A ras de sexo (capítulo 1/5)

Por EvaManiac
Enviado el 21/11/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Cuando empezó a masajearme los pies para "relajármelos", según decía, noté cómo esa supuesta inocencia me subía por la médula espinal a modo de excitación. Por supuesto, mantuve la compostura que esas situaciones exigen ya que, al fin y al cabo, estaba ahí para hacerme un tratamiento de pedicura con uno de los más reputados podólogos de Barcelona. El problema es que su avanzada edad (unos 50 le echaba yo) no consiguió mermar mi acaloramiento, más bien al contrario. En mi foro interno creo que el morbo iba creciendo tantos puntos como dedos tenía yo en mis pies. Hubo un momento que no supe cómo colocarme para disimular alguna que otra exhalación.

Mientras tanto, el doctor, inmerso en su rutinaria maestría con las manos, solo se centraba en aquello para lo que vine. Yo no estaba muy segura de qué hacer en ese momento. Era consciente de que en cualquier momento soltaría un gemido de placer, y eso me avergonzaría muchísimo. Intenté guardar las formas y apaciguar mi excitación moviendo mi trasero nerviosamente sobre la silla modernista de terciopelo. Recuerdo que llegué, incluso, a cerrar los ojos durante algunos segundos, varias veces, y solo esperaba que el doctor no se hubiera percatado de ese detalle.

Mis leves movimientos compulsivos habían deslizado mi falda por encima de mis rodillas. La tela que, hasta el momento, me había cubierto mis vergüenzas decimonónicas, se había desplazado hacia arriba, lo cual me llevó a plantearme una osadía que aún hoy me sorprende: decidí separar un poco las rodillas para ofrecer la oportunidad de dejar vislumbrar mis bragas a aquel que estaba justo delante de mí absorto en la terapia. Si soy sincera, no esperaba que esa sutil pretensión mía tuviera consecuencias en absoluto. Es más, imagino que probablemente por eso que me atreví a hacerlo.

Justo en ese momento el doctor soltó mi pie derecho y me comentó que "le tocaba al otro". Se levantó del taburete y, a la vez que se incorporaba para desplazarse, colocó el asiento a mi izquierda para proceder con el pie de ese lado. La diferencia es que, en esta ocasión, se lo puso sobre su rodilla derecha "para sentirse más cómodo". Es justo lo que mi subconsciente llevaba deseando desde hacía decenas de minutos. Al ubicar el pie por encima de mi propia cintura, la visión de mi ropa íntima era inevitable tras haberse movido intencionadamente la tela que antes la cubría por completo.

El masaje del pie izquierdo fue algo más suave, más cadencioso, con una paciencia que alargaba el tempo de forma insoportable. Estaba tan exacerbada ya que, casi sin quererlo, separé un poco más mis rodillas dejando más a la vista el escudo de mi intimidad genital. Y, sin poder controlarlo, solté un pequeño gemido que enseguida tuvo su reacción:

-"¿Te estás excitando bastante, verdad?"
-"Creo que me estoy excitando demasiado, doctor".
-"Es normal, los pies son una zona muy erógena, y su manipulado talentoso es realmente erótico. Espero que no estés muy incómoda. Yo estoy acostumbrado".
-"No es eso…"

No supe cómo acabar la frase. "¿No es eso?" Joder, qué lumbreras soy. La auténtica verdad es que la indiferencia de ese tipo, junto a la profesionalidad y dedicación por lo suyo, me ponía más caliente aún. Hirviendo, en verdad. Al tener las piernas un poco separadas, y una de ellas más elevada que la otra, notaba cómo mi coño empezaba a humedecerse en serio. Era la primera vez que sentía físicamente el deslizar de mi flujo desde dentro hacia afuera. Era consciente, por lo tanto, de que en algún momento u otro se me iban a mojar las bragas por la zona más explícita. Eso si no lo estaban ya. Y él a lo suyo. Aunque no tanto:

-"Te estás poniendo realmente cachonda, Eva. Esto ya no es simple excitación. No es que me importe, al contrario. Eres muy hermosa y me halaga que, a mi edad, aún pueda poner así a una veinteañera tan guapa como tú".

Dios, esto me ratificó que, efectivamente, ya tenía el escudete mojado. Yo no podía verlo, lógicamente, las leyes de la Física me lo impedían, pero lo deduje tras ese comentario tan "halagador". Yo estaba ya desbocada sexualmente, pero reprimida por la vergüenza de la situación. El propio doctor se encargó de romper el hielo:

-"Acabo ya con este pie, también, porque veo que estás mojando tus braguitas con tanta agitación".

Sin palabras. Se levantó de nuevo y clavó el taburete de diseño justo entre mis dos pies. Con una de sus manos separó un poco mis piernas, que ya descansaban en el raso, y desplazando mis rodillas un poco, una a cada lado, se sentó otra vez. Sin siquiera mirarme a los ojos levantó lo poco de falda que aún quedaba sobre mis muslos y se abrió paso visual hacia mi entrepierna.


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