Ana. Tercera parte.

Por Olga
Enviado el 30/09/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Me trajo el Gintonic con su bolita de pimienta, justo como a mí me gusta y me quedé callada mirando a Teresa, ella se lo estaba pasando pipa.

 

- ¿Qué tal tu primera semana de facultad?

- Bien, no hemos hecho mucho aún, pero estoy cómoda.

- ¿Estas cómoda ahora o en la facultad? Se ríe y da un sorbo al whisky.

 

Al ver que yo no decía nada me dijo: Disculpa mi osadía. Empecé a reírme. Qué sexy era joder. Cada palabra que decía provocaba en mi cuerpo una sensación muy extraña. Me sacó a bailar, aunque le advertí que entre un pato y yo no había ninguna diferencia. Justo sonó una bachata, y puso su mano derecha en mi cintura y me juntó hacía él. Casi podía escuchar latir su corazón. Pum pum, pum pum. Juntó su mano izquierda con mi mano derecha, mis piernas empezaron a temblar. En ese momento no era amor, era puro sexo. Pude olerlo, jamás un hombre podrá oler tan bien como él. Note algo entre sus piernas. Noté su miembro pegado a mí. Me aparté, pero mordió su labio inferior y me juntó hacia él de nuevo. Mi corazón latía tan fuerte que por un momento pensé que me podría dar un infarto. Me puse cachonda, muy cachonda, recordé el sueño que tuve con él, lo tenía tan cerca... hasta que escuché:

 

- Ana!! ¿Pero qué haces aquí? ¡Isa se ha puesto mala!

 

 

Me fui corriendo del reservado con Teresa, y justo en el velo de la entrada, giré, nos miramos, y me guiñó un ojo. En algo así como un acto reflejo, miré su paquete, y estaba empalmado. Él vio que lo miré, se lo miró y empezó a reírse. Me ruboricé.

 

Isa había bebido demasiado, y había cenado poco. Lo de siempre. Así que me despedí del resto y cogimos un taxi junto con Jen. La situación era rara: Yo en silencio en el asiento derecho de detrás, Isa en el asieno del copiloto tambaleándose, y Jen mirándome.

Ellas no sabían de la existencia de David, ya que siempre me ilusiono muy rápido con los chicos para nada, y no me apetecía amargarles más. Y encima con éste, que era mi profesor.

 

- Nada Jen, es que estoy cansada.

- Ya, claro...

Me conocía bastante bien.

El taxista primero dejó a Isa, y Jen y yo nos bajamos a la vez, ya que somos prácticamente vecinas. Nos despedimos y me subí a casa.

Me quedé paralizada dentro de casa, en la puerta, unos minutos, pensando, analizándolo todo... Pensé que fue un sueño y me pellizqué, pero no, seguía siendo la misma tonta de siempre.

Esa noche la pasé en vela, maldito David, me tenía loca, y lo conocía de una semana.

Empezó la segunda semana, y era Lunes. Miedo. Ganas.

Le pregunté a Susana qué le ocurría y me dijo que no salió porque estaba de viaje, en cambio Juan me dijo otra cosa.

 

- Sí, sí, estaba mala, pero también me fui de viaje al pueblo de mis padres.

- Entiendo...

 

Pues no, no la entendía.

Teresa llegó más tarde, esta vez fue ella.

 

-Eh, ¿Y tú? Qué calladito te lo tenías... ¿Desde cuándo estás liada con el profe de mates? Dijo.

 

- ¿Qué? ¿Cómo? Juan y Susana al unísono.

- Vamos a clase, que vamos a llegar tarde... Dije.

- No creo que le importe a tu novio que lleguemos un poco más tarde. Dijo Teresa mientras reía.

 

Y así fue, llegamos tarde a clase:

 

-Pe...peperdone, ¿Podemos entrar? Dije.

- Sí, pero que sea la última vez que llegáis tarde. Dijo él.

 

 

Qué tío más desagradable, después era el primero que me acercaba la polla. En fin. Ni lo miré en toda la clase pero no pude evitar escucharlo, tenía la voz preciosa. Jodidamente preciosa. Y sexy.

 

- Chicos, para la siguiente clase tenéis que ir al Aula 2.5, que aquí tienen que arreglar unos ordenadores.

 

Se terminó la clase y fuimos saliendo todos.

 

- Ana, ¿Puedes acercarte? Tengo que hablar contigo de un tema de la matrícula. Dijo.

Yo sabía que no era nada de la matrícula, pero a saber qué quería. Teresa, Juan y Susana se fueron y junto con ellos toda la clase, y me quedé sola con él.

 

- ¿Qué le pasa a mi matrícula?

Se rió.

 

- ¿Qué le pasaba a tu amiga? Que me quedé preocupado.

- Había bebido mucho y cenó poco, así que se mareó, pero nada grave.

- Normal, si es que sois unas crías.

- Habló el adulto.

- Tan sólo te llevo 7 años, no es tanto.

- ¿Tanto para qué? Vacilé.

- Vas a llegar tarde.

 

Se mojó los labios, yo sólo quería morderlos. Reí y me fui. Esta vez segura de mí misma, moviendo el culo, sabía que me lo estaba mirando, me giré y así era.

Me puse a pensar cómo sería follar en una de esas mesas.

 

Pasaron los días, pasaron las semanas, y entre nosotros había miradas de complicidad y deseo. Decenas de veces quería acercarme a él para decirle cuantísimo lo deseaba, pero no lo hacía...

Hasta que un día me armé de valor y busqué un momento en el que él estuviera completamente solo. El ascensor. 'Coincidí' con él.

 

- ¿Qué tal Ana?

- Tengo que hablar contigo.

- Tengo prisa, si quieres te puedo dar cita para esta misma tarde.

- Me parece bien.

Estaba demasiado serio, no sé, era raro, pero yo sólo deseaba que llegaran las cinco y media. Y llegó. Y ni sabía de qué iba a hablarle. Me puse nerviosa. Me quería ir, y justo cuando iba a hacerlo, abrió la puerta de su despacho.

 

- ¿Qué haces aquí? Pasa. Dijo

Y pasé.

- ¿Tienes alguna duda de algo de clase?

¿En serio me estaba preguntando si tenía dudas de matemáticas? Si él sabe que soy una negada y que saqué un 3 en un exámen que hice. ¿Qué hay de lo del día de la discoteca? En fin.

 

- Sí bueno, pero mejor vengo otro día, porque los apuntes en los que tenía duda están en mi casa, siento haberle ocasionado molestias, además tengo que ir ahora al médico por un dolor que tengo en el cuello y demás, le veo en clase. Dije

 

- No, espera.

Se levantó. Cerró la puerta. Con pestillo. Se acercó.

- Mira hacia adelante. Dijo

Lo hice. Empezó a masajearme el cuello.

 

- ¿Qué te pasa? ¿Mala postura?

Dejé de respirar. Casi me asfixio. Sus manos tocaban mi cuello, cuello perfecto ya que no tenía ningún problema muscular. Sus manos eran suaves, grandes, perfectas. Empecé a respirar de nuevo.

 

- Sí...bububueno.

- Relájate.

- Mira, ya que aquí no te puedo masajear bien del todo, que te parece si te echas en el sofá cama, que se puede agrandar, y ahí estás más cómoda.

 

- Vale.

Me sorprendí de mí misma, en ese momento no balbuceé, simplemente asentí, manipulable, débil, dejándome llevar, era suya.

Abrió el sofá, me tumbé y empezó a masajearme.

- Si quieres que lo haga mejor te puedes quitar la blusa, quizá el problema venga de la espalda. Rió.

Me quité la blusa.

 

- No mires. Dije.

Rió.


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