La charanga

Por Mesonikis
Enviado el 16/12/2014, clasificado en Cuentos
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Faltaban solo dos días para que se celebrase la charanga. Todos estaban ilusionados. Y con mucho empeño procuraban que sus disfraces fuesen los mejores, los más originales.
El local de la comisión de fiestas, como tenía la suficiente anchura, fue el elegido para que cada uno le mostrase su disfraz al resto de compañeros y, de paso, poder ensayar los números del desfile.
El de cebra fue celebrado entre muchas risas y aplausos. Así como el de elefante, tiburón y todos los que componían el número Zoológico, que sin duda sería la bomba en el desfile.
Después, vino el turno de los individuales. Y el primero provocó que muchos de los chiquillos que había en la comisión saliesen de estampida a la calle entre desconsolados llantos.
-Pero, hombre de Dios, ¿de qué te has disfrazado que me has asustado a todos los chavales?-preguntó intrigado el presidente al dueño de ese disfraz que aun siendo simple provocaba tanto miedo.
Verdaderamente, la apariencia del atuendo era tan sencilla como aterradora. Barba de una semana, ropa vieja. Y lo que más miedo daba: una mirada de desesperación y angustia como jamás se hubiera visto en ninguna película de terror.
-¿Que de qué voy vestido? ¿Es que no reconoces el disfraz? De parado mayor de cuarenta y cinco y de larga duración. Sin derecho a que te contrate ningún empresario ni a recibir prestación alguna. Porque, ¿ves?, el disfraz no va acompañado de otros de mujer o de niño. Es de parado sin cónyuge ni cargas familiares. Y por lo tanto, al comprarlo, tampoco me dieron el de presidente de gobierno que reparte 426 euros porque tiene las elecciones perdidas y quiere dar un golpe demagógico de estado para tratar de salvarse.
-Pues sigue sin gustarme-respondió el presidente.- ¿Ves?, aquel si que es un buen disfraz.
El individuo, en cuestión, recorría el local a grandes zancadas encorvándose y estirando la cabeza mientras fumaba un enorme habano. En su mano derecha podía verse un maletín negro en el que podía leerse algo escrito.
-Me encanta tu disfraz de Groucho Marx- le dijo el máximo responsable de la comisión
-¿Y quién te ha dicho que fuese de Groucho Marx? ¿Es que no has leído lo que pone en mi cartera? Anda, lee.
Escrito con enormes mayúsculas repletas de faltas de ortografía podía leerse: “Soy empresario y solo contrato a nenas de dieciocho años. Si son analfabetas, mejor. Pago poco, pero toco muchos c…”. La última palabra estaba tan mal escrita que era difícil adivinar su significado.


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