Ironía por duplicado (capítulo 4/4)

Por EvaManiac
Enviado el 10/12/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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"Córrete, preciosa", me susurró en alto mientras frotaba a toda velocidad mi botón.

"Ya la tienes a punto", confirmó Akim.

 

Ambos eran muy conscientes de que me estaba corriendo. Me contraje sobre la silla, cerré las piernas de golpe y dejé que el momento me poseyera por sí mismo.

 

"Síiii, ja ja ja" gritó Tono efusivamente, como si hubiera encontrado oro en un riachuelo.

 

Entre ambos habían conseguido que descargara toda mi pasión en el interior de mis bragas. No quería ni imaginarme cómo las había dejado, pero Tono no esperó ni un segundo más a descubrirlo. Me las arrancó de un tirón y confirmó que “esas eran para él”. Es decir, otra vez iba a volver a casa con el higo a la fresca. Pero aún no.

 

Akim me levantó de la silla mientras hablaba con su amigo de nuevo en su propio idioma. Me llevó a una habitación que resultó ser su dormitorio, o el de invitados, porque era austero y de decoración breve. Me sentó en el borde de la cama y estiró mi cuerpo sobre la misma. Enseguida apareció Tono delante de mí. Incorporé mi cabeza y pude comprobar cómo se desnudaba rápidamente de cintura para abajo mostrando su pollón empinado. Sin mediar palabra alguna en castellano levantó mis dos piernas y me ensartó de una sola embestida. Grité de placer y de dolor. No era un miembro tan grande como el de Akim, pero esa forma errática de precipitarse a mis entrañas ofrecía unas sensaciones demasiado ásperas.

 

“Por Dios Eva, qué caliente estás”, balbuceaba Tono mientras me bombeaba sin compasión.

 

Akim se había desnudado a mi lado y parecía esperar su turno completamente erecto. Yo me sentía llena, gimiendo de auténtico placer, unos sonidos que, junto al olor a sexo ya invadían toda la estancia. De vez en cuando me proponía ser testigo de los embates de mi follador y, colocando mis dedos en la entrada de mi vagina, palpaba cómo esa tranca entraba y salía de mí a toda velocidad y absolutamente manchada de mi propio flujo. Ya no sentía dolor, ahora era todo pura ansia, auténtico apetito. No tardé en correrme a lo bestia ciñendo a mi empalador mientras soltaba diminutos chorros, que se tornaron en más abundantes cuando Tono salió repentinamente de dentro de mí. Al ser testigo de ese aluvión orgásmico me palmeó varias veces la vulva con la intención de aprovechar mi sensibilidad en mi propio beneficio, salpicando sobre mis muslos el líquido que aún surgía de mi cuerpo.

 

Akim se estiró boca arriba en la cama y me pidió que me subiera sobre él, que me empalara su miembro perpendicular y que me moviera “como la putita que era”, según sus palabras. Obedecí como una buena “putita”, en efecto, y comencé a saltar lentamente sobre su verga inmensa. Yo misma marcaba el ritmo y la profundidad del falo, no en vano es la posición ideal para controlar esos detalles. Enseguida entré de nuevo en éxtasis, y mis movimientos principales eran ya muy profundos y arrítmicos. Akim me agarró por los hombros para acercarme a los suyos permitiendo que descansara la cabeza junto a la suya. Fue entonces cuando noté el aliento de Tono justo tras mi oreja e, inmediatamente después, su miembro caliente tanteando mi ano.

 

“¡Espera, por favor!” le grité a Tono, que ya había empezado a empujar sobre mi agujero rugoso y sonrosado.

 

“Tranquila Eva, lo hará con cuidado” me susurró Akim mientras me paralizaba con fuerza el cuerpo para evitar cualquier posibilidad de escape.

 

Aún no había acabado la frase y el glande de su amigo ya estaba deslizándose por el interior de mi intestino. Noté cómo me forzaba, de qué manera daba de sí aquel orificio que solo una vez antes había sido perforado. Entraba de forma cadenciosa, con la intención expresa de no dañarme. Yo no podía evitar emitir gemidos de dolor. Pero no era dolor. Era la sensación de ser invadida en lo más íntimo de tu ser, era la certeza de haberte entregado por completo, de estar siendo violada bajo un consentimiento tácito. Y era excelente.

 

Cuando ambas pollas se encontraron definitivamente dentro de mí comenzó un vaivén por turnos que me estaba llevando directamente al paroxismo. Los esfuerzos físicos y mentales de ambos chicos para no coincidir en la misma envestida eran ahora latentes. Sudorosos y resoplones, se habían centrado en su propia excitación. Y en medio de ese sandwich de carne cobriza yo disfrutaba de mis orgasmos, que no dejaban de presentarse apenas cada diez asaltos. Cuando se manifestaban, ordeñaba literalmente ese par de troncos, cuyos propietarios delataban sus sensaciones bufando como desesperados. A punto de descargar sus fluidos, intentaban demorar ese momento paralizando la follada y permitiendo que los tres pudiéramos descansar un rato y después otro. Se agradecían esos momentos “kit-kat” porque la intensidad era mayor minuto a minuto. Yo sentía esas vergas cada vez más duras e hinchadas dentro de mí. Ambos orificios los tenía congestionados y no habían sido aliviados ni un segundo desde las penetraciones iniciales. Estaba gozando tanto que no deseaba un final. Pero éste era inminente.

 

Primero Tono y después Akim salieron de mi culo y de mi coño, respectivamente, y rápidamente, cada uno a un lado de mi torso desnudo y estirado boca arriba, se arrodillaron apuntando sus misiles hacia la parte superior de mi torso.

 

“Te vamos a inundar de leche”, espetó Akim con la cara morada y los huevos hinchados.

 

Tono pareció no tener nada que añadir. Ambos pillaron sus rabos con una mano y, prácticamente al unísono, soltaron un gruñido grave y sonoro seguido de sus pertinentes ráfagas de esperma que, de un lado y del otro, efectivamente inundaron la parte superior de mi cuerpo, mis tetas, mi cuello, mi cara y mi pelo. La cantidad de leche que era capaz de descargar Akim no era ninguna novedad para mí, pero Tono no le andaba a la zaga. Era menos cantidad, pero igualmente potente y espesa, dejando ambos mi piel cubierta de semen. Esa es la sensación que me llevé en primera persona, y luego la ratifiqué cuando, delante del espejo, antes de ducharme, comprobé el manto viscoso y blanquecino que me habían “regalado”.

 

Fin


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