La Rabia - Primer Final

Por piedradragón
Enviado el 09/01/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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“Descansa mi rey, mi señor, mi amo, no sientas vergüenza, ni temor, ni violencia, de lo que te hace tu convencida esclava, que lo es, por voluntad propia serlo así, no es obligatoriedad impuesta por ti, mi señor, mi amo. Soy tuya por convencimiento, por deseo e incluso por amor”. Todo eso lo repetía entre sonrisas cada vez que se metía en la cama de él.

Neme diminutivo de Nemesia, era alta, rubia de pómulos excesivos, labios gordos y dientes separados. Hasta la cintura muy delgada y apenas se le notaban los pechos, lo único que indicaba que era una mujer, eran sus caderas y sus prominentes glúteos, que movía con descaro siempre que quería llamar la atención. Cerca de la treintena, tenía dos carreras y estaba a mitad de otra cuando por aburrimiento se presentó como aspirante a entrar en la Comunidad. Asumía que era fea, por eso con quince años y en una fiesta del Instituto, se dio cuenta que si ella no se acercaba a los chicos y los provocaba, no iba a conseguir nada. Lo hizo, y ese mismo día tuvo los primeros escarceos en el mundo del sexo. Le gustó verlos babear por unas caricias y correrse en los pantalones y, al mismo tiempo las miradas entre sorprendidas y envidiosas de las otras chicas. Porque ella era fea. Y así en la universidad, donde su primer polvo fue con un becario en el despacho del catedrático, primero mal, luego mejor, hasta que tomó ella el mando, pues por eso era experta en videos pornográficos por internet. Y volvió a decidir, donde pusiera el ojo pondría el sexo. Y como además era inteligente y más lista que un gato, no le importó que hubiera cierta publicidad, al fin y a la postre era ella quien elegiría a sus sementales. Disfrutaba sin reparar en gastos, todo lo manejaba a su antojo, no le importaban los daños colaterales, se sentía la reina de la seducción y como ella decía: “Me como y me tiro todo lo que quiero”.

Aquella tarde estaba en el almacén cuando vio entrar a Edu, su “rey” estaba guapo, había crecido, estaba más formado, y la verdad, cada vez la ponía más. Aunque tenían contactos se dio cuenta que para ella era un veneno que cada vez tenía que saciar más a menudo. Le abrazó por detrás tapándole los ojos con sus manos. Mientras le besaba en el cuello, le metió las manos debajo de la camiseta acariciándole los pezones, el ombligo y con la punta de los dedos la base de la verga que ya comenzaba su particular despertar, le puso frente a ella para mirarle a la cara, invadir su boca con la lengua y desabrocharle los pantalones. “Descansa mi rey, mi señor, mi… “, decía como una retahíla  mientras le lamía su falo a punto de explotar. “Tu convencida esclava, que lo es, por voluntad propia…”, y volvía a metérselo en la boca sujetándoselo dentro hasta casi quedar sin respiración. “Soy tuya por… amor”.

Después de un largo día de trabajo se encontraban en medio de una de las fincas de la Comunidad, se les había hecho tarde y ya era noche cerrada. Era la primera vez después de casi un año que habían coincidido en una misma labor, estaban cansados pero aliviados, estar juntos les proporcionaba una gran alegría. El todo terreno atravesaba el olivar y los árboles parecían decirles: “No os vayáis, no os vayáis”. Tapándoles el camino con sus ramas, Neme dio un volantazo para no darse con uno y dijo.

- ¿Por qué no vamos a la caseta del guarda que está a dos o tres kilómetros de aquí? Hasta llegar a la Casa tenemos por lo menos tres horas de viaje, ¡Y por estas carreteras!

- Muy bien. Tenemos para cenar y seguro que alguna botellita para tomar una copa. – dijo Cata.

Sentados alrededor del fuego sobre unas viejas pieles pues aquella casa había sido un antiguo pabellón de caza, bebían un brebaje compuesto por té mezclado con vino y miel. Entre el calor de la bebida y las llamas de los troncos la temperatura del ambiente subió unos grados. Estaban callados mirando al infinito a través del fuego, sus caras eran fiel reflejo de recuerdos pasados, Neme se levantó y comenzó a quitarse la ropa con parsimonia, su cuerpo iba tornándose de color rojo oscuro. “Descansa mi rey… pero hoy quiero verte follar con Cata, quiero verte como lo haces y así disfrutar desde fuera y de tu cuerpo moviéndose, te lo pide tu esclava que es tuya por amor”.

Cata, abrazada por Edu, se dejaba acariciar, sentía golpear el corazón del chico en su pecho, su piel notaba el ardor y la excitación del muchacho, como estaban de pie notaba pegada a su pelvis la fuerza de su sexo, ella le ofrecía la boca para que la besara y ralentizar en lo posible el orgasmo de su compañero, era joven y no parecía controlar la situación. Además Neme, no tardaría en intervenir, aunque había dicho que quería mirar pero conociéndola y lo enchochada que estaba por él, no esperaría mucho; Lo que no sabía era si empezaría por ella o por “su rey”.

Y comenzó por ella, Neme la beso en el cuello hasta llegar a los glúteos, ahí Cata, perdía el control en cuanto sentía la lengua dentro, y como lo sabía siguió con su juego hasta verla descontrolada. Les miraba con tanta devoción que sentía que estaba entre los dos, hasta notaba las embestidas de Edu, y percibía la invasión de su falo, incluso llego a creer que era bañada en semen. “Descansa…mi amor, mi señor, te he sentido tan dentro de mí que he perdido la noción del momento, soy tuya no solo por convencimiento sino por necesidad, mi deseo por ti traspasa lo natural, no me importa ser obscena a los ojos del mundo, no te sientas obligado yo…” Edu, no la dejo acabar, la beso suavemente en los labios y la abrazaron entre él y Cata. Así se quedaron dormidos entre pieles, cuerpos desnudos y dulces caricias.

A la mañana siguiente después de tomar té con miel caliente y así entonar el cuerpo, salieron de vuelta a la Casa, ellas se sentaron atrás para seguir dormitando y tocarse entre risitas debajo de una manta. Edu, que conducía, iba recordando la noche anterior y no dejaba de pensar que hubo momentos que la imagen de la mujer que tenía debajo no era la de Cata, era la de Berta. Al final iba a tener razón cuando se despidió de él y le dijo aquello de: “Eres mío”. ¡Que ganas tenía de verla!

 


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