EL LOCAL

Por Leo Macarrón
Enviado el 01/12/2014, clasificado en Intriga / suspense
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Desde lejos lo único que se distinguía era una puerta descolorida y muy estropeada. Encima del marco había una sucia bombilla de color rojo. Estaba encendida y parecía invitar a pasar dentro. Me acerqué a ella y la abrí de un empujón sin que ofreciera mucha resistencia. Lo primero que ví al entrar fueron unas estrechas escaleras que te llevaban al interior del local. No pude reprimir un pensamiento de que aquello parecía la entrada al infierno.

 

Bajé pausadamente los escalones sin poder evitar una sensación de angustia, tal vez producto del anterior pensamiento. Al llegar hasta el interior seguía sin poder quitarme esa sensación. Los rostros de la gente parecían que eran de piedra con un reflejo de color rojo producido por las pocas luces que había. Las caras que conseguía vislumbrar entre la oscuridad parecían que te observaban con ojos penetrantes. Nada ayudaba a quitarme el desasosiego con el que entré en el local.

 

Cuando conseguí distinguir la barra del bar me acerqué a ella y pedí una copa. El camarero era un tipo esquelético y mal encarado. Apenas me contestó con un gruñido al dejar el vaso sobre el mostrador.

 

Pegué un sorbo del licor y un intenso calor me penetró por el cuerpo. No era una mala sensación pero sí rara y consiguió ponerme aún más nervioso de lo que ya estaba.

 

Contemplé con detenimiento todo el local. Di un vistazo lentamente y sin prisas describiendo una especie de círculo con la mirada. No era muy grande y mi vista parecía adaptarse poco a poco a la tenue luz que lo alumbraba, lo cual lo hacía aún más pequeño. La gente parecía ensimismada en sus cosas y parecían haber perdido el interés por mí.

 

Al fondo a la derecha distinguí un grupo de mesas. Parecía que estaban todas ocupadas, menos una, la que estaba más al fondo del todo.

 

Cogí mi bebida y me dirigí hacia ese punto con pasos decididos. Al llegar a la mesa, me percaté de que estaba ocupada. Había una mujer sentada allí. Dí un pequeño respingo. Ella lo notó, y simplemente dijo: Puedes sentarte si quieres, estoy sola.

 

Me quedé parado, pero finalmente me senté. Estaba muy cerca de ella. La observé en silencio. Me pareció muy guapa aunque algo pensativa. Era morena y de ojos color café y llevaba un vestido blanco, muy corto, que dejaba ver sus bellas piernas.

 

A pesar de que nos encontrábamos en el que parecía el rincón más oscuro de aquel antro, distinguía perfectamente su rostro.

 

Llevo ya rato esperándote, me dijo con voz suave. ¿A mi?, le contesté yo. En ese momento me vino a la cabeza que en realidad no sabía qué hacía allí. Lo único que podía recordar era que deambulaba por la calle cuando distinguí aquella estrecha puerta. Pero, ¿qué había pasado antes?

 

¿Por qué me esperabas? ¿Cómo sabías que iba a venir?, le pregunté con una especie de sobrecogeimiento que notaba como se apoderaba de mí cada vez más.

 

 

Ella contestó pausadamente, pero sin dejar por ningún momento la dulzura de su voz, dijo con rotundidad: Porque yo estoy aquí para protegerte.

 

Para protegerme de qué, le dije.

 

Shisssss, no hables tan fuerte, me espetó.

 

Efectivamente, el tono de voz que le había imprimido yo a mi pregunta, hizo que los ocupantes del local levantaran la cabeza y se giraran hacia mí.

 

Con mi vista mucho más adaptada a la tétrica iluminación, me pareció distinguir que aquellos rostros despedían una ferocidad de la que antes no me había percatado.

 

De repente me vino a mi mente el accidente. Iba conduciendo cuando aquel camión se saltó el stop y patinó dirigiéndose directamente hacia mí. No pude evitarlo y me cogió de lleno. Sin embargo no sentí el impacto, sino que de repente me ví delante de aquella puerta, y es así como comenzó mi historia.

 

Una idea se clavó en mi mente, y no sé por qué le pregunté:

 

¿Donde estamos?

 

Es una de las puertas de entrada al infierno, dijo ella.

 

Un rugido me sobresaltó y observé como se habían transformados todos los seres que pululaban por el recinto. Tenían un rostro horrible, y muchos de ellos comenzaban a enseñar una especie de cuernos en la cabeza y unos temibles colmillos que asomaban por sus labios.

 

Se levantaron y se dirigieron hacía mí. No pude evitar que un escalofrío recorriera mi cuerpo desde la cabeza hasta los pies.

 

Dirigí mi vista hacia ella y le dije: ¿estoy muerto?

 

Ella contestó: Aún no. Y ví como ella también se había transformado. Parecía que le habían crecido en la espalda unas alas, pero su rostro no había perdido la calma original.

 

Es un ángel, me dije.

 

Volví la cara y vi como aquellos demonios se abalanzaban sobre mí sin poder hacer nada. Y grité. Era lo único que podía hacer.

 

Dí un respingo y me desperté sobresaltado. Alargué el brazo, y allí estaba ella. Todo había sido una pesadilla. Me volví hacia su cuerpo desnudo y la abracé.

 

¿Qué te ha pasado, cariño?, me dijo.

 

Nada, mi ángel, creí que te había perdido, le contesté, y volví a cerrar los ojos.


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