Cartas marcadas

Por BARBARROJA
Enviado el 03/10/2014, clasificado en Amor / Románticos
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Creo que se cruzaron un momento en unos grandes almacenes. Así quiero recordar que me lo contó uno de ellos. Entre el brillo de las luces navideñas, brillaron sus ojos al reconocerse. Unos niños cantaban un villancico a través de los altavoces, inundando de voces blancas el establecimiento.

Es posible que Luisa sonriera, no dudo de que Carlos lo hizo. Ella dejó a su marido un momento y se puso a pasar cds fingiendo que buscaba uno. Él se excusó con su esposa, fue junto a uno de los expositores de música, luego simuló buscar en el expositor donde ella estaba. Un segundo, no más, las manos volvieron a encontrarse porque él rozó, con plena conciencia del acto, la mano de ella, y ella, con plena aceptación, se dejó rozar. Habían pasado cinco años desde la última vez que se vieron.

¿Cómo he podido vivir tanto tiempo sin volver a sentir tu piel sobre la mía? Pensó Luisa. Era muy parecido a lo que Carlos se decía a sí mismo en ese instante. No quisieron mirarse, no había que descubrirse. Luego se separaron. Igual que cinco años atrás, ocultando un amor que no se atreve a pronunciar su nombre.

 Quizás pasarían otros cinco años, tal vez no volverían a verse jamás. Nada de eso tenían claro, no tenían nada claro. Luisa volvió junto a su marido y su hijo, éste se había convertido en todo un mozalbete, un guapo adolescente. Carlos y su esposa reían una broma de su hija. Luisa calculó que la niña debería tener los siete años. Era la pequeña. Nació por aquel tiempo, se dijo.

¿Cómo sigue? Me preguntó. Desvié la conversación como si me resultase molesta. Debió pensar que yo era uno de esos moralistas que condenan el amor adúltero y obligan a Anna Karenina a arrojarse al tren. Preferí quedar como un estúpido a decirle que meses atrás había muerto y por tanto, su esperanza de reencuentro, de que sus miradas volvieran a cruzarse, inundadas de pecado y amor, no tenía sentido. Nada volvería a reunirles...

Se marchó, no hemos vuelto a hablar desde entonces, ignorando su tragedia particular, privada, mínima si se compara con el Universo, y como éste, infinito e inaprensible.


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