Tiempos Funestos

Por Jordi Clavero
Enviado el 03/10/2014, clasificado en Terror
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  Tras finalizar los estudios en el instituto, cursé una licenciatura de ingeniería en la universidad autónoma. Con la licenciatura en mi haber, no tardé en conseguir una vacante en una multinacional de prestigio. Allí conocí a una joven empleada, que unos pocos años más tarde se convertiría en mi esposa.
A causa del fracaso en mi matrimonio, perdí la fe en mi mismo. Me volví apático y olvidadizo, repercutiendo gravemente en los resultados de todos los proyectos en los que participaba. El que no se convertía en un rotundo fracaso, se finalizaba fuera del plazo previsto.
Fueron momentos difíciles. Pasaban los días y los miembros de la junta de accionistas no sabían qué hacer conmigo, mientras yo trabajaba en un proyecto que intuía que jamás llegaría a ver terminado.
Finalmente tomaron la decisión más sensata. A pesar de mi compromiso con la empresa, y los múltiples éxitos obtenidos en tiempos pretéritos, consideraron que me había convertido en una pieza defectuosa capaz de obstruir el magnifico engranaje que representaba la firma, una mancha que había que eliminar, un estorbo. Aunque no tengo nada que reprocharles, pues yo mismo me sentía fuera de lugar allá donde estuviese.
Incluso en el apartamento de bajo arrendamiento de Fraisal, en el cual me había instalado tras el divorcio, me parecía un lugar adverso; donde malvivía alimentándome a base de la autocompasión y comida precocinada.

En uno de esos paseos nocturnos, me detuve en la plaza que hay frente a la iglesia y me senté en uno de sus bancos. A aquellas horas de la noche, esa zona del pueblo era un remanso de paz; uno de esos escasos lugares donde uno podía encontrarse a sí mismo sin apenas proponérselo.

El viento llevaba consigo una brisa fresca que recibí con agrado, a pesar de que las temperaturas comenzaban a descender como es habitual en aquella época del año; la plaza estaba bien iluminada, al igual que sus calles colindantes; y la iglesia ofrecía su mejor versión, gracias a los focos que iluminaban directamente la parte más alta del campanario. Por primera vez, los remordimientos que atenazaban mi alma aflojaron su presión por unos instantes.

Estaba admirando la torre del campanario, con el firmamento como telón de fondo, cuando una imponente voz me liberó del hechizo en el que me hallaba inmerso al formular una simple pregunta –¿Es usted creyente? –. Reaccioné con un sobresalto y mi cuerpo se puso en tensión. Busqué con la mirada al causante de mi agitación con tanta violencia, que estuve a punto de provocarme una lesión cervical.
Lamenté no haber podido reprimir una mueca de dolor, justo en el preciso instante en que localicé a un hombre de unos cincuenta años de edad a pocos metros de distancia. El desconocido tuvo que haberse imaginado que yo me había asustado, porque rápidamente me mostró sus manos desnudas y se disculpó por la intromisión.
Acepté de inmediato sus disculpas; y con un movimiento de mi mano derecha, le indiqué que podía acercarse para hacerme compañía. El hombre, captando el mensaje, asintió con la cabeza con elegancia y caminó los pocos metros que restaban hasta sentarse en el otro extremo del banco.
Se creó un incómodo silencio mientras yo esperaba que el desconocido me revelara su nombre; pues consideré que era de recibo que él fuera el primero en presentarse, ya que había sido él quien había acudido a mí en busca de compañía –¿Y bien? –dijo al fin –. ¿Ya ha meditado lo suficiente para poder responder a mi pregunta?
Por alguna causa ajena a toda comprensión, aquel hombre ejercía sobre mí un estatus dominante; haciéndome sentir dócil y torpe de ideas. Como si en su presencia, mis pensamientos se vieran obligados a pasar por una vía segundaria; por un conducto en desuso impregnado por alguna sustancia pegajosa, que les impidiera llegar a tiempo a su destino. A pesar de que siempre he considerado inapropiado exponer mi fe cristiana ante desconocidos, en aquel momento me sentí incapaz de eludir la pregunta sin parecer descortés. No quedándome más remedio que parecer sumiso y exponerle a grandes rasgos mis creencias religiosas.
Acabada mi explicación, mi enigmático compañero me expuso una versión de los hechos mucho más cáustica. De entrada, reconocía tener dudas sobre la existencia de Dios, nuestro creador. Pero que de haber existido, no sería más que un creador involuntario; como un hombre que tras comerse un puñado de aceitunas, hubiera tirado los huesos en el suelo, y pasado un tiempo, y por puro azar, de uno de esos huesos hubiera crecido un árbol. Como si aquel joven olivo fuera nuestro amado planeta y sus frutos, sus habitantes; un árbol que nadie iría a regar ni a recoger sus aceitunas, por muy sabrosas que estas fueran.
Su teoría me resultó abrumadora, a la par que ingeniosa, y habría estado dispuesto a profundizar en ella incluyendo el concepto del alma. Pero tras consultar su reloj, el desconocido me anunció que ya era demasiado tarde para debatir temas tan profundos, y me prometió que acabaríamos aquella conversación, siempre que yo quisiera, al día siguiente en el mismo banco y a la misma hora”.

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