El Taxista

Por Ada Suay
Enviado el 09/01/2013, clasificado en Adultos / eróticos
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Aquella fiesta me había matado, demasiado alcohol, demasiado baile y con aquellos tacones tan altos. A veces pienso que debería llevarme unas zapatillas para cuando volviera a casa después de salir de marcha. Me ahorraría ampollas y lágrimas. Pero mi pie es grande y no me cabrían en el mini bolso.

Me apoyé en una farola y me descalcé, a pesar de ser invierno no me importaba pasar frio al pisar el asfalto, todo lo contrario, era un alivio poder refrescarme los pies.

Miré dentro del monedero para ver si me había sobrado suficiente dinero para coger un taxi para volver a casa. Pero en ese momento el taxista paró frente a mí y no me lo pensé un segundo, abrí aquella puerta trasera y me senté reposando mis cansados pies sobre la áspera alfombrilla de aquel taxi.

Saludé con un “buenas noches” y le di la dirección de mi casa. El coche se puso en movimiento. El calorcito de la calefacción y el poder descansar mis pies hizo que me relajara en el asiento trasero de aquel taxi pudiendo entonces escuchar la música de fondo que tenía puesta el taxista. No conocía esa canción pero era agradable. Mis ojos antes sin fijar la mirada en nada, se pararon sobre la espalda del taxista. Tenía pinta de ser un hombre de unos 35 años más o menos, fornido, con bastante pelo a pesar de la edad pero con tintes canos. Su perfil de nariz recta y con personalidad me hizo darme cuenta de que podría ser atractivo. Llevaba mucho tiempo sin sexo y se me antojó fantasear con aquel pobre chico, que imagino estaría casado y tan sólo estaría trabajando para sacar su familia adelante.

Al vivir a las afueras pensé que iba a tardar bastante más en llegar a casa y el abrigo me estorbaba por el calor, así que decidí quitármelo.

Me relajé mirando el paisaje sin apenas fijarme ni dónde nos encontrábamos. De pronto me acordé de que no había mirado si tenía dinero y busqué el dichoso monedero en aquel mini bolso.

No podía ser, no lo encontraba, no estaba, saqué todo lo que contenía el bolso y allí no había restos de aquel monedero.

Busqué entonces en los bolsillos del abrigo y tampoco. ¿Dios que iba a hacer?. Pensé que lo mejor era decírselo al taxista.

La respuesta del taxista fue distinta a lo que yo esperaba, simplemente me preguntó si estaba dispuesta a pagar en carne.

Para mis adentros pensé que aquello era prostitución pero realmente estaba en un apuro, sin monedero, sin tarjetas, sin dinero, ¿cómo podía pagar a aquel hombre?.

Acepte la oferta, él sonrió mostrando unos dientes perfectos, aquello me motivó. Su sonrisa era preciosa, sus ojos pícaros y su nariz perfecta, en conjunto era un hombre muy atractivo, mucho mayor que yo pero eso no me importó. Me excitaba la idea de ser usada como moneda de cambio. Ser usada como pago me puso muy caliente humedeciendo mi entrepierna. Mientras el coche seguía en marcha yo fui calentando motores con mi mano.

Comencé a tocarme con los dedos, luego los llevé a mi boca para saborearme a mí misma, eso me pone a mil, volví a presionar mi clítoris con fuerza y a introducir un dedito en mi vagina. Comencé a jadear y el taxista miró por el retrovisor y tensó su cuerpo al ver lo que sucedía. Nos apremiaba el sexo y paró en aquella misma callejuela donde tan sólo una farola iluminaba. Todo estaba en silencio, con una quietud pasmosa. Cosa que no ocurría en el interior del taxi. Apagó las luces pero no el motor.

El taxista salió de su cabina y abrió la puerta trasera para meterse dentro del taxi a mi lado en el asiento posterior.

Yo seguía calentándome sola y él comenzó a acariciar mis pechos sobre la ropa ayudándome a sentir más. Fue desprendiéndome de la ropa despacio, a pesar de su apariencia tosca fue muy suave. Luego cuando ya estaba desnuda, se quitó la ropa él. No parecía un hombre muy experimentado, parecía que quería que fuera yo la que llevara la batuta, así que aproximé mis labios a los suyos y comenzamos a besarnos suavemente, como unos novios. Sus manos acariciaban cada centímetro de mi piel con una delicadeza que rayaba lo raro.

De pronto su respiración se hizo más agitada, su cuerpo desprendía un calor y un olor a hombre que me excitó aun más. Y su supuesta inexperiencia, cambió a una destreza y habilidad fuera de lo común. Aquel hombre engañaba a simple vista, era con total seguridad un buen amante. Comenzó a dirigirme como un director de orquesta con suavidad pero con firmeza. Diestramente llevó mi cabeza hacia su miembro duro y empujó mi nuca para que me lo introdujera en mi boca. Lo hizo obligándome, eso me excitó. Lamí su pene desde la base hasta la punta y me lo metí entre mis labios friccionándolo contra ellos para hacer que sintiera más. Se le escapó un gemido provocando en mí una oleada de placer. Mi boca apretaba aquel miembro erecto como si fuera un helado de un sabor delicioso que quisiera deleitar en mi sentido del gusto.

Sujetaba mi cabeza con firmeza moviendo sus caderas hacia mí, como haciéndole el amor a mi boca. Su pene tocaba el fondo de mi garganta privándome un poco de aire. Cada vez lo hacía más duramente y más rápido, sentí su sabor en mi boca, no había terminado, tan sólo estaba lubricando.

Yo me sentía tan mojada, que deseaba que me poseyera en aquel instante. Pero no paraba de hacérselo a mi boca. Metí un dedo en mi vagina de nuevo viendo que él quería terminar dónde se encontraba. Acaricié mi clítoris rápido y con firmeza mientras él seguía obligándome a chupar. Mi clímax llegaba y no podía dejar de tocarme cuando me interrumpió bruscamente para obligarme a ponerme a cuatro patas como una perra.

Noté su saliva cayendo por mis nalgas y con una dura embestida introdujo su polla en mi culito, dilatado por la excitación. Bombeó con una fuerza brutal mientras agarraba de mi pelo duramente. No había miramientos ahora, tan sólo había un hombre forzando a una chica y abusando de su poder.

Pero aquello me excitaba más y mientras yo seguía tocándome llegué al orgasmo entre jadeos y gemidos. Lo que le provocó su clímax al taxista y llenó todo mi culito de aquel fluido caliente y blanco. Al sacar su pene ese líquido chorreó por entre mis piernas. Él me alcanzó una toallita húmeda para que me limpiara y se volvió a su asiento a medio vestir, en seguida comenzó a conducir.

Llegué a mi casa sin cruzar una sola palabra más con aquel taxista, pero estoy segura que la carrera quedó pagada de sobra.


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