A mi maestro, a todos los maestros

Por Juan TOMÁS FRUTOS
Enviado el 07/01/2013, clasificado en Varios / otros
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Se llamaba Sebastián, pero seguro que ustedes lo conocerán por otro nombre. Era simpático, muy simpático, y severo a la hora de exigir. ¡Faltaba más! Lo que pasa es que lo hacía de tal manera que no nos dábamos cuenta del esfuerzo que finalmente conseguía sacar de nosotros. Tenía también una gran capacidad de trabajo, que aumentaba con lo que podríamos denominar “una ingente voluntad”.

           Era de aspecto amable, una cualidad que cálidamente corroboraba con sus actos cotidianos. De él aprendí mucho, y no sólo yo. Era una experiencia de vida. Había experimentado los rigores de la carestía, y de ella se había impregnado muchísimo.

           Le gustaba leer, y trababa de imbuirnos en esa costumbre. Lo hacía con lecturas amables, con libros que nos prestaba a cambio de devolvérselos forrados, cuidados, como prueba del mimo recibido.

           Sabía de historia, y de geografía, y de literatura, y de libertades, y de respeto… Sabía como pocos. Era de una inteligencia sencilla, popular, cargada de refranes y de cercanías. Su cuerpo grande denotaba un corazón grande, y lo era más porque compartía, porque sabía de solidaridad.

           Lo recuerdo aún, pese al transcurrir de los años. Parte de lo que soy se lo debo a él. Era mi maestro. No retengo muchos nombres de cuantos me han enseñado. Él está entre los primeros por muchos motivos, a los que añado su familiaridad y su apoyo en aquella compleja época de la adolescencia.

               Es verdad que eran otros tiempos. No sé si buenos o malos, si mejores o peores. Eran los que eran, y sé que fui feliz gracias a personas de su talla. Entonces uno no precisaba muchos regalos ni cosas materiales para ser dichoso. No teniendo demasiadas cosas en el entorno, personas como Sebastián hacían que el mundo fluyera con inteligencia y en progreso sin que percibiéramos las ausencias. Nos hacían ver, sin duda, el vaso medio lleno siempre.

           Era tanto su amor por la cultura que aquel maestro encabezó batallas no conflictivas para consolidar una Agrupación Musical, para que su colegio tuviera todo lo mejor, para que el pueblo albergara inquietudes por el saber. No paró hasta que su corazón, ¡tan grande!, le dijo basta, pero, afortunadamente para todos, nos legó un ejemplo que todavía hoy en día recordamos.

Ejemplos de una sociedad viva

Era un maestro en el sentido más pleno y extenso de la palabra. Era una buena persona. Como él ha habido muchos, hay muchos, y seguirá habiéndolos. Los tendremos cerca, a veces incluso sin captarlos, por muchas crisis que nos vengan. Son el ejemplo de que la sociedad se mantiene viva con personas que, altruistamente, mueven cielo y tierra para que el ser humano progrese de verdad, a menudo incluso en circunstancias de hostilidad.

           No me pregunten el porqué, pues no es ni siquiera por una vena romántica o nostálgica, pero hoy me apetecía rendir un claro, un hondo, homenaje a la figura del maestro de escuela, tan necesaria en nuestra sociedad, como tantas otras. Ese tributo lo hago en nombre de Sebastián Gálvez, pero seguro que ustedes le pueden poner otra denominación, pues hablamos de actitudes, de personas buenas, de ciudadanos inteligentes, entregados a su comunidad. Resaltamos valores, transcendencias, sentimientos, óptimos influjos… Y nos referimos a todos esos conceptos con una enorme carga de gratitud por haberlos podido conocer, por poderlos reconocer actualmente.

Por ello creo que es bueno que rindamos tributo a esas figuras esenciales en nuestras vidas, aunque en esta ocasión haya pensado en una en particular.

Juan TOMÁS FRUTOS.


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