Mi lado desconocido

Por J.M.Y
Enviado el 12/11/2014, clasificado en Infantiles / Juveniles
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Se imaginarán como fue mi historia, creo que no.

Siempre me conocían por el vecindario como Luchín, era yo algo tímido con un cuerpo esmirriado y un rostro algo serio. Yo era uno de esos niños, que no podía alejarse mucho de su mamá, como se dice sufría de mamitis, seria pues, que era hijo único y el más consentido por momentos no siempre.

La primaria lo hice en un colegio particular, porque así lo decidieron mis padres, a pesar de ser yo tímido era callado, no me gustaba hablar con la gente según los psicólogos tenía un autoestima muy bajo y un coeficiente intelectual muy preocupante ¡por qué¡ en clase me concentraba bien, escuchaba a la tutora pero luego al llegar a casa era un completo inútil, no recordaba nada, ni cómo hacer las tareas, tenía problemas psicológicos, no sé.

Mientras mi madre iba a trabajar, yo me quedaba al cuidado de mi estricto papá, el un rostro que no mataba ni una mosca pero cuando ordenaba algo retumbaba todo y yo tenía que hacerle caso y sujetarme a él.

¡Cámbiate de una vez ese uniforme¡ que me lo vas a ensuciar y no tienes una empleada que venga a lavar esto, mucho menos tu madre que viene muy cansada. Pero que hace una esposa trabajando y el marido en casa rascándose la pansa o quizás otras cosas.

Es que él había perdido el puesto del trabajo, lo expulsaron por acarrear muchas faltas, y no había perdón que lo solucionase, a causa de que bebía mucho casi cuatro veces a la semana, y si no había impedimento una semana y si fuere posible y el cuerpo aguantara. Perdió todo privilegio, no podía estar ni un solo momento al lado de él, me sentía cohibido y fastidiado, sentía ganas de escapar, pero cuando él trabajaba yo quedaba al resguardo de mi abuela, que era muy pocas veces.

Cuando me enseñaba él las tareas y no recordaba bien lo aprendido, me dejaba ahí un buen rato, y luego regresaba, a ver si había avanzado algo, pero no. No podía recordad, entonces el me jalaba de las patillas y lo sacudía de un lado a otro, mientras yo retorcía mi boca para no llorar, pero el dolor era más grande, y las lágrimas se desbordaban por mi rostro, hasta llegar a mi boca y sentir lo soso que era.

Cuando llegue a la secundaria, hubo un cambio tan radical que no savia si existir o no, fue tanto.

En un colegio del estado en donde te golpean y no tienes que decir nada, si no eres un marica, hay donde los muertos resucitan y los vivos desaparecen, pero yo seguía en mi timidez e introversión.

Todos eran muy déspotas, vulgares y mañosos, donde los chicos tocaban las nalgas de las chicas y corrían despavoridos, para mí era un infierno nunca había visto esto, no era como en mi santo colegio, donde todo era supeditado y glorioso y rezar un padre nuestro antes de empezar.

Fue terrible el cambio. Pero yo me había convertido uno de ellos tan prontamente, era un díscolo un fanfarrón de aquellos, donde entrabamos a los salones a tomar las cosas de otros, y en donde un salón fue escenario de mi primera relación sexual tan salvajemente, y donde mamá ya no estaba, y ya no era tímido y mucho menos callado, desapareció mi introversión.

Era algo popular en la escuela, muchas chicas querían conocerme, me sentían un galán guerrillero pero no lo era, actuaba en posesión de mis compañeros. Pero no fue hasta cuando peleé con un alumno de otra sección y nos dimos a golpes, pero solo recuerdo cuando le jalaba las patillas como me lo hacía papá, y le gritaba cosas ofensivas, solo recordaba cuando papá me hacía lo mismo me golpeaba y gritaba, y me desquitaba con él ahora.

En un instante cuando él había caído al suelo, y yo también, saque una navaja que tenía en el bolsillo, lo tome bien y se lo incruste en el cuello, para que no siguiera insultándome. Los demás compañeros corrieron, yo intente levantarme para ir tras de ellos pero no pude, lloraba muy cobardemente, agitado y con una mano en el pecho viendo al cuerpo agonizando de aquel muchacho, mis manos estaban de sangre y a la ves polvorientas, no tuve otra opción que deshacerme de mi odio que estaba muy hermético en mí y que había hecho tan grande cosa.

   

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