El deseo arde en el trío IV

Por Pitanga
Enviado el 17/10/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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FIESTA. Y bajamos… Golosos, agresivos, melosos, desesperados, dulces, arrebatados, groseros, delicados; y comemos, lamemos, lengüeteamos, succionamos, besamos, mordisqueamos, devoramos con deleite cada centímetro de su cuerpo, hasta reunirnos y juntar nuestras bocas en su pija, eje del universo que en ese preciso momento se compone de solo tres cuerpos. Y giramos, rotamos, nos enroscamos, pies, bocas, piernas, sexos, dientes, cuellos, ojetes, dedos. Intercambiamos flujos, suspiros, jadeos, chillidos, caricias. Chirlos. Me aparto como puedo porque es demasiado y no quiero arrebatar el final de mi participación en esta fiesta de los sentidos. Arrodillado a un costado veo como ella aprovecha mi retirada y se adueña de él, se sube a su cuerpo y besa su cuello, sus orejas, su boca, lame su cara, le habla al oído, cómo te desee esa noche, le dice, escuchaba la cama moviéndose y me desesperaba, quería que me cogieras a mí, y Ale me cogía y me cogía y yo quería más, y más, y más. Y yo te hubiera cogido y no sabés cómo. ¿Cómo? Así, dice él y repta debajo de ella buscándole la concha con la pija. Y yo lo ayudo corrigiendo la dirección con la mano y ni bien apoya la cabeza se desliza hacia adentro y desaparece hasta donde los huevos chocan con su vulva y ella recoge las rodillas levanta un poco el torso y empieza a cabalgarlo. Me arrimo, la tomo de la cintura y se queda quieta. Cogeme amor, cojamos los tres. Le mojo el ojete con saliva y la apoyo. Martín está quieto para no entorpecer la maniobra. Ella pide, dale, dale, cogeme el culito. Empujo, ella se queja pero va entrando. Ya, dice, dale que ya está. Y entra toda. Ay, ay, qué divino, me cogen los dos, qué divino por favor. Mis dos machos cogiéndome, dale amor. A mí desde arriba de la pirámide me toca marcar el ritmo, mover la torre de cuerpos con sacudidas de caderas. ¿Te gusta negri? Pregunta Martín. Sí, me gusta, siento todo lleno. Vamos, digo y la sacudo. La respuesta es de Martín, que la sacude de abajo. Pronto adquirimos la cadencia, el vaivén enloquecido pero certero que nos hamaca elevando el placer. El ensamble perfecto de cuerpos transpirados que se deslizan, sacuden, aplastan. Deseo consumado en flujos, líquidos espesos que huelen sexo y llegan acompañados de gritos, jadeos, gemidos, bufidos. Finales desparejos que me dejan con el último palo en pie, derritiéndose dentro de la concha empapada de ella que ya no se mueve, apenas si respira agitada, sobre un Martín desarticulado, vacío, deslechado hasta la saciedad. Polvozo. Polvazo. Polvazo.

Y los cuerpos abandonados como desechos de una demolición, se desparraman en la alfombra mientras los corazones se desaceleran y las mentes, desprovistas de pensamientos, se sumergen en el limbo.


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