El testaferro

Por Mesonikis
Enviado el 06/11/2014, clasificado en Cuentos
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“Perfecto, tú no eres bueno. Eres tonto.” Los reproches de Riquelme lograron que Perfecto se ruborizase como un adolescente mientras esbozaba una estúpida sonrisa, como la de esos santos que aparecían en las películas de la postguerra, y que tanto le gustaban. Mientras tanto, Manolo, sin disimular apenas su risilla interminable y apenas audible, contemplaba la escena con una expresión a camino entre el respeto y la burla.

Perfecto se sentía gozoso y con una ilusión incontenible por ver a sus amigos y hacerles partícipes de aquel acto casi altruista que realizaba a fin de mes desde junio. Pero Riquelme, en cuanto supo el montante de aquel, por llamarlo de algún modo, óbolo, doscientos euros, no dudó ni una décima de segundo de poner el grito en el cielo para disuadir a su amigo de aquel disparate. Porque doscientos euros, era mucho dinero. Era, prácticamente, el montante de las propinas con que los tres obsequiaban a los empleados del club sábado tras sábado, incluso cuanto costaba uno de aquellos favores extra que proporcionaban las chicas del club, y que tan bien conocían Riquelme y Manolo.

Lo cierto es que ni Riquelme, en primer lugar, ni mucho menos Manolo, le habían dado la oportunidad de que les diera una explicación más detallada de su ‘obra de caridad’. Sin embargo, apenas amainó el temporal de denuestos por parte de Riquelme y dejó de oírse las siseantes carcajadas de Manolo, la beatífica sonrisilla de Perfecto se trocó en un rictus malicioso que dejó perplejos a sus amigos.

Ya con más calma, Perfecto les dijo que no tenía necesidad de recordarles que él era el único del grupo que domingo tras domingo, sin importarle cuantas horas había sacrificado al sueño la noche anterior, acudía a la Casa de Dios para pedir, no solo por él, sino por ellos también. Y que, ya de un modo más cuantificable, su caridad podía verse materializada en el nuevo retablo que se hallaba a la izquierda del sagrario, justo enfrente de la imagen de Nuestra Señora de los Remedios. Pero una cosa era la caridad y otra, bien distinta, los negocios, aunque había veces que ambos conceptos iban de la mano. Llegado a ese punto, el rostro de Perfecto, volvió a dulcificarse con la misma mueca de beato medio bobo.

A partir de entonces, tanto los reproches de Riquelme como la sorna de Manolo, se trocaron en un gesto atónito de incomprensión. ¿Qué quería decir Perfecto con todo aquello? ¿Se había vuelto un poco loco o quizá quería volverlos a ellos? Con la misma docilidad con que unos niños de seis años se prestan a ir a donde quiere su tutor, aquel sábado, sin apenas haberse sentado siquiera en el reservado, abandonaron el local a paso acelerado siguiendo a Perfecto. A penas faltaban diez minutos para las doce, por lo que debían darse prisa.

Bastaron cinco minutos para que, después de haber dejado atrás la comarcal, vieran, dos manzanas más arriba, a una de esas religiosas que visten ropa de seglar afanándose por bajar la persiana de un local con la fachada llena de graffitis. “Un momento hermana. Por favor”. La monja volvió la mirada de forma severa hacia Perfecto y volvió a subir la persiana, lo suficiente como para que los tres entrasen en aquel comedor social.

Tras pasar por delante de un variopinto regimiento de individuos encarados hacia unos platos de cristal con restos natillas, la mayoría con barba de varios días y con algún que otro tatuaje de contornos difusos y tonos verduzcos, Perfecto se dirigió a un individuo de unos treinta y cinco años, de rostro delgado y macilento que les esbozó una sonrisa.

Tanto Manolo como Riquelme abandonaron su sorpresa al unísono. Aquel individuo no era otro que Pedro, uno de los administrativos de Perfecto, y asiduo a la sopa de sobre y a las natillas caducadas de aquella institución benéfica.

“Buenas noches, don Perfecto y compañía. ¿Ha traído usted más pagarés para que firme?” Con trazo rápido pero exacto, el administrativo rubricó su firma como avalista de aquel documento en el que Torrejosa, SLU se comprometía al pago de una partida de pieles para botas en los plazos de treinta, sesenta y noventa días. Evidentemente, aquella empresa cuyo domicilio social se hallaba entre el Parnaso y el Monte Olimpo, no solo no iba a satisfacer esa cantidad de cuatro mil ochocientos setenta y un euros, que era a lo que ascendía el pedido, ni en treinta, sesenta y noventa días, pero es que tampoco ni en treinta, sesenta o noventa mil años. Además, era igual de probable que don Pedro Ramírez Loredo, llegado el impago en la fecha establecida, pudiera satisfacer aquel montante con su salario mensual de trescientos euros, a los que había que añadir aquellos doscientos euros extras, porque el contrato de trabajo que suscribiera con Perfecto era igual de tangible que los cimientos de Torrejosa SLU..


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