Amortiguador I

Por Führer
Enviado el 06/12/2014, clasificado en Amor / Románticos
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            Bien. Esto será muy difícil de relatar, estoy aquí y no encuentro el punto de inicio, tampoco tengo idea de cómo será el final. No puedo empezar sin antes explicar lo que me sucedió hace una semana. Algo mágico, irreal si se trata de mí. Quizá termine siendo arrogante pero no puedo evitarlo. Es la primera vez que algo así me sucede y necesito plasmarlo, que perdure para siempre aquí porque la memoria es traicionera, llega alguien más y se olvida de la primera. Y la primera es única, precisamente por su condición de primera, ni la segunda, ni la tercera podrá cargar tantas emociones.

            Bien. Ahora quiero dejar en claro que ella no fue la primera en mi vida. He tenido sexo ya antes, pero sí ha sido la primera vez que lo hago con alguien que no es mi pareja. Entonces por esta particular razón es que la llamo la primera. Quizá haya sido por el alcohol, muy probablemente fue así. Pero incluso sin él, era innegable la atracción que sentíamos el uno al otro. Era una obviedad de la que se habían dado cuenta ya muchos de los testigos. Pero ni en ese entonces yo hubiera presagiado lo que seguiría. Ni en mis mejores sueños me hubiera visto en un cuarto a oscuras con una mujer como ella, rozándonos durante la noche entera y fusionándonos cada dos por tres.

            Bien. Ahora antes de pasar al acto principal, del que ya dejé una premisa, hablaré de ella: de María José. O Majo, así suena más cercana, más familiar; más mía. Majo es una persona increíble, es siete años mayor que yo pero ha vivido fácilmente unos quince años más que yo. Vive en una burbuja intocable, la cual está llena de felicidad, de paz y de armonía. Desde que la conozco, ya hace tres meses, jamás la he visto triste, enojada, quizá sí preocupada pero nunca lo suficiente como para perder la esencia de su alegría. Ahora debo tocar un tema que hace mi experiencia aún más impresionante: Majo es mamá de una niña de diez años. ¿Me acosté con una mamá? Sí que lo hice. ¿Me arrepiento? En lo absoluto. Ahora mejor hago una pequeña aclaración para no tocar ningún nervio sensible. Majo es madre soltera, ahora sí suena un poco más decente.

            Bien. El veintiocho de noviembre celebramos su cumpleaños, en su casa, con nuestros amigos. Amigos que conocimos estudiando. Majo cumplía ese viernes veintiocho años, mientras que yo aún tengo veintiún años. Toda la fiesta salió como la habíamos planeado un mes atrás: almuerzo, juegos y bailes. Pero ya entrada la noche el alcohol empezó a surgir como la salvación errónea de una posible catástrofe. Todos empezamos a beber, ella y yo lo hicimos de más. Nos apartamos, nos besamos y terminamos en su habitación. En este punto ya no recuerdo las cosas cabalmente, me veo encima de ella, debajo de ella; desnudo, con ropa; tocándola, hablándole suavemente; me veo sonriéndole y a la vez mirándola con furia.

            Sin embargo lo que sí recordé al día siguiente y lo sigo haciendo ahora, es su fragilidad. La recuerdo dulce, cariñosa. Majo necesitaba el sexo quizá tanto o más que yo, pero estoy seguro –y  esto lo pienso una y otra vez y siempre llego a la misma conclusión– de que necesitaba más que nada amor. Extrañaba tanto la sensación de sentirse protegida, amada, querida al menos por una noche. Y es por esto que me pedía sonriendo y con los ojos brillantes que la abrazara, que me enroscara a su cintura y no la soltara. Ella meneaba la cabeza se acomodaba entre mis brazos y podía notarla tan feliz, podía verla en su ambiente. Como un niño que luego de tiempo encuentra el juguete que tanto le gustaba. Majo cerraba los ojos sonriendo y suspirando porque quizá era uno de los días más felices luego de mucho tiempo.

            No estoy siendo arrogante, no estoy insinuando que estaba feliz porque yo la abrazaba, tampoco que la razón de su felicidad era yo. Esta historia no es sobre mí, es sobre ella. Porque si no puedes amar a alguien, si las dificultades o diferencias son demasiadas, si va en contra de tus principios; al menos intenta, aunque no se pueda, convertirla en literatura. Y esto es lo que yo hago, aunque sienta que cuando la tengo en mis manos se me escape como la arena. Intento dibujarla con palabras, reconstruir lo que fue esa noche, pero más precisamente lo que sentí esa noche e intentar adivinar lo que sintió ella también.


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