En el confesionario

Por cclecha
Enviado el 29/10/2014, clasificado en Intriga / suspense
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                                                        E N E L CONFESIONARIO

 

     La comisaria estaba cargada de humo. Mis compañeros fuman, pasándose todas las ordenanzas por el forro… cosas de la autoridad. Me vendrá bien salir y hacer esta pequeña excursión hacia las afueras de la ciudad

     Me dirijo hacia la ermita de Santa María. Voy hacia allí porque hace poco me vino un sujeto que me apremió para que fuese a echar un vistazo. El individuo me dijo que se había confesado con el párroco del lugar y que este, mientras le daba la absolución, intentó que le acompañara a visitar la imagen de Santa María, que se encuentra en la parte trasera, de forma muy enigmática y sospechosa. El hombre veía conspiraciones por todas partes e insistía en que el párroco estaba loco. La verdad es que estaba por ver si el loco era el párroco o era él.

     Acabo de llegar a la ermita. Bello lugar, un poco elevado y rodeado de pinos que acompañan la construcción. Un par de cipreses se ven adornando el camposanto adjunto a la ermita.

     Entro en la ermita y una penumbra difusa penetra en mí, avisándome que acabo de entrar en un sitio sagrado. Me santiguo cogiendo agua bendita de la pila y mis ojos se desplazan hacia multitud de ofrendas en forma de brazos de plástico, pies segados por el tobillo, piernas de todo tipo, manos de cera… Los fieles han dejado constancia de sus curaciones con aquellos exvotos. La ermita invita al recogimiento, a la conversación con el Más Allá. Los techos son majestuosos, altos…se busca la altura divina… varios frescos de escenas sagradas adornan las paredes para recordarnos nuestra interacción con Dios. Detrás del altar hay un retablo un poco abarrocado y pintado con estridentes colores. A ambos lados del altar hay un par de imágenes que observan a los fieles.

       Solo hay una viejecita rezando el rosario en uno de los austeros bancos. Todo se encuentra vacio. Miro hacia la derecha y veo el confesonario con la sombra del párroco dentro.

       -Ave María Purísima…

      -Sin pecado concebida, hijo. Dime, ¿que te atormenta?-me dijo el cura que estaba entre ser un hombre joven y maduro. Con una voz que parecía un susurro casi inaudible, como queriendo prolongar un secreto que no interesaba a los demás…

       Como casi no le escuchaba me acerqué todo lo que pude hacia él, llegándome su olor corporal a incienso y cirios.

     -Padre…he ofendido muy gravemente a Dios…

     -Está bien. Dime sin rodeos lo que has hecho…El sabrá perdonarte.

     Me acordé de una niña que despareció y de un pederasta que vivía por estos parajes y que también se lo tragó la tierra. Así que dije

       -Padre, he cometido faltas muy graves. Me gustan las niñas muy jóvenes…en el parque he conseguido tocar a una, pero esta se ha asustado y ha echado a correr. Entonces, a mí me entrado pánico de que me delatara y la he agredido con una piedra, creo que la he matado. La he escondido entre los matorrales y no creo que tarden mucho en descubrirla.

     -¡Dios consagrado!, esto que dices es muy grave, gravísimo…-dijo arreglándose la estola y alisándose una muy gastada sotana negra.-No me cabe ninguna duda que Dios te perdonará. Sé que tu conciencia te lleva a este estado de contrición, pero tengo dudas de tu propósito de enmienda. Creo que Satán ha entrado en ti y difícilmente te soltara. ¿Crees que realmente puedes cambiar? Tu deseo sin duda es este, pero sin una fe verdadera no podrás lograrlo. ¿Y mientras tanto? ¿Podrás tener esa fe verdadera en Jesús de inmediato?

     -Padre, padre. Haré lo que sea para conseguir la absolución de Cristo, nuestro señor.

     - Bien te tengo que imponer una penitencia severa y darte la absolución. Para facilitarte esta penitencia, tenemos que ir detrás, a la sacristía, donde está la imagen de nuestra venerada Virgen María y quiero que te arrodilles durante unos minutos delante de ella. Luego recibirás la absolución de Dios Nuestro Señor, por medio de mi humilde intermediación. Vamos.

     Me levanté del confesionario y me apresté a seguir al cura por la ermita. Me di cuenta que la viejecita ya se había marchado. Estábamos solos. Introduje mi mano en el bolsillo de mi cazadora y quité el seguro de mi pistola reglamentaria. Iba detrás del párroco sin saber muy bien lo que ocurriría. Todas las imágenes, a semejanza de los humanos, nos iban acompañando con sus miradas muertas de madera. Estaba en medio de un palacio de lo sagrado, pero sin embargo creía que me encontraba solo delante de lo inesperado. Pensé, de súbito que hay tantas razones para creer en Dios, como para no creer en él. Yo, como todo mortal, me había fabricado un Dios a carta, al que casi no acudía, salvo en casos desesperados. Ahora podía ser uno de esos casos.

     Hijo mío- dijo el cura, parándose detrás de la ermita, en una ventana desde donde se divisaba el camposanto y los cipreses- Estos que reposan aquí, también fueron grandes pecadores y Dios los perdonó. Descansan en paz fuera de sus pecados. A ti, a pesar de lo horrible de tus actos, él, también te perdonará.

     Mira, ya estamos delante de la imagen de Nuestra Señora, arrodíllate delante de ella, arrepiéntete con devoción y reza veinte Ave Marías seguidas. Vamos reza y luego te diré como sacar el mal de ti.

     Recordé que algunos enfermos de esquizofrenia escuchan voces religiosas de todo tipo, también tienen alucinaciones. ¿Podría ser el párroco una de esas personas?

       Me arrodillé delante de la imagen, cuando oí un ruido que me asustó y tuve el tiempo justo de darme rápidamente la vuelta y esquivar al párroco que se abalanzaba hacia mi cabeza con una pala de paleta. Saqué mi pistola y le descargué un tiro en todo el hombro. El cura cayó arrastrando la imagen de la Virgen, cayendo los dos al suelo.

     Con mi móvil celular llame a la comisaría para que me enviaran un coche patrulla y una ambulancia.

      Mientras tanto, el párroco yacía en suelo junto a la imagen de la Virgen. Diciéndole

       -Virgen mía, lo hemos intentado, con la fuerza que dan las acciones justas y la bondad, pero la presencia de Satán es muy fuerte, este hombre lleva el mal dentro de él y no siempre podemos ganar.


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