Nada se pierde

Por Cortez
Enviado el 16/12/2014, clasificado en Ciencia ficción
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El sonido de su rasuradora eléctrica fue el último sonido que escuchó, mientras se afeitaba frente al espejo de su recámara. Un espejo rectangular colocado de manera vertical. Donde además de rasurarse y peinarse, podía ver si la corbata iba bien ajustada antes de irse al trabajo. Sólo que esa mañana, no se sentía cómodo con su sordera. Miraba en el espejo y notaba cómo los vellos de su rostro iban desapareciendo al paso del aparato eléctrico… Sólo que no escuchaba nada. Desconectó la rasuradora. La limpió. La revisó. Quizás fuera un defecto del aparato. Lo encendía. Lo apagaba. Y la ausencia de cualquier sonido era definitiva. No escuchaba ni la brisa. Aun así terminó de afeitarse, de bañarse y de vestirse. Bajó a desayunar y llamó a su esposa. Quien le respondió, por supuesto. Pero como Ernesto no oyó nada, le gritó de nuevo un par de veces.

- ¿Qué te pasa? ¿Por qué gritas? -  Respondió intrigada su esposa

Y lo miró sentado en el comedor, esperando que le sirvieran el desayuno. Y le vio sus ojos de angustia. Y se aproximó y le dio un beso en la frente.

- No escucho nada – Había dicho él y señalaba ambas orejas.

- ¿Quieres que llame a tu trabajo para decir que te encuentras indispuesto?

- No, mi amor. Yo quiero presentarme en la oficina. No sé cómo le voy a hacer pero debo ir

- Entonces, déjame llevarte y voy por ti a las cuatro. Tu hora de salida.

- De acuerdo

Ella se arregló de inmediato y lo llevó en el automóvil que tenían. Y que él había pensado conducir. Sin embargo, entendió que en esas circunstancias, no podrías hacerlo. Por lo menos, hasta que pudiera acostumbrarse, pensaba él.

En compañía de su esposa pudo disculparse con el jefe. Quien le pidió laborar solo en su oficina con la documentación necesaria. Y si alguien requería de aprobación o consejo, se llevarían por escrito hasta su escritorio. Afortunadamente pudo avanzar con el trámite que le correspondía solucionar. Cuando dieron la hora de salida, un mensajero, enviado por su propio jefe, le llevó un escrito que decía en letras grandes: Hora de salir

Su mujer lo esperaba y lo trasladó hasta su casa sin mayores inconvenientes. Ella quería saber cómo le había ido durante el día. Pero comprendió que le preguntaría cuando llegaran a casa.

- Estoy aprendiendo a leer los labios – dijo a su esposa – Pero espero que esto no dure

- Tu cita con el médico es a las cinco. Come un poco y te llevaré.

El médico no encontró nada anormal en sus oídos. Salvó que Ernesto no escuchaba nada. Le realizaron estudios ultrasónicos que después revisaría a conciencia con otros especialistas. Por el momento le sugería reposo y que tomara las cosas con calma. Tal vez era algo pasajero.

 

Al día siguiente, se afeitó. Entró al baño, se desnudó. Se colocó bajo la regadera para ducharse y de pronto, empezó a ver que el cuarto de baño se oscurecía poco a poco. Hasta que sólo había oscuridad en sus ojos. Una oscuridad profunda. Llevó el dorso de su mano derecha a sus ojos para tratar de despejar esa visión de oscuridad.  Pero nada ocurrió. La oscuridad seguía ahí. Gritó entonces con todas sus fuerzas. Y su esposa lo escuchó desde la cocina. Y llegó corriendo.

Al darse cuenta de que estaba en el baño, entró por él. Cerró la llave del agua. Y sacó lentamente a su esposo del baño. Lo sentó en la cama.

- No veo nada – le dijo con voz angustiada a Catalina, su mujer – No sé qué me está pasando. Ve ahora mismo por el médico.

- Claro que sí. Primero déjame vestirte.

Llegaron dos especialistas. El otorrino y un oftalmólogo. Y ninguno encontró explicación a lo que  a Ernesto le estaba pasando.

Al tercer día, su mujer lo bañó y lo afeitó. Tampoco iría al trabajo pero quería tenerlo presentable para cuando llegaran los especialistas de nuevo.

 Ahora no sabía cómo comunicarse con su marido. No podía hablar con él y tampoco escribirle. Entonces, se le ocurrió acariciar su brazo y tomarlo de las manos para que él supiera que ella estaba a su lado. Lo abrazó, lo besó y lo tomó de las manos.

- ¿Dónde estás,  amor mío? ¿Por qué no vienes a mi lado? – dijo Ernesto de pronto y Catalina se quedó helada

 

Mientras estos acontecimientos ocurrían en Sudamérica, algo también pasaba en el lado opuesto del globo terráqueo. En Tailandia, para ser precisos, una pequeña de 9 años había recuperado la vista milagrosamente. En Queensland en Australia, un pequeño de 8 años por fin podía escuchar. Mientras que en Inglaterra un joven de 12 años, estaba en tratamiento para recuperar el sentido del tacto.

 

 


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