1711

Por hero
Enviado el 25/11/2014, clasificado en Varios / otros
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1711

El viejo capitán y caballero de Santiago, con su peluca empolvada ocultando la calva y vestido a la usanza antigua, se arremolina en su sillón de terciopelo, recordando su estadía en el nuevo mundo, hoy se encuentra en Madrid, aislado y olvidado de la corte, a pesar de los lazos familiares que lo unen con cierto marqués cercano a la reina gobernadora. La vergüenza lo aparta de toda actividad pública por sus actividades señaladas en libelo levantado por el Oídor de Santo Domingo, donde tocó esperar por embarque, con el peso de los grillos y cadenas puestos en Caracas. ¡A mí, el gobernador!, se insufla. ¡Vergüenza es hacerle caso a corrillos de viejas mantuanas buscando favores!, se compadece. ¡Carezco de todo, por culpa de aborrecibles criollos con narices sucias!, se lamenta. ¡Bastante la gocé y me la aguantaron los castizos de pacotilla y comerciantes de ventorrillos!, se motiva y se le hace agua la boca al pensar que su libido fue complacida por criollas púberes, blancas  y en edad de provecho. Se ríe consígo recordando la vez que bajó a La Guayra tal como le gustaba vestir, de flamenco, con chaquetilla y pantalón orlado, sombrero plano de cinta morada, adarga de cuero tachonada de plata y una lanza con la enseña de gobierno. Hizo pie en la Casa Principal, acto seguido solicitó pescado y vinos, y ya que la comarca tenía fama de mujeres hermosas, dió órdenes de reunir a toda aquella mujer, joven y blanca de orilla, eso sí, solteras, para no entrar en disputas, en el gran salón de la Superintendencia de Gobierno, la cual convirtió en confesionario y ya frente a ellas, una a una, las hizo pasar para conocer de sus virtudes y si habían cedido a la tentación. El placer estaba en reclutarlas para su provecho y de cautivarlas bajo amenaza de revelar intimidades exponiéndolas al murmullo del populacho. En principio ninguna capituló de buenas a primeras, pero viendo carne trémula se arriesgó con un farol, sacó de su chaquetilla una cinta gruesa de color rojo y con la saliva en la boca anticipando el manjar a ser engullido, en tono silbante cual sierpe y de manera sibilina, con entonación musical, exclamó ¡Me ha sido enviado este presente  por el propio Rey, haciéndolo bendecir por el mismísimo Papa, es un arte milagroso, elaborado por costureras sapientas de Oriente y bordado por magos de la judería Sevillana,...en contacto con este tejido, aquella niña que no presente las señales de pureza, la cinta se desteñirá de manera inmediata y si es tocada por ella, cae en pecado mortal por el resto de su vida!. El sudor le brota de la frente, reposa en la punta de la nariz en goteo constante y le  inunda el cuello, los ojos se le avivaban con cada gesto y cada palabra pronunciada y el solo pensamiento pervertido de la confesión de las mozas lo excita hasta el paroxismo, reflejado en su hombría oculta entre seda y oropel. Visto el terror que la magia produce en cada jovencita y la pena que podría originar semejante confesión delante de testigos, se las lleva a un aposento retirado y ahí, confiesan el estado de su virtud. Cañas estuvo entretenido mucho tiempo entre la costa y el mar, las consejas que no las crónicas, dejaron conocer el largo tiempo de vacaciones estivales que pasó en las playas del kasike Macuto y los arreboles de pasión recorridos en la punta de playa, llamada de los mulatos, donde la negritud hacía sus mercados cada semana, siempre en compañía de las mocitas perdonadas de sus pecadillos por la generosidad del gobernador. Hoy todavía en las Españas, al recordar su estadía en el nuevo mundo, le repugna el olor de las mimosas y las acacias caraqueñas que mediante decreto mandó eliminar de la plaza mayor y áreas vecinales, le persiguen los olores de las negras preparando pasteles de maíz, de las indias fermentando la chicha y las pardas calentando el café, le acecha sin darle respiro, la  mala intención de los Blancos y de los Urbinas, gente principal, quienes conspiraron para defenestrarlo. No duerme tranquilo, el pulso es leve y la mente inquieta, no por miedo sino por el afán de venganza.


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