Hasta siempre

Por Claudio Palmés
Enviado el 25/12/2012, clasificado en Varios / otros
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El coche fúnebre se detuvo al final del estrecho camino entre vigilantes cipreses. El riachuelo de paraguas lo hizo tras el. Dios parecía estar allí, escondido tras el negro cielo. Triste por tener que llevarse  a D. Arturo de este mundo, por romper el corazón de su pequeño Leo. Quién sabe, tal vez era incapaz de  detener su llanto sobre ellos, inconsolable. Cierto es que la lluvia  caía como hacía mucho tiempo.

Leo deseó con toda su alma que el todopoderoso existiese, no quería asumir el hecho de que no volvería a ver a su abuelo nunca más. Aunque en sus adentros la verdad que se abría camino atendía a las leyes del universo, según las cuales nada dura eternamente. Todo tiene un principio y un fin.

Las densas nubes ocultaban por completo el sol y la lluvia caía con insistencia, suplicando perdón. Cuando Leo tuvo el valor de apartar a Dios de todo aquello sintió como las fuerzas de la naturaleza le mostraban el maravilloso e inescrutable  ciclo de la vida. La lluvia se entremezclaba con sus lágrimas y con sus pensamientos, tras unos minutos cesó de repente y el cielo se agrietó. Todos se habían ido ya, todos menos él, que permanecía de pie frente a la tumba de su abuelo. Un haz de luz descendió sobre el Camposanto y  su brillante reflejo  cegó a Leo durante unos instantes. Los pájaros volvían a cantar y las flores parecían atraer con mayor intensidad a las abejas, dos mariposas revoloteaban entre las flores de D. Arturo. Un efímero epitafio  cuyo verso era difícil de mejorar ante un amante apasionado de todos aquellos pequeños seres como era él.

Su corazón latía con una fuerza que no había sentido antes, su respiración era intensamente profunda. Las últimas gotas  terminaban de deslizarse por su cara y comenzó a sentir el calor  del sol a través de todos los poros de su piel. “Las personas son felices cuando ocupan el lugar que les corresponde en el universo que les rodea”. Nunca antes había llegado a entender las sabias palabras de su abuelo. Nunca antes se había sentido tan conectado al universo. Se sentía tan vivo, a pesar de todo. Sus lágrimas ya no obedecían solo a la pena y al dolor. Ahora lloraba con todos sus sentidos a flor de piel. Lloraba mientras le decía en voz alta, gracias, a su abuelo. Era un llanto de amor a la vida, de  amor  a todo lo que él había significado.

En ese momento fue  consciente de que su abuelo seguiría con él para siempre.

 


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