EL ENCANTADOR DE PÁJAROS (segunda y última parte)

Por Federico Rivolta
Enviado el 07/12/2014, clasificado en Cuentos
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   Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven y yo ya era viejo, el infierno al fin se colmó. Algunos demonios fueron entonces enviados a la superficie a convivir con las personas y, para hacer las cosas más interesantes, los antiguos dioses los dotaron de forma humana.

   A algunos se les dio un cuerpo masculino y a otros uno femenino, pero solo se trataba de máscaras, pues todos ellos habían sido hermafroditas en un principio.

   Los demonios vivieron vidas ordinarias, pero sus sentimientos no lo eran; ellos no sentían afecto por nadie, por el contrario, buscaban herir a quienes se enamoraban de ellos.

   Por supuesto que no formaban parejas entre ellos, pues sabían bien quién era humano y quién no. Su perversa naturaleza los obligaba a arruinar vidas humanas una tras otra.

   No todos los demonios lastimaban a sus parejas en forma inmediata, claro; tampoco era una cuestión de dañar a la mayor cantidad de personas posibles, de hecho algunos llegaban a pasar años o incluso décadas planeando el momento para cumplir su funesto objetivo. Lo importante era lesionar en el instante preciso.

   No había manera de saber si se estaba en pareja con uno de ellos, porque sus actuaciones eran perfectas. A pesar de eso, muchas personas decían poder reconocerlos, decían notar algo en su sonrisa o en el brillo de sus ojos, pero la verdad es que se trataba de uno de esos asuntos en los que solo es cuestión de creer o no creer.

  ¿Qué hacían esos demonios una vez que lastimaban a su pareja? Pues no se detenían allí; comenzaban a llorar, a pedir perdón y a suplicar, aunque por dentro reían con crueldad. Con sus escenas muchas veces recuperaban la confianza de los pobres ilusos a los que tenían embelesados; luego, después de un tiempo indeterminado, volvían a arruinarles la vida solo por diversión.

   Cuando los humanos y los dioses intentaron deshacerse de aquellos demonios, les resultó imposible. Con el tiempo se fueron reproduciendo y cada día son más.

   Te sorprendería saber qué porcentaje de la población mundial ocupan en la actualidad.

 

 

   -– ¿Por qué termina esa historia en presente?, ¿se supone que es cierta acaso? -– preguntó Marcos -– Además aún no entiendo la relación entre lo que me cuenta y la pérdida del sentido de mi lucha.

   -– Una lucha ganada no es lucha; una lucha pareja la pelea cualquiera; lo difícil es luchar por una causa perdida.

   –- Pero si está perdida, ¿qué sentido tiene?

   –- Hay que luchar para que la derrota no sea absoluta.

   El misterioso individuo hizo una pausa para acomodarse su mugrosa túnica y, por un instante, el harapo desvistió parte de su brazo. En ese momento Marcos pudo ver algunas de las numerosas y profundas cicatrices que cubrían la piel del anciano.

   -– Te contaré la última historia de hoy -– dijo con una voz aún más ronca que antes.

 

 

   Hace mucho tiempo, cuando el mundo era joven y yo ya era viejo, existió un hombre que criaba pájaros. Su casa estaba repleta de jaulas, tenía miles de ellas, llenas de aves de todos los colores y tamaños. Un día se sentó en un pequeño banco frente a las jaulas de los pájaros adultos que tenía con fines reproductivos, y los contempló durante horas. Estuvo allí pensativo, casi sin mover un músculo, los miró a cada uno de ellos mientras reflexionaba sobre el hecho de que ya nunca podrían volver a volar, porque estarían confinados a sus jaulas para siempre. Pensó que les creaba falsas expectativas al dejarles sus inútiles extremidades emplumadas y decidió entonces cortárselas a todos, para que no vivieran una mentira, para que no creyeran una ilusión.

   El pajarero tomó entonces una pinza y les cortó sus alas, una por una, tomándose todo el tiempo del mundo. Las aves chillaban con desesperación, pero él trabajaba a oídos, poseído por su tarea. A las aves más grandes le costaba trabajo cortárselas, tenía que apretar con fuerza la base de sus alas con la pinza y comenzar a retorcerlas para arrancarlas de sus cuerpos.

   A medida que se las iba cortando, iba cauterizando las heridas con un fierro caliente, no tanto para evitar que los pájaros murieran desangrados como para asegurarse de que nada les vuelva a crecer de allí jamás.

 

 

   El rostro del párroco se transmutó en ese momento y comenzó a persignarse.

   -– Ahórratelo, Marcos -– lo interrumpió el terrible anciano -–; aún no he terminado.

 

 

   Los pájaros tomaron entonces consciencia de su prisión, vislumbraron su propia finitud. Al saber que todo estaba perdido, de algún modo incognoscible para la mente humana, se pusieron de acuerdo para atacar a su amo. Ellos ya no tenían motivos para vivir, ya sean reales o no, y por lo tanto odiaron a su carcelero. Comenzaron a agitar sus jaulas y estas, al chocar unas con otras, caían al suelo y se abrían. El pajarero estaba estupefacto porque sus aves nunca se habían comportado de ese modo. Picotearon sus piernas hasta que se cayó al piso y entonces le saltaron encima. Lo atacaron hasta que sus picos se destruyeron de tanto colisionar contra su carne y contra sus huesos.

 

 

   El eclesiástico se persignó de manera compulsiva.

   –- Ya ves, Marcos; todos los asuntos del hombre son una negociación entre la fe y la razón.

   –- ¡Pero yo no puedo seguir predicando porque ya no creo en nada, porque he perdido la fe! – - dijo con los ojos llenos lágrimas.

   –- Ten fe en ti mismo; predica tu propio mensaje.

   El clérigo intentó sacar su billetera para pagar la bebida, pero le resultó imposible debido a que sus manos le temblaban demasiado.

   -– Guarda tus monedas, esta vez pagaré yo – dijo el anciano mientras se ponía de nuevo la capucha.

   Marcos se retiró y se dirigió al templo.

 

   En la ceremonia de esa mañana habló con una sinceridad como jamás lo había hecho, y todos los que asistieron aseguraron que aquella fue la mejor que condujo en su vida.

   Marcos continuó visitando el bar durante años, todos los domingos antes de cada ceremonia. No iba a beber, tampoco quería oír más historias del sujeto que conoció en aquella oportunidad, solo deseaba saludarlo; pero jamás se volvieron a encontrar.

 

FIN

 


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