Sexo casual en el vuelo 1569.

Por Esmeralda
Enviado el 31/10/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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La carrera por los largos e interminables pasillos del aeropuerto con mis tacones de vértigo, los estrechísimos vaqueros y los 66 kilos de las maletas me tenían agotada, eso sin contar el agobio que llevaba encima porque estaba apunto de perder mi vuelo, al fin!, exclamé. allí al final del todo estaba el mostrador de aquella compañía que me llevaría a casa. Me detuve, tomé una enorme bocanada de aire y me dispuse a correr unos pocos metros mas, pero el largo fular de seda que llevaba arrastrando durante todo el camino me lo impidió, se me enredó entre las piernas haciéndome caer con un fuerte trompazo, oh dios!, recuerdo que me ardía la cara, no tenía muy claro si era de dolor o de vergüenza, mientras gimoteaba y me lamentaba de mi mala suerte, unas manos fuertes y varoniles pero a la vez cuidadas me ofrecieron su ayuda, alcé la mirada para ver quien era, y allí estaban esos hermosos ojos verdes clavados en mi escote, inexplicablemente no me molestó, todo lo contrario, el dolor, la rabia y la vergüenza que sentía en ese momento pasó a ser excitación, aún sigo sin entender como aquel desconocido pudo despertar aquellas sensaciones y aquella pasión tan repentinamente.

Está usted bien señorita?, puedo ayudarla?, preguntó, y con un hilo de voz temblorosa contesté que si a ambas preguntas.

Me tomó del brazo y el contacto de su mano fuerte y tibia en mi brazo desnudo, me hizo estremecer, cogió mis maletas y yo con paso tembloroso nos dirigimos al mostrador, una vez allí, me informó que él también viajaba en aquel vuelo, el vuelo 1569.

Ya más tranquila le di las gracias, y procedí a presentarme: mi nombre es Esmeralda, hermoso nombre como su dueña, respondió él, (no pude evitar sonrojarme), yo soy Alexander, encantado de conocerla, y durante unos breves pero intensos segundos estuvimos sin soltarnos las manos y sosteniéndonos las miradas, aquellos ojos de mirada profunda y misteriosa, me tenían cautivada.

Por fin nos llamaron a abordar el avión, como en la fila del mostrador íbamos juntos, nos dieron asientos consecutivos, y en mi fuero interno, daba saltitos de emoción.

Todo iba con normalidad, llevábamos un par de horas en el aire, hablábamos de banalidades, nos atrevimos a tomar una copa, mejor dicho: estaba tan a gusto, que el pesado vuelo de 11 horas se me estaba haciendo corto. Llego la noche mientras viajábamos, nos sirvieron la cena, y aunque estaba malísima y la criticamos un montón, nos la comimos toda, después de la cena, las azafatas recogieron los utensilios, pusieron una película y se hizo el silencio en el avión.

Veíamos la película, bueno, yo hacía como que la veía, porque no podía dejar de pensar en aquel hombre que estaba sentado mi lado, pensaba en su espalda ancha, en sus brazos fuertes, en su abdomen firme, en ese culito prieto y su seductora sonrisa, cuando me sacó de mi ensimismamiento una fuerte turbulencia, cosa que me hizo dar un brinco del susto, como no, mi compañero de viaje, que era además de guapo todo un caballero, me tranquilizó, pasó su brazo sobre mi hombro e hizo que me recostara sobre su pecho, cosa que aproveché para pegar mi nariz a él y sentir su delicioso perfume, y su aroma varonil, me sorprendí excitada nueva mente, con mis dedos recorrí su abdomen por encima de la camisa, Alexander tomó mi barbilla, y muy despacio como pidiendo permiso, posó sus labios junto a los míos, una parte de mi me gritaba que lo que estaba a punto de hacer estaba muy mal, pero la otra me decía: es solo un beso, que malo puede haber en ello, entonces me dejé hacer, disfruté de aquel beso, de sus labios tibios sabor a miel, de la novedad, de su respiración que empezaba a agitarse, pronto aquel beso fue más allá y sus manos cruzaron mi escote, noté como se endurecián mis pezones reclamando sus caricias, abrimos la manta de la aerolínea y ambos nos tapamos con ella para poder acariciarnos más, aprovechando que el avión estaba totalmente oscuro salvo por alguna pantalla que aún seguía encendida, aunque mis pechos son generosos sus grandes manos los abarcaban todos, yo me contorsionaba anhelante de más caricias, con las pulsaciones a mil abrí su bragueta y saqué su enorme miembro duro y anhelante y comencé acariciarlo, primero despacio y después acelerando poco a poco, luego discretamente y como pude me agaché para comerme su polla, me la metí toda en la boca, la saboreé, la chupé y la lamí hasta que no pudo mas y se corrió.

Después vino mi turno y Alexander con la cabeza escondida debajo la manta, o eso al menos creíamos, lamía mis pezones y chupaba frenéticamente mis grandes tetas, hicimos un esfuerzo descomunal para que no se hicieran audibles los gemidos de placer que ambos conteníamos, mi sexo no podía estar más húmedo, noté como se hinchaban los labios de placer, entonces no se muy bien como bajé mi pantalones súper ajustados y Alexander con una suave caricia metió sus dedos en mis cavidades húmedas y oscuras, no pude reprimir un leve gemido, oh!, aquel hombre era un artista con las manos, me metía sus dedos, me frotaba el clítoris, separaba mis labios vaginales con total sensualidad y así en un largo proceso que a mi me pareció muy breve me hizo correr, sin poder aguantar decidimos buscar un lugar donde poder hacerlo. .... pero eso es otra historia.


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