En la playa (part. 2)

Por Leo Macarrón
Enviado el 17/12/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Unos días después, la volví a ver. Iba caminando por la calle. Se quedó inmóvil, mirándome. Me dirigí hacia ella, cruzando la calle, pero cuando vio que me movía en su dirección, reanudó el paso.

 

Fui tras ella nuevamente. Se estaba convirtiendo en una rutina. Solo quería preguntarle el nombre, pero ella apresuró la marcha. Pensé que se iría, pero cuando ella veía que no me acercaba se paraba, como si me esperara.

 

Intrigado la seguí, y al doblar por una esquina casi me doy de bruces con ella. Estaba en un rincón discreto, escondido de miradas impertinentes.

 

¿Qué quieres?, me espetó en la cara nada más llegar hasta ella. Te estoy buscando, le contesté, ni siquiera sé tu nombre.

 

¿Es que no te das cuenta de que no puede ser?, me dijo.

 

Es difícil de explicar lo que siento cuando me encuentro cerca de ella. Ese olor que me embriaga y que me hace perder el sentido. Me olvido del resto del mundo y no logro articular palabra.

 

Por eso, sin pensarlo, acerqué mis labios a los suyos y los atrapé con un movimiento rápido y fugaz. Ella pareció rechazarlos en un primer momento, pero también se abandonó al beso.

 

Cuando bajó la resistencia, introduje mi mano por debajo de su falda hasta llegar a su sexo, el cual noté muy húmedo. Ella se sobresaltó entonces, pero no dijo nada.

 

Yo la acaricié con suavidad, pero ella me dijo:

 

No, aquí, no.

 

Me dio un papel con un número apuntado y me dijo:

 

No me llames. Enviame un mensaje cuando tengas un sitio discreto.

 

Y se fue, dejándome, una vez más, perplejo.

 

Yo estaba alojado por entonces en un hotel por comodidad, pero la empresa para la que trabajaba no tendría inconvenientes en que alquilara un piso. Así que me dispuse a buscar uno adecuado.

 

Finalmente encontré uno, céntrico, pero a la vez en una calle discreta y con la entrada alejada de miradas indiscretas.

 

Era un piso que estaba sobre un local, el cual se encontraba cerrado, así que no tendría vecinos molestos.

 

Antes de alquilarlo, le puse un mensaje con la dirección y esperé.

Me contestó unas horas después. Me dijo que no. Busca fuera, contestó. Y me señaló una zona que a ella le parecía adecuada. Que esté aislado, recalcó.

 

Seguí la búsqueda y finalmente encontré lo que buscaba. Era un chalet pequeño y sin piscina.

 

Quizás por eso tenían dificultad en encontrar quien lo quisiera alquilar. Para mí se ajustaba perfectamente, porque no quería nada ni demasiado caro ni tampoco que fuera difícil de conservar.

 

Además estaba a la salida del pueblo, a un par de kilómetros, y por un discreto camino que salía de la carretera.

 

Tenía una pequeña entrada en la que cabían holgadamente dos vehículos, y estaba rodeado por todas partes de setos que impedían miradas desde el exterior.

 

Estaba lejos de miradas furtivas. Le hice una foto y le puse la dirección y se la envié. Esta vez la respuesta fue afirmativa.

 

Pero lo que más me convenció fue el interior. Cuando lo vi se me pasó por la mente que hasta donde estaría dispuesta ella a llegar.

 

Le había enviado un mensaje con la situación exacta de mi nuevo hogar. Al salir ella me envió también otro, indicando que venía. Estuve esperando en la puerta hasta que la vi aparecer conduciendo un flamante 4x4. Le indiqué que entrara y a continuación cerré el portón que daba a la calle.

 

Era una urbanización apartada, con muchas viviendas, pero separadas entre sí. La gente no era demasiado curiosa y no había mucha a la vista a aquella hora.

 

Mientras yo cerraba, ella aprovechó para salir del coche. Después de cerrar y volverme fue demasiado ver aquella visión. Llevaba un vestido de color gris oscuro, muy escotado y corto.

 

Le dí un beso en la mejilla, y cogiéndola de la mano la atraje hacia la casa, abrí la puerta y le mostré el interior de la vivienda.

 

A la derecha de la entrada había un pequeño armario para colgar la ropa y otras cosas, y justo al lado había una puerta que daba a un pequeño aseo.

 

Pero cuando entrabas lo primero que llamaba la atención era un gran salón, que abarcaba gran parte de la pared derecha y de la pared de enfrente, y que incluía una chimenea y una alfombra en el suelo.

 

Cuando lo ví por primera vez pensé que cuantas veces se encendería aquella chimenea.

 

A la izquierda de la entrada teníamos la cocina, abierta, tipo americana, con una mesa y sillas para comer allí.

Finalmente en la pared de la izquierda había dos puertas. Una se correspondía con una habitación que al mudarme allí comprobé que me habían dejado vacía, y la otra era un amplio dormitorio con un, también amplio, cuarto de baño.

 

Le puse una copa de vino, mientras terminaba de preparar la cena. Quiso ayudarme, pero yo le dije que no. Eres mi invitada, le espeté. Ella miraba como yo me esmeraba en los últimos preparativos.

 

Finalmente terminé y pusimos la mesa, sentándonos seguidamente a cenar. Comimos, bebimos y charlamos animadamente.

 

Al terminar los postres, me acerqué por detrás y mientras le besaba el lóbulo de la oreja le susurraba al oído lo guapa que estaba.

 

Se giró y me besó ardientemente, mordiéndome los labios, a lo que yo respondí con la misma intensidad.

 

La cogí de la mano y tiré de ella hacia el dormitorio.

 

Cuando entramos ella se acercó a mí, pero yo la separé con suavidad. Ella me miró algo extrañada.

 

Yo le dije: “A partir de hoy será algo distinto”

 

Ella no dejó la mirada, mezcla de extrañeza y curiosidad, pero no dijo nada.

 

Volví a hablarle: “Quiero que te desnudes lentamente, para mí”

 

Ella sonrió, pareció que le gustara aquello y comenzó a hacer un sensual baile mientras se desprendía de todas las prendas.

 

Cuando estuvo totalmente desnuda, me acerqué a ella y mientras la besaba comencé a acariciarle el coñito.

 

Tengo que decir que ella tiene un coñito suave y húmedo, casi depilado, pero con una tirita de vello.

 

“Eso lo vamos a cambiar”, le conminé. (continuará)


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