Piernas sensuales

Por Cortez
Enviado el 12/12/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Vivía en el sótano del edificio de 5 pisos. Era un joven solitario de escasos 20 años que aún estaba en la Universidad y buscó el departamento más económico para poder costearse sus estudios. Estudiaba por las mañanas y por las tardes ya no salía de su departamento. Estudiaba o se distraía mirando por la ventana que daba al pasillo de la entrada al edificio. Éste quedaba retirado de la calle principal. Así que las personas que veía pasar eran, por lo regular, conocidas. Ya sea porque vivían en el mismo edificio o porque eran visitas frecuentes de los inquilinos. Pero había plantas y arbustos que adornaban el inmueble.

Esa noche, vio las piernas de una mujer joven que avanzaban a la entrada del edificio. Su caminar era alegre y hasta cierto punto coqueto. Falda con pliegues de un color amarillo claro y unos zapatos de tacón que hacían juego con la vestimenta. La falda era corta pero no vulgar, más bien provocativa. Así que pudo apreciar la sensualidad de esa chica a través de sus extremidades. Escuchó cuando tocó el timbre de la entrada y luego el zumbido que abre la puerta. ¿Qué fueron, cinco o seis minutos lo que tardó en salir?

Miró esas piernas provocativas pasar por su ventana de nuevo. Pero esta vez su andar era distinto, caminaba con ímpetu, rabiosa. Y se detuvo justo en la ventana de Ernesto. Y la escuchó llorar. Luego la vio caminar unos pasos para sentarse en la banca de concreto que estaba al pie de las jardineras.

Ernesto sintió la necesidad de salir a buscarla. ¿Qué podía perder? Era una chica que lloraba afuera de su edificio. Una chica de piernas muy sensuales. Porque eso era lo único que conocía de ella. Se arregló un poco y salió a buscarla.

Alicia estaba tan concentrada en su llanto que no se dio cuenta de la llegada de Ernesto. Él se paró junto a ella, sin saber qué hacer o qué decirle. Sabía que debía brindarle apoyo. Y para eso debía ganarse su confianza.

- ¿Puedo ayudarte? - Fue lo primero que se le ocurrió decir y esperó la respuesta un tanto inseguro

Ella volteó a mirarle. Y sin decir nada volvió su rostro hacia el piso. Ernesto interpretó este gesto como que no le importaba a ella su presencia. Y decidió marcharse a su apartamento.

- Siéntate - Dijo Alicia al escuchar las pisadas de Ernesto al alejarse

- ¿Puedo sentarme? - Preguntó Ernesto para confirmar lo que había escuchado

- Sí - Confirmó ella en voz casi inaudible

- ¿Qué puedo hacer por ti? - Preguntó Ernesto con voz firme y apacible

Ese tono de voz la convenció para relatarle lo acontecido. Había sido citada por su supuesto novio para luego encontrarlo con otra joven en su apartamento.

Ernesto le ofreció su hombro para apoyarse. Y ella lo aceptó. Él la abrazó y le ofreció un vaso de agua en su departamento. Ella dudó un segundo pero finalmente aceptó. Caminaron y ella lo tomó del brazo como si fuera su pareja. A él no le incomodó, por supuesto.

La sentó en el único asiento que había en la sala mientras iba por el vaso de agua. Al volver la encontró de pie y modelando su figura. Luego Alicia, se quitó los zapatos de tacón. Y empezó a despojarse del vestido. Cuando quedó en ropa interior le preguntó: ¿Te gusta? Y Ernesto, con el vaso en la mano aún no sabía cómo reaccionar.

- No comprendo - Dijo arrastrando las palabras - ¿Qué haces?

- Si Mario me traicionó con otra, quiero pagarle con la misma moneda, ¿Estás de acuerdo?

Ella era hermosa. Joven y hermosa. Tal vez 18 años. Y su rostro y figura le decían a Ernesto que era de una familia de recursos y educada. No era para nada de las chicas vulgares que se prestan para fiestas alocadas. ¿Por qué la habría desdeñado el canalla de Mario?

Ella avanzó unos pasos hacia Ernesto mientras se desprendía del sostén y lo arrojaba al suelo. Ernesto, observó sus senos firmes y bien formados balancearse mientras se le acercaba. Le lanzó los brazos al cuello y le besó las sienes, las mejillas, los labios. Ernesto alargó los brazos y pudo sentir la frescura de su espalda con los dedos de sus manos. Y empezó a acariciarla. Ella se alejó un poco para quitarle la camisa, los pantalones y el boxer que ya se mostraba humedecido y con un miembro endurecido tratando de salir. No tuvo reparo en agacharse para introducirlo en su boca, suave, lentamente.

Cuando sintió las manos de Ernesto aprisionando su cabeza con fuerza, supo que él ya estaba por venirse. Y se detuvo. Se incorporó para quitarse la única prenda que quedaba en su cuerpo. Luego lo tomó de la mano y esperó que terminara de quitarse la ropa, para conducirlo a la recámara. Pero Ernesto la levantó y la condujo entre sus brazos hasta su cuarto. La depositó en la cama, boca arriba y se arrodilló. Ahora era él quien se arrimó a su sexo y comenzó a lamer con firmeza el clítoris de la desconocida. No tenía prisa. Por lo que duró largo rato. Los minutos suficientes para que Alicia se mojara entre gemidos de placer.

Cuando logró esto ya no tenía la erección inicial. Pero ella se dio cuenta y se sentó en el borde de la cama para ayudarlo. Nuevamente su boca hizo el milagro y Ernesto estaba listo para penetrarla. Ella, sólo se recostó sobre el colchón. El alzó sus piernas y las colocó sobre sus hombros y bajó lentamente buscando la gruta del placer.

Fueron largos minutos en que los dos supieron lo que era el paraíso. Y mientras Ernesto estaba en ella, colocaba sus mejillas sobre las sensuales piernas de ella. Lo que más le gustaba de las mujeres.


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