El Mono, el Sapo y el Creador

Por Lucas Kohélet
Enviado el 12/01/2013, clasificado en Infantiles / Juveniles
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Estaba el Mono mirando su reflejo en el agua, cuando de repente, el Sapo emergió del fondo del río y le preguntó porqué lo hacía. El primate le confesó que intentaba conocerse a sí mismo. ¿Cómo te vas a conocer a ti mismo mirando únicamente tu reflejo? dijo el Sapo con cierta ironía. Al ver mi propia imagen, contestó el Mono, puedo llegar a comprender la forma en que fui creado; sin embargo, todavía no logró entender la razón por la cual existo.

El verde anfibio le contó al pensativo Mono que sabía la respuesta a su dilema. Le dijo que todo lo que existe no había sido hecho por un misterioso Creador como muchos piensan, sino, que era producto de la casualidad y hasta un mero accidente. Ya que, según el Sapo, por ningún lado aparece el autógrafo de ese misterioso Creador, y todo autor siempre firma sus obras. Finalizó su parloteo diciendo:«La vida es muy corta como para desperdiciarla tratando de hallarle sentido, lo mejor que se puede hacer es disfrutarla en exceso; como dijo aquel filósofo: “La vida no está hecha para comprenderla, sino para vivirla”».

El Mono estaba a punto de quedar convencido por las palabras del Sapo, pero la voz de su conciencia resonó en su mente diciéndole que se acordara de aquella vez que plantó un árbol junto a su madre. Que recordara cuando tenía la semilla en su mano y se preguntaba cómo algo tan diminuto se podía convertir en algo majestuoso. Y como después de enterrarla, regarla todos los días, podar las hojas marchitas y velar que le diera el sol, pudo brotar hasta convertirse en un hermoso árbol que brinda sombra y alimento, y que además,  sirve de hogar.

Después que las escenas de aquel recuerdo se proyectaran en su mente, el primate se acordó de la enseñanza que le dio su madre el día que se cayó el primer fruto del árbol: “Si admiras con paciencia toda la vida que te rodea, incluyendo a ti mismo, podrás darte cuenta que la vida no es un mero accidente, sino un escenario donde el Creador ha dispuesto todo con un propósito”.  Fue hasta ese momento que logró entender las palabras de su madre y por lo tanto, sonrió.

El Sapo le preguntó sí se encontraba bien, pues hacía rato que no decía ninguna palabra y de repente, sonreía.  Lo que pasa es que he encontrado la respuesta a mi dilema, respondió el Mono. Yo te dije, contestó el anfibio, que en mis palabras ibas a encontrar la solución. No has sido tú sino la experiencia la que me ha ayudado. ¡Ajá!... ¿Y cuál es tu maravillosa respuesta? preguntó burlescamente el Sapo. He comprendido que todo ha sido creado con un propósito, ya que así como nosotros necesitamos del fruto del árbol para sobrevivir así también el árbol necesita de nuestros cuidados para poder dar fruto. Todos necesitamos de todos, pues sirviendo a otros es como uno aprende a amar, y es precisamente ese amor lleno de bondad, la firma que nos ha dejado el misterioso Creador. 


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