PARIS (PARTE 1)

Por MORRIS
Enviado el 26/09/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Por fin ha llegado el día, los billetes de avión en el bolso y la maleta preparada encima de la cama con todo lo necesario para tu tan esperado viaje.

Tras varios años sin vacaciones y ahorrando como una hormiguita todo lo que podías, hoy por fin es el día en que vas a hacer realidad tu sueño….hoy te vas a París, la capital del amor.

Esta noche no has pegado ni ojo y las cosas para el viaje llevan días preparadas. No hay lugar a la improvisación, todo está en su sitio y nada puede salir mal.

Nerviosa como una niña el primer día de escuela subes las escalerillas del avión que te va a llevar a la capital francesa.

Vas mirando por la ventanilla y ojeando con avidez una revista de esas de propaganda que hay en los aviones…tu corazón se empieza a disparar a medida que te vas acercando a la ciudad de tus sueños.

Tres horas más tarde el avión aterriza en el aeropuerto Charles De Gaulle y una gran sonrisa aflora en tu cara iluminando todo el interior del avión. Ya estás en donde tanto tiempo llevabas soñando estar…”La ciudad de las luces”.

El taxi te deja en la puerta del Ritz, (el hotel elegido para tan maravillosa estancia) y con su aire antiguo te lleva a la Francia del siglo XIX, con sus calles llenas de poetas, pintores y toda clase de artistas.

Sin más dilación, tu primera e ineludible visita es a la férrea imagen de la ciudad, la torre Eiffel. Subes hasta arriba para así poder observar la ciudad en toda su extensión y contemplar por fin, lo que tantas veces anhelaste.

Con el ojo puesto en uno de los telescopios colocados para tal fin, vas escudriñando cada rincón de tan majestuosa ciudad sin percatarte de que un caballero bien parecido y mejor vestido no deja de observarte desde el otro lado del pasillo mientras tú estás absorta en tus quehaceres turísticos.

Un inesperado golpe de viento hace que tu visera salga volando por los aires y por suerte para ti sea alcanzada por una mano enfundada en unos guantes negros. La mano del caballero que te observaba hasta hace unos instantes.

“Su visera mademoiselle” te dice con un perfecto acento francés.

Le das las gracias con una de esas enormes y maravillosas sonrisas tuyas, a lo que él te contesta...”Siempre un placer mon cherry”.

Los correctísimos modales del hombre te hacen ruborizar por un momento, para después, continuar con tu observación paisajística.

Tras bajar del monumento, decides ir a tomar un café a algún típico restaurante parisino, cerca de los Campos Elíseos. El sonido de un acordeón te transporta al París de la posguerra, haciendo que el sentimiento de mil amantes te inunde y haga que una lagrimilla traviesa salte de tus ojos y muera en la comisura de tus labios.

En ese preciso instante un pañuelo blanco perfectamente doblado te es ofrecido por una mano para que seques tu llanto.

Aceptas sin mirar quien te lo ofrece y al secar tus ojos y mirar hacia arriba descubres que el hombre que había salvado a tu visera de morir aplastada contra el suelo era el que ahora te ofrecía un lugar donde reposar tus lágrimas.

Se presenta como el Duque Albert de  Saint-Simon y te pide permiso para compartir tu mesa, a lo que tú accedes casi hipnotizada por la galantería de este perfecto extraño.

Te comenta que te ha estado observando pues tu manera casi glotona de observar su ciudad le ha llegado al corazón y se ofrece para hacerte de guía turístico en lo que te quede de viaje.

Tú te niegas, pero él insiste y no te queda más que aceptar de buen gusto la invitación de tan amable y guapo caballero.

Levanta su bastón y una calesa tirada por dos caballos blancos se acerca hasta vosotros para llevaros pos las calles de la ciudad.


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