Forzando los Dardanelos (I)

Por juansebas
Enviado el 27/10/2014, clasificado en Drama
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Mar de Mármara, Principios de 1915.

-¡Fuego a discreción!-

Sackville Carden, almirante de la flota anglo-francesa en el Mediterráneo, observó cómo, de acuerdo con las instrucciones que acababa de dar, las primeras andanadas vomitadas por los cañones de 14,5 cm caían a plomo y fuego sobre los fuertes que defendían los cabos exteriores del estrecho de los Dardanelos.

Una bocanada de humo y tierra se elevaba desde el terreno con cada nuevo fogonazo que alcanzaba la tierra turca. Era, pensó el almirante, una impresionante muestra del poderío naval inglés que, sin duda, haría temblar al Imperio Otomano al mismo ritmo que los obuses se despeñaban sobre las peladas colinas que rodeaban las aguas del estrecho.

Pero el almirante Carden no estaba convencido de que toda esa potencia de fuego fuera efectiva. En efecto, aunque él mismo había planificado toda la operación, a cada segundo que pasaba, sus dudas sobre las posibilidades de alcanzar el éxito iban en aumento.

Si no se hubiese visto obligado por la presión del Primer Lord del Almirantazgo, Sir Winston Churchill, probablemente Caden nunca habría emprendido una operación con tanto riesgo.

El almirante entendía la importancia política que tenía aquel ataque contra Turquía. De hecho, él mismo había asistido a la reunión del Gabinete de Su Majestad en el que se habían valorado los pros y los contra de un ataque por mar de tal envergadura. Recordaba con claridad cada una de las discusiones y posiciones encontradas que se habían mantenido. No todos los días le invitan a uno a asistir a una reunión en la que los políticos más relevantes del Reino Unido toman decisiones que afectan a todos los súbditos del Imperio más poderoso del mundo.

Por descontado, fue una reunión que podría calificarse de cualquier manera menos de amigable. Había dos posturas enconadas que parecían no poder encontrar puntos en común. A favor de la invasión, Churchill y, en frente, el Primer Lord del Mar, Lord Fisher que, iracundo, movía su cabeza obstinadamente a cada comentario del primero, siempre haciendo un gesto negativo.

Sin embargo, Churchill no era cualquiera. Siempre tenía razones poderosas que además acompañaba con una innegable capacidad oratoria. Caden recordaba con claridad esa voz cascada que exponía, con la potencia de un torrente embravecido, los motivos por los que se debía apostar por aquella acción bélica.

 -El mundo mira a los aliados occidentales, caballeros. El Imperio Ruso, que denomina amplias regiones del Este y que cuenta con inmensos recursos naturales y humanos, ha sufrido un primer año de guerra de terrible. La batalla de Tannenberg supuso una derrota crítica y vergonzante para ellos…

Los miembros del Gabinete, a excepción del visiblemente disgustado Fisher, asentían corroborando las palabras de Churchill.

-...Y esa admirable nación amiga ha pedido nuestra ayuda, mis queridos colegas. Ahora nos encontramos en una encrucijada que debemos resolver: ¿Ayudaremos a nuestros amigos rusos, o por el contrario los abandonaremos a su suerte?

 -Querido Winston, es evidente que todos queremos colaborar con el esfuerzo bélico de los rusos. En eso, todo el Gobierno está de acuerdo.- le contestó con cierta impaciencia el Primer Ministro, Lord Asquith.- Te ruego que vayas al grano de tu exposición, son muchos los puntos que aún debemos tratar.

Era la primera vez que Caden oía hablar en primera persona al hombre que regía los destinos del Reino Unido. Era evidente que no estaba interesado en el discurso sentimentalista que estaba ofreciendo su ministro de Marina. Asquith era un viejo zorro, curtido en mil batallas en el Parlamento británico, y no iba a dejarse manipular por sentimentalismos. Quería evaluar la situación sin dramatismos y de la forma más objetiva posible.

Churchil entendió el mensaje y decidió cambiar de estrategia. Carraspeó antes de volver a hablar.

-Gracias, primer ministro. No albergaba duda de que esto sería así. Los rusos estarán agradecidos. –Churchill hizo una breve pausa en la que miró a los miembros del Gobierno.- Por tanto, una vez decidido este extremo, nuestro deber es dilucidar de qué forma se puede prestar la ayuda más eficaz a los rusos y cómo, si esto es posible, podemos hacerlo de tal forma que obtengamos el mayor rendimiento para nuestro país y la causa aliada.

-Supongo que no me equivoco si afirmo que tú tienes la respuesta, como para tantas otras cosas, Winston.

Un incómodo tono de sarcasmo impregnó la habitación con el comentario de Lord Fisher. Los ojos del Almirante Supremo del Imperio Británico relampagueaban y traslucían una fuerte oposición a todo lo que estaba escuchando en boca de su colega. Todos en aquella sala sabían que Lord Fisher, que formalmente era subordinado de Churchill, tenía fuertes discrepancias con él y que no le respetaba por su escasa experiencia militar.

Asquith no se inmutó ante la arrancada de Fisher. Simplemente callaba y dejaba hacer. Churchill decidió pasar por alto la impertinencia y  prosiguió con su discurso.

-Creo firmemente que existe una posibilidad de aligerar la presión sobre Rusia y, al mismo tiempo, es posible golpear a las Potencias Centrales. Señores, la mejor forma de optimizar nuestros recursos y ayudar a nuestros amigos es atacar Turquía.

Se hizo un silencio expectante en la sala del Gabinete. El primer Lord del Almirantazgo, Sir Winston Churchill, había conseguido captar toda la atención de sus colegas en el Gobierno. Lord Fisher, por su parte, mantenía el ceño fruncido.

Churchill parecía disfrutar con la expectación que había generado. Caden sabía que le encantaba ser el centro de atención. Y con su discurso lo estaba consiguiendo. Inagotable, el Ministro de la Marina Real, continuó:

-Con la entrada del Imperio Otomano, las Potencias Centrales han conformado un grupo sólido en el centro de Europa. El ferrocarril lleva provisiones y munición a las naciones enemigas desde Berlín hasta Constantinopla sin encontrar la oposición de nuestros ejércitos. Mientras, nuestros soldados siguen atascados en el norte de Francia y los austríacos y los alemanes penetran en el interior de Rusia. Además, Bulgaria y su vecina Rumanía, rica en petróleo, observan con interés y deciden el bando en el que participarán en la guerra en función del poder de sus vecinos y de las ganancias territoriales que puedan obtener. Debemos evitar que el centro de Europa se consolide para nuestros adversarios. Tenemos que atacar y debemos hacerlo en el eslabón más débil.

-¿Y cómo contribuirá eso a mejorar la posición de Rusia en la guerra, ministro?-Preguntó Asquith, ahora vivamente interesado.

Era una pregunta cuya respuesto el Primer Ministro sin duda ya conocía. Caden estaba seguro de ello. Intuyó que lo que realmente quería era que se explicaran los beneficios de un ataque a Turquía al resto de los miembros del Gobierno.

(.....continúa. Se agradecen comentarios!)


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