posición que yo. Paso una mano entre las piernas de mi mujer y le toco la pija. La tiene consistente pero no está del todo dura. Mueve mi mano desde la muñeca para que lo pajee. Lo hago suave. Todo es suave. A esta altura el polvo exige un juego delicado que pone a prueba la sensibilidad de los participantes. Si uno de los tres falla, ya sea por ansiedad o por tardanza, por falta de concentración o exceso inoportuno de calentura, se va todo al carajo y difícilmente se pueda retomar. Estoy acostumbrado a jugarlo con ella, ahora hay que ver si Martín está a la altura. Una cosa es ser un cogedor pasional que estalla en un gran primer polvo, otra es cuando se va por la repetición, ahí es donde el buen cogedor muestra sus habilidades. Para empezar es todo a golpes de sangre y adrenalina. El polvo sale solo. Pero pasar de la pura pasión, del deseo desenfrenado al goce pleno, eso es otra cosa. Acá te quiero ver Martincito, si sos un buen cogedor o solamente un pendejo fifón. Esto es piel. Pura. Hay que ser tan sutil como mi lengua, que se desliza como una pluma por los bordes de la vulva, y ataca con precisión y velocidad el clítoris. La alejo y dejo que trabaje solo la puntita. La paleteo desde la cueva y vuelvo sobre el clítoris, y todo sin dejar de atender a Martín, que con mi paja ya alcanzó firmeza en su erección. Mi pija en tanto sigue en reposo, sensibilizada pero dormilona. Repetir me lleva un tiempo y tienen que saber buscarme. Ella lo sabe. Me lo recuerda su pie, que ahora se instala sobre mi paquete y lo masajea. Así vamos sembrando goce en un círculo sensual que se retroalimenta. Al trabajo de mi lengua sumo un dedo con el que masajeo el interior de su cuevita. Ella manipula mi cabeza por el pelo para hacer que la levante y nos miremos a los ojos. Amor, me dice, amor, amor, amor, sos divino amor. ¡Cómo la chupás, qué hijo de puta! ¿Y Martín, qué te hace Martín? Le pregunto. Suspira. Me está gozando el culito. ¿Y te gustas cómo lo hace? Me encanta. Jadea, ay Martín, como me comés la cola turrito. Ahí, dale, dale con el dedito. Eso, eso, bien. ¿Qué te hace? Lengua, dedo, dedo, lengua. ¿Y vos? Es todo placer. De pronto él quita mi mano de la entrepierna de mi mujer y la gira dejando la cola de ella frente mí. Lo veo subir lentamente. Se va poniendo de pie. Una vez erguido la corre a ella un paso y su hermosa pija queda delante de mí. Me toma de la nuca y empuja mi cabeza hacia él. La toqueteo con la lengua, la recorro, acaricio sus huevos. Estoy tan concentrado en lo que hago, me produce tanto placer satisfacerlo, que siento que solo estamos su pija y yo. Es un flash, estoy re colgado de esa pija como si fuera el eje del universo. De repente escucho en mi oído, déjame un poquito, que no es toda para vos. Ella está arrodillada a mi lado. Me sonríe, y siento que la mano fuerte de Martín me aparta mientras con la otra mano manipula la cabeza de ella arrimándola a su pija. La pone a chupar y ella chupa, y en eso es maravillosa. Cuando se entusiasma, él la aparta y me pone a mí, y así nos vamos turnando y en algún momento quedamos los dos prendidos, yo desde los huevos y el tronco, ella el tronco y la cabeza. Qué bien me la chupan. Eso, eso, chúpenla, chupen la pija que les gusta, chupapijas. Está subido al ego y se siente un rey y nos siente sus esclavos. Y no me va nada mal sentir su poder y que me rebaje un poco. Es más, me calienta bastante. Pero ella no va a soportar ni fumada ni caliente que un macho la domine sin dar batalla. Y la veo como la emprende con el glande haciendo centro en el frenillo y se lo trabaja de tal manera que en un par de segundos lo veo a él poniéndose en punta de pie para estirar todos los músculos por donde la sangre le corre alborotada. La saca de los pelos cuando está a punto de venirse. ¿Qué pasa, si decías que éramos buenos chupapijas? Demasiado, dice él. ¿No te la aguantás? Lo desafía ella que quiere volver sobre su pija pero él se lo impide. Entonces lo ataco yo y le entro al glande como lo hace ella y en menos de un minuto se repite la escena, pero ahora conmigo. Se tensa y me aparta de los pelos. Ella se toma de sus piernas, duras y firmes como columnas, y se va irguiendo apoyándose en el cuerpo de él hasta quedar los dos pegados. Martín es más alto y la mira desde ese lugar, pero ella se ocupa de hacerle saber que no manda pasándole la lengua por la cara. Después da un pequeño saltito y enrosca sus piernas a la cintura de él y le habla al oído. Así, con ella alzada caminan hacia el hall. Los sigo desplazándome en cuatro patas, sintiéndome un perrito faldero que va detrás de sus amos. Entran a la habitación y yo detrás.


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