En la playa (part. 4)

Por Leo Macarrón
Enviado el 29/12/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Una vez que no me quedó más que su recuerdo y un tenue rastro de su perfume, empecé a preguntarme si la volvería a ver.

 

Pensaba que había accedido totalmente a mis deseos y que el leve conato de rechazo que me mostró en la calle no era más que un intento por hacerme ver que no la conquistaría con facilidad.

 

Quizás ella no sabía aún que de fácil no tendría nada el camino que yo estaba dispuesto a mostrarle.

 

No era la primera vez que lo intentaba, aunque siempre había encontrado algún obstáculo que me impedía conseguirlo totalmente.

 

Pero ella era diferente, era especial. No había necesitado explicarle cosa alguna. Parecía que todas y cada una de mis acciones eran esperadas por ella.

 

No se negaba nunca a lo que le pedía, y aunque mostraba un leve rasgo de resignación, acataba mis deseos, no sólo con diligencia, sino que diría yo que también con avidez.

 

Pasaron varias semanas antes de que volviera a tener noticias suyas. Estaba deseando volver a llamarla y sabía que si lo hacía acudiría, o al menos eso esperaba.

 

Pero quería que ella esperara, aunque de esa forma también me arriesgara a que se cansara y no apareciera cuando yo quisiera.

 

Durante ese tiempo aproveché para ir completando el segundo dormitorio.

 

Por fin, una sábado por la tarde, me acerqué por su barrio y me senté en la terraza de una céntrica calle a tomar un café y luego una copa. Sabía que ella solía acudir ir a ese sitio.

 

La ví a lo lejos, sentada en una apartada mesa. Estaba con una amiga y sus hijos, y también con los que parecían los hijos de la amiga. Iba divinamente vestida con un traje ceñido, que no hacía más que realzar su figura. La falda le llegaba algo por encima de la rodilla.

 

Le puse un mensaje: “Ve al aseo y deja allí tus braguitas”. Vi cómo lo recibió y lo leyó. Levantó la cabeza y miró alrededor hasta verme.

 

No sé si la sonrisa que esbozó era de resignación o no, pero se levantó y se dirigió al aseo.

 

Cuando la vi salir fui yo y, comprobando que no había nadie entré en el aseo de señoras y las vi allí colgadas en el espejo. ¿Cómo sabía que iría por ellas? Las cogí y volví a mi asiento.

 

Su sonrisa era en ese momento de satisfacción, sin ninguna duda.

 

Le puse un nuevo mensaje.

Lo hice sin pensar. Se me había ocurrido en aquel mismo instante. Después de ver la naturalidad con la que se había comportado y la provocación con que tomó el juego que tácitamente le había propuesto, me dije que no la iba a dejar ir sin que me volviera a sentir dentro de ella.

 

Yo me moría de ganas y sólo me había recatado al encontrarnos en un sitio público y verla acompañada.

 

Mientras leía el mensaje, volví a dirigirme hacia el baño. Por suerte se encontraba en un rincón alejado de miradas. Estaba mirando a ver si había alguien dentro cuando la sentí aparecer por detrás de mi.

 

La cogí del brazo y entramos. De un empujón la acerqué al lavabo, donde se apoyó con los brazos mientras me ofrecía su trasero.

 

Sin esperar un solo momento, le subí la falda y acaricié sus muslos y nalgas con suavidad y despacio mientras la escuchaba gemir entrecortadamente.

 

Notaba como se iba poniendo cada vez más caliente y no solo no paré sino que me bajé los pantalones, saqué mi verga y se la acerqué a su ano, que lo tenía mojado.

 

No tenía preservativos, así que tuve que hacerlo con más brusquedad de la necesaria, pero aún así, ayudado por sus jugos, conseguí introducírsela.

 

Cuando notó que entraba alzó su trasero para que yo pudiera empujar con más fuerza aún. Fue entonces cuando ella no pudo reprimir un grito.

 

Estuve un rato entrando y saliendo hasta que me vacié totalmente dentro de ella. Fue en ese momento cuando oímos una voz de mujer llamándola.

 

¿Estás bien? Tardas mucho. ¿Qué te pasa?

 

Nada, ahora salgo – contestó ella.

 

Es mi cuñada. Seguro que se ha dado cuenta, so cabrito.

 

Me salí de de ella, dejando parte de mi semen entre sus muslos. Saqué sus bragas del bolsillo de mi chaqueta y se las di.

 

Limpiate. Ya te daré motivos para llamarme algo más fuerte - le dije mientras sonreía.

 

Salí del cuarto de baño y volví a sonreir al pasar al lado de su cuñada, mientras ella se quedaba totalmente inmóvil mirándome.


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