Groucho y el Siglo XXI (9)

Por Groucho
Enviado el 28/10/2014, clasificado en Humor
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La era digital

Madeleine me ha estado explicando la transición de la era analógica a la digital. Estoy tan asombrado que el puro se me ha caído cuatro veces de la boca, suerte que estaba apagado. Hasta ahora la única grabación digital que conocía era la de mis huellas dactilares en la ficha policial.

-¿Qué le parece, Julius? En un solo DVD caben ahora todas sus películas, en formato comprimido, y podría llevarlas en un bolsillo. ¿No es increíble?
-Bueno, sí, Madeleine. Pero no es nada comparado con los bolsillos de la gabardina de mi hermano Harpo.

http://youtu.be/tkNpjqOReyU

-Así pues, a este chico se le acusa de ver películas y escuchar canciones sin pagar. Si me dieran un centavo por cada vez que he hecho yo eso, sería millonario. Claro que yo me ligaba a las taquilleras para que me colaran.
-Es un asunto serio, Julius.
-¿Insinúa que yo no soy serio? ¡No me conteste, por favor! Tengo una idea, diremos que no robó las canciones sino que las tomó prestadas para un trabajo escolar.
-¿Mil cuatrocientas canciones para un trabajo escolar?
-Bueno, y para dar una fiesta con las que sobraran. Pero pensaba devolverlas.
-¿Ah, sí? ¿Y cómo pensaba hacerlo?
-Pues las cargaría en la mula esa y las mandaría de vuelta a casa.
-Así a su vez otras personas las descargarían y el delito se multiplicaría. No es muy brillante, Julius.
-¿Por qué no? ¡Es perfecto! Él las mandó a su casa, si luego se fueron a otra parte no es culpa suya. Después de todo, no es su padre.
-Mire, Julius, lo mejor es decir que las descargó para su uso privado y sin ánimo de lucro, es decir, que no pensaba obtener beneficios de ello. Y que, de no haberlas descargado, tampoco las hubiera comprado, por lo que no hubo perjuicio económico para las discográficas. Podemos apelar al derecho constitucional de conocimiento de la cultura americana y al deber de su difusión, amparados en la resolución del Tribunal Supremo del 15 de marzo de 1984.

Por quinta vez esta tarde, se me cae el puro de la boca.

-¡Madeleine! ¿Estudió usted derecho?
-Empecé la carrera, pero tuve que dejarla porque no tenía recursos económicos y necesitaba un empleo para vivir. -Sus ojos se empañan y mira fijamente a la alfombra-. Un sueño roto que espero recuperar algún día.

Me arrodillo delante de ella y le tomo de la mano.

-No se aflija, querida. Le prometó que haré todo lo posible por ayudarle a conseguir su sueño. Tan cierto como mi bigote. Fuera, borre eso. Tan cierto como que su mano está ahora entre las mías.

Madeleine levanta la mirada y me mira directamente a los ojos con una débil sonrisa. Las lágrimas contenidas amplifican el azul purísimo de sus ojos y hacen que me quede sin aliento.

-Muchas gracias, Julius. Sé que lo dice de corazón.


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