De cabeza al psiquiátrico

Por Alcaraz
Enviado el 02/09/2011, clasificado en Varios / otros
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Me encontraba yo en el sofá de mi casa con un porro en la boca, una cerveza en la mano
izquierda y la polla en la derecha cuando entraron mis padres por la puerta con unos
amigos. Ya ni me acordaba de cuando me dijeron que tenían que volver. He perdido la
noción del tiempo fumando, bebiendo y haciéndome pajas.
También había como veinte porros preparados encima de la mesa de cristal del salón,
donde me encontraba.
Es lo que tiene que con treinta y dos años tu novia te abandone porque eres un fumao y
solo te gusta estar con la guitarra todo el día.
Nunca se me olvidará la escena de mis padres y sus amigos allí de pié, delante del sofá,
conmigo dentro. Casi me había tragado por completo.
Después del shock mi padre empezó a darme la típica brasa que ya me sabía de
memoria. Yo estaba hasta los huevos y empecé a decirles cosas. No me acuerdo qué
exactamente. Ese recuerdo está un poco nublado, pero más o menos cosas como:
- Iros a tomar por culo hijos de puta –
- Comerme la polla –
Y cosas así. Y mi polla allí, de cuerpo presente.
La amiga de mis padres se tapaba la cara con la mano pero con los dedos separados,
para poder ver en directo una polla que no tenga más de cincuenta años.
Mi padre levantó la mano y con los dedos índice y pulgar rodeo su barbilla, mirándome
con los ojos entrecerrados. Acto seguido sacó el móvil y llamó a mi hermano mayor.
Él es el hermano modelo y yo el hermano mierda.
Mientras me observaban sin saber muy bien qué hacer, yo me levanté (aún con la polla
fuera) agarré a la amiga de mis padres y le restregué la lengua por toda la cara.
Si no fue agradable para ella, mucho menos para mí. Su cara sabía a maquillaje
mezclado con sudor de vieja. ¡Qué asco!
Cuando llegó mi hermano yo parecía la niña del exorcista atada a la cama, solo que sin
ataduras y en el sofá.
El me miró durante un rato y dijo:
- Éste chico no está bien –
Joder, seis años estudiando una puta carrera para llegar a esa conclusión, a la que podía
haber llegado un simio si luego le das un pedazo de chocolate.
En menos que canta un gallo mi padre había solicitado mi internamiento en un centro
psiquiátrico privado, por supuesto.
Todo es poco para su pequeñín.
Después de seguir unos días insultando a la gente e intentar sodomizar a la señora de la
limpieza, finalmente me ingresaron.
Por lo visto, la cosa era simple. Cada persona tenía una película individual de la que era
el protagonista y solo podía interactuar en su película. Pero yo, al ser el iluminado, la
mano de Dios me tocó y era capa de interactuar en las películas de los demás y por lo
tanto, hacer lo que me diera la gana.
También en el psiquiátrico.
El sistema del psiquiátrico es básicamente una monotonía que te aplasta el alma.
Pero a mí no me importaba ya que me saltaba las normas a la ligera. Insultaba a los
médicos, pegaba a los celadores y les tocaba el culo a las enfermeras.
Esparcía la ropa sucia de los carritos en los que la recogían por todo el pasillo y tiraba la
bandeja de la comida contra la pared. Cualquier cosa antes que la monotonía.
Yo soy fisioterapeuta y me gusta toquetear huesos. Cuellos, brazos, piernas, etc. Me
gusta toquetearlos pero aún me gusta más romperlos. La violencia me pone cachondo.
Un día, a pesar de ser el iluminado, llegué yo solito a una conclusión.
- Si me sigo comportando así estaré aquí dentro toda mi puta vida – pensé.
Después de eso, me convertí en un interno modelo. Seguía las normas con cautela y me
hacía caso de todo lo que me decían.
Tenía que engañarles. Tenía que hacerles pensar que era una persona normal. Que era
una persona capaz de convivir con los demás. Capaz de tener amigos. Capaz de amar.
La cosa resultó y los idiotas me han soltado. El diagnóstico. Brote sicótico transitorio.
Ahora estoy en la calle y llevo una vida normal. Tengo una novia estupenda y un buen
trabajo.
En el fondo creo que sigo estando loco, aunque no creo que más que cualquiera de las
personas de las que se ven por la calle. Esos extras de mi película…


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