En la playa (part 3)

Por Leo Macarrón
Enviado el 18/12/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Fuimos al cuarto de baño. Como ya dije era muy amplio, incluso tenía un jacuzzi. Le dije que entrara.

Había una silla. “Siéntate y abre las piernas”. Me obedeció rápidamente. Cogí la máquina eléctrica de afeitar y con suma delicadeza le quité la tira de vello.

No la depilé a fondo para no hacerle daño, pero le dije: “Tienes que ir a un centro adecuado y que te dejen toda depilada”.

“No quiero follarte ahora, no sea que te irrite tu coñito. Pero no te irás sin probar mi polla, que hasta ahora no lo has hecho.”

Rápidamente me bajé los pantalones y saqué mi miembro y se lo introduje en la boca. Ella empezó a sorbe con rapidez, mientras yo le sujetaba la cabeza.

Yo notaba que ella estaba disfrutando igual que yo. Se introducía el pene en la boca y lo atrapaba con los labios, metiendolo y sacandolo, igual que si me la estuviera follando, pero en vez de su coño usaba la boca.

De vez en cuando tocaba con sus manos mis testiculos, consiguiendo excitarme aún más. Todo esto sin dejar de masajearme el miembro con su boca.

Ella se dió cuenta de que estaba a punto de correrme y en vez de sacarsela de la boca empezó a chupar con más fuerza.

Yo no pude resistir más y grité fuertemente mientras me corría en su boca.

La besé con pasión, y ella me respondió con la mayor intensidad aún.

Fóllame – me dijo, con voz entrecortada.

Sí, pero hoy tu rajita no la voy a tocar.

Sin darle tiempo a reaccionar, le dí la vuelta y la obligué a apoyar los brazos y la cabeza sobre el jacuzzi, mientras se quedaba a cuatro patas, ofreciéndome su maravilloso trasero.

Cogí un tarro de lubricante del mueble y metí un par de dedos en él. Introduje uno de mis dedos en su ya húmeda cavidad. Ella lanzó un particular quejido de placer que me fascinó escuchar.

Seguí con el masaje y cuando noté que se dilataba le introduje el segundo dedo y fui abriéndole su culito poco a poco, mientras ella no dejaba de gemir.

Después de un buen rato ya tenía su esfinter bien abierto y ella estaba chorreando tanto por su ano como por su coñito.

Me aparté y me puse yo también lubricante. Le abrí las piernas, la cogí por la cintura, y apunté la punta de mi pene en su estrecho agujero y fui introduciéndome poco a poco.

Ella mezclaba los gemidos con pequeños gritos de dolor, pero yo no paré ni un momento, y seguí metiéndo y sacando mi verga, primero lentamente, para ir poco a poco acelerando y acabar con rápidas embestidas, hasta que me corrí dentro de ella, mientras ella también lo hacía.

Acabamos cansados y sudorosos, así que nos metimos en la ducha y nos lavamos el uno al otro lentamente y con suavidad.

Me puse detrás de ella, y la contemplé un momento, extasiado. Cuando me di cuenta que ella parecía tener un poco de frío la abracé.

Luego la enjaboné con delicadeza, mientras me recreaba en cada centímetro de su piel. Pasaba la esponja con parsimonia, sin prisas, como jugando con cada pliegue, con cada lunar, incluso con cada pequeño vello.

¿Sabes? - le dije -, te pega estupendamente tener un tatuaje.

No me gustan - me dijo.

Ya lo discutiremos y entonces decidiré – le dije mientras le besaba el cuello.

Ella se mostró sorprendida por la firmeza con que le contesté. Mezclaba los momentos de ternura con los de autoridad hacia ella y sabía que eso la desconcertaba, pero no mostraba ningún signo de que le disgustara. Al contrario, parecía atraerle.

La enjuagué con agua tibia quitándole los restos que había dejado en su escultural cuerpo.

Ella no decía nada y se dejaba hacer. Estaba muy pensativa. Quizás pensara que no había hecho bien.

Yo la abracé por detrás y le susurré al oído dulcemente mientras ella cerraba los ojos.

Me quedé observando mientras se vestía. Cuando terminó me acerqué a ella y le dije:

Un momento.

Ella se quedó quieta mirandome, esperando a que yo hablara.

El tanga

¿Qué?

Quítatelo

¿Para qué? Por favoor, me tengo que ir.

No, solo quiero que te vayas sin esa prenda, como hiciste la primera vez. ¡Ah! Y no vengas más con ellas puestas.

Noté como se ruborizó pero me obedeció. Se agachó mientras se la quitaba y yo aproveché para azotarle por dos veces las nalgas con la palma de mi mano.

- La próxima vez probaremos algo nuevo.

Ellas se quedó parada, sorprendida, pero no dijo nada.

La despedí con un beso y le dije:

Tienes que estar pendiente de que yo te llame. Ya sabes el camino.

Me quedé en la puerta observando cómo se perdía por el camino y finalmente cerré y entré en la finca... (Continuará)


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