El ascensor

Por Ontanaya
Enviado el 05/11/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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El calor que sentía nacer en su cuerpo al verle a veces le resultaba abrumador. No podía controlarlo.
Y no siempre sabía disimularlo. A veces se le secaba la boca. Y otras veces no podía parar de salivar. En ocasiones su cuerpo se quedaba paralizado. Y en otras ocasiones su cuerpo no dejaba de temblar. Al igual que a ratos su respiración quedaba suspendida y otras parecía hiperventilar.

Todo esto se lo ocasionaba ÉL.

Ahora mismo no sabría decir si era el chico más guapo con el que había estado alguna vez. Sólo sabía que nunca en su vida había estado con alguien con una mirada como la suya y alguien que le hicera sentir todas estas cosas.
No era el chico con el mejor cuerpo. Pero para ella, era lo más perfecto de este mundo. Sobretodo cuando sentía su contacto. Su forma de caminar, de gesticular, de bailar,... todo en Él parecía estar en perfecta armonía. Pero eso no tendría sentido sin su personalidad. Es verdad que se conocían desde hace poco pero notaba que podrían encajar. No era sólo el deseo de que así fuera. No. Era un certeza creciendo en ella. Pero ella ya no sabía si hacer caso a su certeza pues ya en otras ocasiones había fallado.
El caso era que, le gustaba. Y había decidido dejarse llevar y que ya el tiempo fuera hablando a su debido tiempo. Si debía de sufrir más adelante lo haría encantada. Pero ahora solo quería disfrutar y ver donde le llevaba esta aventura que había comenzado.

De hecho, su nueva aventura le llevaba de camino a su casa para pasar un rato juntos.
Durante el trayecto en metro no habían dejado de tocarse y besarse haciendo que todo en Ella se encendiera y le costara hasta pensar.
Él parecía tener la cabeza algo más fría ya que Ella ni siquiera se había dado cuenta de que ya habían llegado a su parada y debían bajar del vagón. Andaron presto y en un par de minutos habían llegado al portal. Abrió la puerta apresuradamente y llamaron al ascensor. Daba igual que fuera de día. Última hora de una tarde de verano. Que la gente volviera de sus trabajos, sus vacaciones, sus actividades... Sus besos húmedos no dejaban espacio a pensar en nada de aquello. No veían nada más. Estaban cegados por su pasión. El calor no estaba en la calle. Estaba dentro de ellos y debían dejarlo escapar.

El ascensor pareció tardar en bajar una eternidad pero en cuanto llegó, montaron en el, pulsaron el número ocho y se dejaron llevar.
Ella soltó su bolso y éste cayó al suelo con un ruido seco mientras sus manos ya recorrían el cuerpo de Él. Pasaron por su rostro, su pelo, su espalda y llegaron a su trasero. Ella lo agarró con fuerza instándole así a que se acercara aún más a ella para notar su cuerpo y su erección creciente. En cuanto notó el bulto de él en el bajo de su vientre su pasión estalló y comenzó a bajarle los pantalones y calzoncillos todo a la vez.

Sus besos se volvieron más rudos. Más húmedos. Más necesitados y plagados de jadeos contenidos.
Él que tampoco se había estado quieto, tenía una mano bajo la falda de Ella y había empezado a acariciar su sexo mientras que con la otra mano la sujetaba el cuello mientras la besaba. Y cuando menos se lo esperó, introdujo un dedo dentro de ella.
Su cuerpo se contrajo de la sorpresa y la excitación y prueba de ello fue el gemido que exhaló en su boca que Él recogió como un precioso regalo.

La puso de espaldas a él para que ella tuviera un mejor acceso a su sexo.
Él con los pantalones por las rodillas. Ella con la falda subida. Ambos tocando el sexo del otro. Excitándole. Ella apoyando su cabeza en el hueco de Él. Sus bocas capturando jadeos del otro como recompensa.


Entonces, Él se aparta un poco y levanta la falda de Ella y baja sus braguitas a sus muslos. Ella se abre un poco de piernas y nota como el pene erecto de él busca su sitio entre la humedad de sus piernas.
Cuando la introduce Ella no puede sino cerrar los ojos, contener el aire un momento y morderse fuerte el labio inferior para terminar exhalando con un profundo placer.
Él se empieza a mover. Primero despacio. Dejando que sus sexos se vayan aclimatando para después ir empezando a aumentar el ritmo.
No saben cuanto tiempo llevan allí. Seguro que no el suficiente que ambos desean ya que cuando menos se lo esperan, cuando ambos están extasiados, notan que el ascensor comienza a bajar. Ni siquiera se habían percatado hasta ese momento de que habían llegado a la octava planta.
Rápido, sulfurados y sudorosos se suben y colocan sus ropas y hacen como si nada.

Llegan a la planta baja donde abren la puerta una madre con sus dos hijas recién llegadas de la piscina. Salen y saludan como si ellos saliesen. Dejan que suban y sus risa estallan.

- Quizás también nos vendría bien un baño en la piscina.- comenta él.
- Quizás. O quizás, lo que nos hace falta, es subir a tu casa y terminar de echar este polvo sin que nadie nos interrumpa. - Responde ella.
- Quizás.

Ambos se sonríen y llaman de nuevo al ascensor.

 

 

 

Muchas gracias por leer el relato. Espero que les haya gustado. Un saludo,

 

Ontanaya

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