EN EL CUERPO DE JULIETA (parte 1)

Por Federico Rivolta
Enviado el 20/11/2014, clasificado en Terror
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     -– Falta poco para el verano, no puedo verme así -– pensó Julieta mientras contemplaba su hermoso cuerpo frente al espejo.

    Ella no soportaba tener ni un kilogramo de más. ¿De más respecto a qué? Respecto al margen imaginario que ella misma se impuso, un margen muy estrecho que la separaba de aquellos patéticos transeúntes infrahumanos que la miraban con lujuria, de esos gordos repugnantes que no son más que el resultado de su propia pereza.

   Un pequeño local cuyo rótulo estaba descolorido por el tiempo, la recibió con una entrada clara y luminosa. No había mucho allí, solo unas góndolas casi vacías y un empleado con un delantal cubierto de manchas oscuras. Julieta se acercó al mostrador y el empleado se dio la vuelta, su rostro estaba cubierto por una máscara roja con una gran sonrisa pintada.

    –- Llevaré uno de esos frascos.

    –- ¿Deseas deshidratarte? -– preguntó el empleado.

   – - ¡Dios mío, no! Eso arruinaría mi piel… mejor deme una de esas cajas.

   – - ¿Deseas tener un infarto?

   – - ¡No, tampoco!, eso es casi tan malo como lo anterior.

El enmascarado empleado le entregó a Julieta una enorme cápsula negra:

   – - Toma, prueba esto.

   – - Gracias, ¿cuánto le debo?

   – - Guarda tus monedas. Vuelve dentro de una semana.

  La máscara del empleado permaneció invariante, por supuesto, pero Julieta tuvo la sensación de que su sonrisa estaba aún más grande.

   Al llegar a su casa se sentó y contempló a la enorme cápsula. No tenía el prospecto y no sabía que contraindicaciones ni que efectos adversos podría tener; pero seamos sinceros, de haberlo tenido tampoco lo habría leído.

  La popularidad de la que gozaba Julieta no le era fácil de mantener, y hay ciertos puntos débiles a los que ni las más duras horas en el gimnasio logran llegar; pero esos patéticos transeúntes infrahumanos que la miraban con lujuria no tenían noción de sus sacrificios.

   A la medianoche el silencio fue absoluto, fuera y dentro del cuerpo de Julieta, y luego de observar la cápsula durante unos segundos, la ingirió gustosa. Era tan grande que le lastimó la faringe, y tuvo la sensación de que se le había quedado atorada. Luego de varios minutos el dolor aún permanecía allí,  y tuvo que beber vaso tras vaso de agua para aliviarse.

  Horas después sintió que su estómago estaba a punto de estallar, como si fuese atacado por unos pequeños seres que la golpeaban desde su interior. La aflicción la obligó a recostarse en el suelo hasta quedarse dormida.

   Por la mañana no recordaba mucho de lo ocurrido, pero seamos sinceros, nada duraba mucho tiempo en los pensamientos de Julieta. Fue a su habitación a mirarse al espejo y éste reflejó a la mujer más bella que jamás había visto. Nunca su cabello brilló tanto ni sus rizos se apoyaron tan deliciosamente sobre sus hombros; sus ojos parecían llevar un mágico rímel, y su cuerpo… su cuerpo estaba más delgado y tonificado que nunca. Como por arte de magia negra, todos esos defectos imperceptibles que solo ella encontraba en su físico habían desaparecido.

   Al salir de su casa acaparó las miradas, pero seamos sinceros, Julieta nunca pasó desapercibida. Claro que aquella vez fue diferente, ella misma se sentía avasallante y caminaba bien erguida, sin todas las inseguridades infundadas que la acosaban constantemente. Todos sus no tan amigos que la vieron ese día le dijeron que se veía espléndida. Siempre se lo decían, en parte porque era la palabra de moda y en parte porque eran unos falsos que solo se lo decían para quedar bien; pero más allá de todo, esa vez Julieta percibió la honestidad en sus sobresaltos.

   Otro día pasó y su cuerpo se había convertido en la envidia de todas. Mirando y comparándose con las famosas modelos recordó el viejo dicho: “la televisión engorda”. ¿Qué sentido tenía compararse con una imagen corrompida? Fue entonces cuando decidió ajustar su televisor para que adelgazara la imagen y contrarrestara cualquier deterioro que la cámara pudiera ocasionar.

   Al día siguiente adelgazó más aún, y pudo finalmente verse tan o más delgada que las estilizadas figuras de su pantalla tramposamente configurada.

   Pero la gloria que viene fácil nunca dura mucho tiempo. Julieta comenzó a sentir cambios en su interior y los dolores de estómago regresaron, pero su maravilloso aspecto se mantuvo y eso era lo importante.

   Había transcurrido una semana desde que tomó el comprimido y llegó el momento de regresar a la tienda, ese refugio contra monstruos deformados que tanto la deseaban al verla pasar. Allí la esperaba el empleado del delantal cubierto de manchas oscuras y con su máscara roja con la sonrisa pintada.

  Julieta le quiso explicar lo que le sucedía pero enseguida él la interrumpió:

   –- No es nada, Julieta. Tu cuerpo se está adaptando. Lleva estas nuevas píldoras, pronto te sentirás mejor. Regresa en una semana.

   Las cápsulas no fueron gratuitas aquella vez, y la tarjeta de crédito de la joven ardió en llamas tras la compra.

   Los comprimidos no duraron mucho en la palma de la mano de Julieta y a la mañana siguiente el dolor de estómago se había esparcido a todos sus órganos. A pesar de su belleza, su gesto y su postura ya no eran los de una persona saludable.

   –- ¿Te ocurre algo? -– preguntó el más falso de sus no tan amigos.

Pero Julieta no pudo contestar porque si lo hacía habría estallado en llanto.

   “- ¿Qué me está pasando?” - Pensó mientras se miraba al espejo.

  Fue a ver de nuevo al hombre de la máscara roja pero, como no era el día indicado, la tienda estaba cerrada.

   "“No es nada, tu cuerpo se está adaptando”", recordó esa frase, frase que no resultó ser cierta.

   Sus asuntos no podían hacerse esperar. Esa noche tenía una importante fiesta; importante para ella, que debía asistir si no quería arriesgarse a quedarse afuera de su selecto grupo de no tan amigos, si no quería arriesgarse a formar parte de aquellos despreciados insectos de los que nadie digno de respeto se molesta en recordar.

   Un grupo de marionetas sin rostro comenzó a bailar al compás de un ruido muy parecido a la música. Las epilépticas luces encendían y apagaban un escenario que variaba constantemente, y en cada imagen las marionetas aparecían en un lugar diferente. Los dolores regresaron justo en medio de ese funesto espectáculo que la rodeaba y Julieta supo entonces que algo andaba mal con su cuerpo; y supo entonces que algo andaba por su cuerpo.

 

 

Continúa en la segunda y última parte...

http://www.cortorelatos.com/relato/15144/en-el-cuerpo-de-julieta-parte-2/

 


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