Al cierre del restaurante

Por Erive95
Enviado el 22/12/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Cierro los ojos esta noche, pero no puedo dormir. Todavía recorre por mi cuerpo la adrenalina que hizo del ayer un recuerdo para mañana, esa porción de tiempo que nos perteneció a nosotros dos y a nadie más, todavía lo recuerdo.

Iba yo de camino a casa después de trabajar, como de costumbre. Mi pensamiento sólo alcanzaba la posibilidad de pedir pizza al italiano más cercano para cenar esa noche, nada fuera de lo común. Mi pareja se encontraba de viaje de negocios, y yo lo agradecí. Una temporada de desconexión nos vendría bien a ambos, pues creo que una semana más escuchando hablar de lo pedante que puede ser la vida con una pareja como yo y hubiese hecho gala de los siete pecados capitales, empezando por la lujuria.

Necesitaba echar un polvo. Era lo único en que pensaba, la pizza podía esperar, pero el italiano… El italiano estaba como un queso gorgonzola y eso sí que no estaba dispuesto a perdérmelo. Conclusión, una vez había llegado al cruce cogí la dirección opuesta a casa, con mi ropa interior ya no tan seca como debería, apuré el paso para no perderme el espectáculo privado que de seguro no me perdería esa noche, pues me veía era capaz de todo.

Tardé tan sólo cinco minutos en llegar a la puerta y allí estaba él. El italiano que había mancillado la mitad de mis sueños, en un principio, completamente secos pero que, con su presencia, no quedaba otra opción más que acabar humedeciéndose la cosa. No tuve miramientos, la vergüenza decidí empaquetarla en la maleta de mi pareja y deshacerme de ella hasta su vuelta, decidí ser libre esa noche y hacer del italiano mi único cazador.

Suerte, lo encontré solo tras la barra y a punto de cerrar. La verdad es que pude haber esperado a que echase el cerrojo, pero decidí dejarle sólo la oportunidad de que echase las cortinas para evitar miradas indiscretas, pues lo que estaba a punto de ocurrir en las mesas del local no era un crimen merecedor de testigos, o sí, quien sabe.

Él enseguida supo mis intenciones, yo tampoco me preocupé en ocultárselas. «La vida es demasiado corta para andarse con miramientos» pensé y, con sólo cruzarnos una mirada, breve, provocadora, me acerqué al rubio que tenía delante y le agarré el paquete.

El sobresalto fue notorio, el pobre chico se asustó, pues se imaginaría una entrada más sutil por mi parte y la verdad, a mí no me importó en absoluto, pues no le di tiempo para lamentos y, no sin apuro, le quité el mandilón de camarero y la camisa blanca que llevaba debajo. Me dio pena, pues sus trabajados abdominales, junto con los pectorales que lucía, creaban un hermoso Picasso que me derretía por dentro, de ahí la humedad que sentía en mi ropa interior.

Él también se había dejado la vergüenza atrás. Me miró a la cara con esos ojos verdes. Esa barba recortada enmarcaba un rostro cuyos rasgos duros, y a la vez tan amables, habían sido los protagonistas de los sueños más calientes de mi vida, en más de una ocasión, en más de un lugar.

No perdió tiempo, se había despertado la bestia. Me bajó el pantalón, y me tiró en la mesa más cercana. Se dispuso a besarme de cintura para abajo, con pasión, con fuerza y con precisión, pues cada uno de sus besos me arrancaba los gemidos más sonoros que ese restaurante escucharía jamás bajo su tejado. Así avanzaron los siguientes cinco minutos. Entre labios y dientes quedó la cosa, y lo cierto es que yo deseé que nunca acabase, pues mis sueños con el italiano no eran ni la mitad de satisfactorios que la propia experiencia que estaba viviendo.

Después de eso me quedé sin camisa, su boca rozó mi cuello y yo me estremecí de placer. Abrió la boca para mordérmelo, para sacar más gemidos de mí, para hacerme de su propiedad. Las marcas que me dejó en el cuello me alarmaron, pues mi pareja me mataría, y yo se lo dije, pero la única respuesta que obtuve fue una sonrisa ladeada y desafiante, para seguir jugando con mi cuello y dejarme otras tres marcas.

Bajó, sin prisa, pero sin pausa jugó con mis pezones, que parecieron gustarle casi tanto como a mí que me los lamiese. Lo que vino después fue simplemente…irrepetible. Su boca pasó por mi vientre, por mi ombligo, para acabar el trayecto en esa zona en la que, en mis sueños, consiguió quitarme la virginidad otra vez, pues lo que sentía con él ahí abajo era simplemente mágico.

Él se dio cuenta, me había seducido por completo. Lo que encontró ahí abajo pareció gustarle, pues empezó a comérmelo con avidez, con desespero, con lujuria. Mi cuerpo se encontraba en tensión, la excitación había provocado que todos mis músculos se preparasen para aquel torrente de adrenalina que me recorrió de arriba abajo cuando, con un sonoro orgasmo, me corrí.

No es de mi condición ser egoísta. Me levanté y le pedí que se tumbara en la mesa, que ocupara mi lugar para poder sacarle toda la leche que llevaba dentro, que sin duda alguna quería ser ordeñada. Se veía que el italiano me tenía ganas, pues me agarró la cabeza y me la colocó justo en su paquete, encima justo de su polla, ya completamente erecta. La sorpresa fue tal, que no pude evitar entornar los ojos al observar aquel tremendo falo que se erguía allí, imponente, enorme.

Sin pensármelo demasiado, me lo metí en la boca. Bajé la piel para que pudiese disfrutar del roce de mis labios contra su prepucio, y eso pareció gustarle, pues no necesité mucho más que unos movimientos de muñeca, arriba y abajo para que él me dijese que estaba a punto.

Un solo pensamiento se me pasó por la mente: «A ver si el queso de los italianos es tan cremoso como dicen». Acto seguido lo pajeé con habilidad, con sutileza y con cariño, pero sobre todo, con insistencia, hasta que llegó el momento y la leche salió de su polla, indicando que el placer había sido recíproco.

No hubo demasiada conversación esa noche. Después de eso nos vestimos, me cogí la pizza para cenar en casa y le pagué, no sin antes avisarle de que volvería a pasarme por el restaurante a por el cambio, y él me guiñó un ojo, desafiante, sensual.


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