LA FÁBRICA DE JUGUETES

Por Federico Rivolta
Enviado el 11/12/2014, clasificado en Terror
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   La librería estaba cerrada. Hace muchos años está en desuso, porque nadie escribe, porque nadie lee. Allí, Ariel y Paula se ocultaban del mundo. Eran fugitivos; única opción para quienes no se dejan marcar la frente por los adeptos del nuevo líder, por los veneradores del nuevo dios.

   -– Tengo una idea –- dijo él -.– Pintémonos unas marcas en la frente y luego separémonos para salir de la ciudad. Están buscando a una pareja, si vamos separados no llamaremos la atención.

   No era un mal plan, la gente ya no se mueve en grupos hoy en día. Todo el mundo camina en soledad, porque no hay parejas, porque nadie ama.

   –- Podríamos encontrarnos en la fábrica de juguetes que está en la autopista al sur –- dijo ella.

   Tampoco era un mal plan, el edificio estaba desocupado. Allí no se producen juguetes desde hace años, porque nadie los compra, porque nadie juega.

   Se pintaron entonces la marca el uno al otro. No quedaron tan mal, claro que a la original no se la traza con un bolígrafo. La original no se asemeja a un tatuaje, más bien es algo que sobresale de la piel, es algo que emerge del cerebro.

   Al caer la noche se despidieron con un beso y se prepararon para tomar rumbos distintos. Ariel ayudó a Paula a subir por la ventana del fondo de la librería. Antes de irse, ella se quedó tocando la pared exterior con tristeza por un instante. Al mismo tiempo, sin saberlo, la mano de su novio estaba apoyada exactamente en el punto opuesto.

   Ariel salió por el frente del edificio y se dirigió al sur, bordeando el cementerio. Aquel lugar es aún más devastador desde que ya no se usa para entierros. Lo cerraron hace años, porque ya nadie muere, porque ya nadie vive.

   Paula tomó el camino junto al hospital, parecía ser lo más sensato. Pasaron muchos años desde la última vez que alguien se acercó a aquella enorme edificación, porque nadie enferma, porque ya no hay cura.

   Dos horas después se encontraron en la vieja fábrica de juguetes. Ariel llegó agitado:

   -– Tuve suerte, nadie me vio – dijo mientras se limpiaba la marca de la frente con un trapo – ¿Y vos?, ¿te cruzaste con alguno de ellos?

   Ariel se acercó a Paula e intentó borrar su marca mientras aguardaba la respuesta, pero ella solo lo miró en silencio.

 

FIN

 


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