Un viejete cañero

Por cclecha
Enviado el 22/11/2014, clasificado en Humor
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                                                              UN   VIEJETE    CAÑERO

 

     Me estoy acabando de acicalar en el espejo del lavabo porque hoy es el gran día. Me observo. Mi  camisa verde, mi  suéter  granate con letras doradas en las que se aprecia claramente la inscripción “Club de Petanca La Esquerra del Eixample”, mi gorra tipo beisbol, del mismo club y sobre todo, mis ochenta y cuatro años a cuestas… La verdad es que estoy como un chaval…me sobra energía por todas partes.

    En fin hoy es la semifinal de petanca de veteranos de los barrios de Barcelona.  Nos enfrentamos con el barrio de “Las Corts”. Bueno mi uniforme esta perfecto y salgo con el pecho hinchado, movido por el orgullo.

     Me cruzo con mi mujer en el pasillo

      -Dios santo- dice tapándose la boca con la mano- cariño, que viejito te veo.

      La pobre, transfiere lo que en realidad es ella, a mi propia persona. Sabe mal decirlo, pero ella sí que es una vieja de tomo y lomo. Pequeña, delgada y arrugada como una pasa por la multitud de años que acumula. En fin, no dedico ni un segundo a su comentario fuera de lugar. Desde luego, sin ninguna muestra de cariño, ni por supuesto, ni un beso, me dispongo a salir. Antes le digo

      -No creo que ni lo sepas…pero hoy es el día de la semifinal de nuestro Club

      La vieja liliputiense se encogió de hombros y añadió

       -luego te enviaré a tus biznietos para que te controlen

        Quise salir dando un portazo, pero mi astucia natural me hizo salir acompañando la puerta, como si tal cosa.

         Abajo, en la La Avenida de Roma nos esperaban las flamantes pistas de petanca que el Untamiento (perdón…el Ayuntamiento) había tenido a bien, instalarnos.) Hacia un día radiante, involucrado con el gran acontecimiento de la semifinal.

         En un banco junto a la pista principal, habían dos colegas, José y Juan, con mi mismo uniforme  que yo y tomando el sol. Me senté en medio de los dos.

          -Que  ¿aguardando el gran acontecimiento?

          Hubo un silencio que daba opción a interpretar cualquier cosa. Entonces, para alegrar el cotarro pasaron por delante nuestro, dos gachís, en edad sexual, con minifaldas y escotes pronunciados. Me dirigí a José, que estaba embelesado mirando a las chavalas y que sabía que era el más mundano  

           -¿Te he contado alguna vez lo de Mónica que le metí cinco quiquis seguidos sin sacarla?

          -Varias veces. ¿Es que tienes alzhéimer o qué?

      Opté por no explicarle lo de Inma, que a lo mejor ya se lo había contado y que además consistía  en lo mismo, pero se incrementaba a siete veces…

      -¿Y lo de que era jefe de la oficina y que todos me temían?- le dije con desconfianza

      -Eso también me lo has contado un porrón de veces, hazte mirar el alzhéimer. Además, creo que inventas porque cada vez me lo explicas con variantes nuevas…

      Como vi que con José, habíamos llegado a un punto muerto, pasé al ataque con Juan, que se puede decir que era más profundo…

      -¿Qué cómo va la vida? –le dije contemplando con estupor su cara apergaminada y sus cuatro pelos sujetos sin control a su desproporcionado cráneo.

      El me miró de reojo y me contestó lentamente

      -¿A esto le llamas vida? ¿A este amasijo de dolores y a esta espera temprana de que todo acabe?

      Esta era la mía. Le iba a atacar a fondo.

      -Se que es muy difícil, pero tienes mi ejemplo. Visualízate como un hombre lleno de energía, sin dolores y aparentando muchos años menos de los que tienes. Si tienes dificultad para conseguir esta imagen, utiliza mi rostro que responde a este perfil.

       Juan no me hizo ni caso y se limitó a decir

       -Parece que todo haya sido ideado por una mente diabólica. El paso del tiempo, el envejecer, los dolores…. Lo único que agradezco al gran Dios es que me ha ido matando poco a poco. Si me hubiera matado a los treinta años me hubiera quitado el 100% de la vida, estaba en mi apogeo; pero ahora, con el paso del tiempo, me arrebatará muy poca cosa. Mi vida con enfermedades, achaques, impotencias… como máximo representa un 5% de vida…eso es lo que me arrebatará Dios Nuestro Señor.

       Con Juan, tampoco había nada que hacer, su visión realista-pesimista no aceptaba replicas, además yo no estaba para disquisiciones filosóficas que consideraba absurdas. Sin embargo sutilmente le dije

     -La vida se va gastando como el dinero…cuando se le necesita. Yo, afortunadamente tengo mucho ahorrado en ambos sentidos…je, je, je.

      El no me hizo ni caso, así que continué en mi línea

      -¿Sabes que España y el Japón son los dos países que tienen más viejos en relación a su población? Estoy muy preocupado porque si no hay jóvenes, ¿Quién pagará mi pensión dentro de veinte años?

      Esta vez si me miró, como si estuviera escuchando a un extraterrestre. Meneo la cabeza con disgusto pero tampoco dijo nada.

        Había llegado el gran momento…la hora de saltar a la pista. Los que actuaban primero del equipo, eran los considerados mejores…yo estaba dentro de esa categoría. Me levanté pausadamente, para que todo el mundo comprendiera la importancia que acarreaba mi acto y me dirigí hacia la arena rectangular.  Iba con mi cable sujeto a un imán, para no tener que agacharme a por las bolas metálicas. También llevaba una gamuza para limpiar cuidadosamente las bolas, ya que cualquier grano de arena podía interponerse en la buena marcha de las mismas.

       En aquel momento, Pau y Marc – mis biznietos- me jalearon desde la cercanía.

       -Abuelo, moderación…no te pierdas… ¡Animo!

       Por fin había llegado el instante que esperaba…me concentré en la bola pequeña que constituía la referencia a aproximar, junté las rodillas, me agaché imperceptiblemente, balanceé mi brazo con la bola sujeta hacia delante y hacia detrás y …

     Crack…Crack. Un intenso dolor interior,  proveniente de un desgarro muscular de mi hombro y creo que otro del mismo brazo, me atacaron de súbito, impidiéndome cualquier movimiento. Cuando me erguí, mis rodillas protestaron fruto de una punzadas de artrosis  y a duras penas podía caminar.

     Mis biznietos viéndome muy apurado, salieron en mi ayuda  y cogiéndome a ambos lados me sacaron de la pista.

      Afortunadamente había un jugador reserva en mi equipo para cualquier incidencia y que se vio obligado a salir al ruedo.

      Les dije a mis chavales-una lesión la puede tener cualquier deportista profesional…estamos hartos de ver como los jugadores de football y básquet, jovencísimos, se lesionan a todas horas. El cuerpo no avisa.

       -Si abuelo, no hables, agárrate y reponte… estás blanco como la cera. ¡Que dirá la abuela!

       Ya salió a colación la momia…siempre ella…

       Pasamos, medio arrastrándome, delante de José y de Juan. Me pareció ver una sonrisa de satisfacción en sus avinagrados  rostros. Mi lesión la veían como un triunfo, como un trofeo delante de mi vitalidad. Es lógico ya que sabía que la envidia los corroía por dentro.

 

 

        

 


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