El extraño Nacho

Por Klingsor
Enviado el 01/01/2015, clasificado en Varios / otros
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Se acababa de incorporar. Nacho vino de Madrid, mi nuevo compañero de trabajo tenía apenas treinta y cinco años y un aspecto pasable, el pelo corto, los ojos pequeños, aunque la cabeza era grande y redonda. Por lo general parecía un personaje simpático y extrovertido, quizá algo vehemente en sus opiniones pero no más que la mayoría.

Al cabo de un tiempo no tardé en darme cuenta de que estaba ante un tipo peculiar.

Al acabar nuestra jornada nos dirigíamos juntos hasta la plaza de la Estación, lugar en que cada cual seguía su camino. Durante el trayecto en común, Nacho tenía la costumbre de detenerse en el único cajero automático que había en nuestro itinerario; con nerviosismo desmesurado, introducía su tarjera en la ranura; luego, tapando con su mano el teclado, marcaba la clave, solicitaba extracto de su cuenta y con impaciencia revisaba el saldo; una vez lo comprobaba se quedaba tranquilo y una plácida sonrisa delataba su alivio. Esta escena se repetía todos días.

Una de esas veces, después de ejecutar la misma acción, no pude contener mi curiosidad y le rogué que me explicara el motivo de tan metódico proceso.

—Amigo —me dijo con naturalidad—, simplemente observo el dinero que tengo.

Fue entonces cuando me percaté de su cicatería y así, recordando, me vino a la memoria cuando en cierta ocasión le sugerí que se comprara un coche nuevo y que se deshiciera de aquel viejo y destartalado Seat; me miró furioso, frunció el ceño agrandando sus pequeños ojos y me rebatió:

—¡No pienso hacerlo! —exclamó con dureza—. Además —prosiguió—, me lleva a todos los sitios.

Cierto día, con motivo del cumpleaños de su madre, me convino a que le acompañara a una perfumería para adquirir un frasco de colonia. Después de ver varias, por supuesto las más económicas, dudó entre dos de ellas; ni que decir tiene que la pobre dependienta, después de una hora de mostrarle toda clase de marcas estaba al borde de un ataque de nervios; le preguntó si alguna de las dos estaba en oferta, que si regalaban algo con la adquisición. La negativa de la pobre chica le puso furioso; no contento con esto las comparó comprobando los centilitros que contenían cada una. Yo viendo el sufrimiento de la empleada, decidí esperar fuera de la tienda. Cuando salió no llevaba nada. Así que se fue a una de estas tiendas de «Todo a un euro» y compró un ridículo jarrón.

En otra ocasión, se ausentó del despacho unos minutos para ir al banco a pagar el recibo de la luz. Al volver, sacó de su bolsillo el justificante de pago y contó una y otra vez las monedas que le había devuelto el chaval de la caja. Su expresión se tornó atormentada, la cara se le enrojeció de desesperación; recogió todo, recibo y monedas, y salió impetuoso. A su regreso me interesé por lo sucedido; su explicación me dejó atónito: ¡Le habían devuelto cinco céntimos de menos!

Ahora me explicaba por qué a la hora del desayuno él seguía trabajando; no quería gastar, era un tacaño auténtico; incluso cuando le decíamos de subirle algo del bar ni siquiera respondía, movía la cabeza de una lado a otro para mostrarnos su negativa. Era tal su obsesión, que era capaz de pasar todo el día sin beber con tal de ahorrarse unos céntimos en un botellín de agua.

He de reconocer que en una oportunidad llegó a sorprenderme, incluso dudé de su tacañería; pero no tardé en comprobar que se trataba de una simple quimera.

Ocurrió al comentarme que el sábado llegaba de Madrid su novia y que la iba a invitar a cenar. Aquello me desconcertó.

—Quizá no sea tan miserable —pensé para mis adentros.

Después de un corto silencio le dije:

—Haces bien Nacho; así después de cenar dais una vuelta y conocéis Alicante de noche.

—Ya veremos —respondió preocupado.

Se dio la casualidad que el domingo, después de recoger el periódico, me topé de frente con él; a su lado estaba Teresa, así se llamaba su novia, era bajita, delgada, unas extrañas gafas impedían dilucidar con claridad su mirada. Después de presentarnos me interesé por la cena.

—¿Qué tal anoche, cenasteis bien? —pregunté con curiosidad.

—Sí, muy bien —respondió Nacho—. Por cierto —prosiguió— hoy televisan al Madrid.

Estaba claro que evitaba extenderse en la respuesta.

—Pero dime Nacho —insistí con maldad—, ¿dónde fuisteis a cenar?, ¿salisteis luego?

Esta vez respondió Teresa:

—No, no salimos —contestó con naturalidad—, después  del  burguer  nos acostamos. Por cierto —continuó—, con un solo euro cenamos los dos.

Una vez en mi casa intentaba comprenderle; pensé que él era feliz así, a nadie hacía daño; a nadie daba pero a nadie pedía. Él disfrutaba acumulando y comprobando cada día el dinero que poseía; el tacaño mantiene así viva la esperanza, que nunca materializa, de poder disfrutar del placer. Es como el que acaba de comprarse un par de zapatos estupendos y nunca encuentra el momento de estrenarlos con tal de no estropear el placer que le da pensarlo.

—¡Dejen pasar! ¡Salgan de ahí! —gritaba el policía al tiempo que apartaba a los curiosos.

La mano la tenía atrapada en la ranura del cajero, sus ojos permanecían abiertos, en su mirada perdida se observaba una mezcla de delirio e incredulidad.

Oficialmente el infarto que provocó la muerte de Nacho se debió a la angustia que padeció al ver su mano atrapada. Sin embargo, él y yo sabemos que murió al comprobar que el maldito cajero se le había tragado la libreta.


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