El nuevo circo (I)

Por Horizonte
Enviado el 20/10/2014, clasificado en Terror
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Lo reconoció nada más verlo. Esos carrillos regordetes y ese bigote que colgaba a cada lado de la boca eran inconfundibles. Era un hombre bajito y barrigón que llevaba un circo ambulante de pueblo en pueblo en el que mostraba monstruos como un hombre con cuatro piernas, un gigante de más de tres metros con una fuerza desmedida al que apodaban 'Hércules' y hasta una mujer con dos cabezas que hacía un número cómico en el que sus cabezas discutían entre ellas y acababan casi a mordiscos.

Vestía un traje morado y camisa blanca. La chaqueta pese a ser larga de mangas era imposible que le abrochase debido a su prominente barriga. Los pantalones estaban remendados para ajustarlos a sus cortas piernas y en la cabeza llevaba un sombrero de copa morado, a juego con el traje. Tras una gran papada se vislumbraba lo que debía ser una pajarita, también morada.

Sin duda él podría haber formado parte de su propio espectáculo como un monstruo más pero hoy estaba allí para algo diferente.

 

- Hacía tiempo que no traías tu circo por aquí.

- Ya no tengo circo. Me he cansado de animales, deformes y retrasados. - Dijo mientras bajaba trabajosamente los tres peldaños que tenía la carroza. El carro transportaba de un pueblo a otro a todos y a todo lo que formaba aquél circo. Animales, personas, instrumental... Incluso la gran lona que formaba la carpa del circo iban en él. Era la carroza más grande que había visto jamás, tirada por más de 10 caballos.

 

- Entonces, ¿qué te trae por aquí?

 

Sintió un tufo a perfume barato cuando el hombre se acercó. - Traigo algo mucho mejor. ¿Te gustan las mujeres? - Dijo el hombre amasándose la papada.

 

- Claro, a quién no... - Contestó de forma insegura. ¿Eran putas lo que llevaba ahora? Pese a su juventud se había acostado con un buen puñado de mujeres ya y no diría que no a una prostituta si era a buen precio.

 

- Entonces estás de suerte. Por sólo dos monedas sentirás el mayor placer que una mujer pueda darte con su boca jamás. También podrás follártelas, claro, pero te recomiendo sus bocas, les encanta eso - Le contestó el barrigudo sin dejar de tocarse la papada.

 

Dos monedas era un buen precio por acostarse con una mujer, sin duda. La mayoría de prostitutas pedían entre tres y cinco monedas por darte placer. Alguna trampa tenía que haber para que fuese tan barato. ¿Serían feas? O peor aún, ¿serían las mujeres que trabajaban anteriormente en el circo? Ahora recordaba a una, muy hermosa, que su espectáculo consistía en desvestirse de forma sensual delante del público para acabar mostrando un gran pene que ocultaba entre sus piernas. Siempre le encantó aquél número, no por el espectáculo en sí, si no por ver las caras de los presentes al final del mismo.

 

El hombre tironeó de él. - Ven. Te las enseñaré.

 

Subieron a la carroza y pese a que en el aire flotaba el olor a perfume barato todo estaba impregnado por un olor desagradable a excrementos y suciedad. Ambos olores se entremezclaban dando como resultado un olor más desagradable a los dos por separado.

 

Las mujeres estaban en jaulas. Seguramente eran las jaulas donde transportaban a los animales y de ahí el olor. Una mujer nada más verle se abalanzó sobre los barrotes y estiró sus brazos intentando tocarlo. Tras ella todas hicieron lo mismo.

 

- Ves. Están deseosas de follarte - Dijo el hombre barrigudo.

 

Eran hermosas. Chicas jóvenes desnudas completamente salvo por unos guantes de cuero negros y unos calcetines de seda, también negros. Todo su cuerpo, como su rostro, estaba empolvado haciendo parecer que tenían la piel suave y tersa además de darle un toque más pálido. La palidez era considerada una virtud. En una mujer significaba que no había trabajado bajo el sol y se cuidaba.

 

Una de las chicas se arrastraba por el suelo entre las piernas de todas las demás. Su espalda estaba rota en un ángulo imposible y su cuerpo y rostro eran una masa sanguinolenta debido a las pisadas del resto de chicas que parecían no advertir su presencia.

 

- ¡Hércules! ¡Hércules! Saca esa mierda de ahí - Dijo el dueño - Son muy brutas entre ellas...

- ¿Están... ?

-¿Muertas? Sí. Es mejor así; todo son ventajas. No se cansan, se dejan hacer lo que los clientes quieren y lo más importante, no cobran - Una risita se le escapó por debajo del bigote.

 

Eso era demasiado. No era la primera vez que acudía a profesionales para satisfacer sus fantasías sexuales pero aquello era completamente diferente.

 

- ¿No estarás pensando en echarte atrás? Estas chicas cumplirán todas tus fantasías sin rechistar. Ninguna puta aceptaría según qué cosas, bien lo sabes, y aquí por solo dos monedas lo podrás hacer realidad.

 

Tras pensarlo un poco señaló a una con el dedo índice.

 

- ¡Buena elección! Es de las más calmadas y la más guapa con diferencia además de tener esos grandes pechos. Seguro que la has escogido por eso ¿eh? - El hombre esperó un momento su respuesta y al no obtenerla prosiguió - En fin. ¡Hércules! Saca a esa de ahí y ponla en la jaula de enfrente para nuestro amigo.

Mientras Hércules te la prepara quiero que queden claras tres cosas. La primera: nada de besos, la segunda: bajo ningún concepto le quites los guantes o los calcetines y la tercera: nada de mutilarla, desmembrarla o hacer algo que le deje marcas. Si te van esos rollos también lo cubrimos, pero serán cien monedas, así que cuidado con no romperla.

 

Entró a la jaula y la chica estaba estirada en un tablón a media altura. Sus brazos y piernas estaban encadenados al mismo con unos grilletes que debieron utilizarse para sujetar a los animales del circo.

 

- Hércules se quedará aquí por si necesitas ayuda en algo. No te molestará ni entrará a no ser que tú se lo pidas. Espero que no te moleste, es por seguridad. Voy a salir, disfruta del momento y recuerda las tres normas.

 

La chica era bellísima. No debía tener más de dieciocho años y su cuerpo era perfecto. Unas caderas anchas, una cinturita de avispa y unos grandes pechos. Tenía una cabellera rubia que caía más allá del tablón donde estaba estirada y unos ojos azules que parecían tallados en lapislázuli. Sin duda con esos rasgos no debía ser de por allí.

 

 

 

 


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