LA CIÉNAGA

Por BARBARROJA
Enviado el 01/10/2014, clasificado en Terror
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Quizás fue el débil fulgor de la luna, tal vez el cuerpo desnudo de ella, sobre la ciénaga, como un dibujo de Frazetta, o solo fue que había perseguido su imagen toda su vida. O, más sencillo aún, que no podía olvidarla, después de que le habló en aquel bar y tuvo que seguirla, aunque su coche no estaba para muchos trotes y el de ella era nuevo y un buen cacharro que se metía por carreteras imposibles.

Pero finalmente ella se detuvo junto a la ciénaga, se quitó la ropa y en silencio trepó a uno de las ramas de un árbol enorme. Estaba quieta, inmóvil, esperando o mirando algo. Él no podía afirmar qué desde su posición. Pero su corazón latía aceleradamente. Era ella, estaba seguro y no iba a abandonarla por nada de este mundo.

La quietud del agua de la ciénaga, comenzó a quebrarse. Algunos pájaros se alejaron presurosos del lugar. Todo esto debió advertirle, tal vez lo hizo, pero él no se marchaba, no era un pájaro temeroso, tampoco alguna alimaña que gruñendo asustada  se alejó amparada en la vegetación.

Y del agua surgió la monstruosa cabeza. No la miró a ella ¿Para qué perder el tiempo en una esclava? De inmediato, en cuanto sus repugnantes fosas nasales estuvieron fuera del agua, había olfateado a su presa, es posible que incluso antes. Había sido un dios antes de que se forjara la humanidad, había sobrevivido a los grandes saurios, era fuerte, pero necesitaba alimento. Y ella se lo proporcionaba. A cambio la mantenía joven y viva a pesar de los siglos.

El infecto cuerpo salió entero de la ciénaga. Se movía tan rápido que la muchacha apenas pudo seguir el movimiento. El dios se abalanzó sobre su presa. Un resplandor iluminó todo el lugar dejando a la muchacha ciega durante algunos segundos. Cuando recuperó la visión, el cuerpo inerte del dios yacía en el suelo. Los ojos abiertos aún expresaban un segundo de pánico.

Él se acercó a la muchacha que temblorosa le miraba sin comprender qué había sucedido.

-Hace tiempo que te buscaba para encontrarle a él.- Dijo el desconocido con voz profunda.- ¿Quieres seguir siendo joven? ¿Quieres seguir viva? Vístete.- Le ordenó. Luego cogió el hediondo cadáver y lo arrojó a la ciénaga como si fuese una pluma.- Sígueme. Ahora me servirás a mí. Tengo hambre…


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