PASAR POR FLORES

Por susanaescribe
Enviado el 12/01/2015, clasificado en Cuentos
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Esa tarde llegué temprano al Hospital. En mi cartera escaseaban los billetes, y la premura por estar con javier y atender sus necesirdades de enfermo grave, internado en el Hospital Paroisiens, me impedian dar la vuelta olímpica (decía yo, riendo) por el bajo Flores. Casi tres horas más de viaje, a la hora pico podían ser hasta cuatro… y el cansancio… no sejustificaba.
En realidad se justificó infinidad de veces, tomar el tren a Paternal, de allí el 44 hasta Ava. Rivadavia , trasbordar al 76, que me dejaba justo al margen de mi destino final. Entrar y salir en segundos y volver, trepada al 76 hasta Flores. El itinerario que proseguía era diverso, podía tomar el 55 directo a la rotonda de San Justo y luego cualquier colectivo que siguiera derecho por la ruta 3; o, en su defecto encaramarme al 192, resignándome a sus idas y venidas, varandose diez veces en el tráfico de la Avda. Rivadavia, y luego otras diez en el centro de San Justo, pero que me llevaba hasta la misma puerta del enorme Hospital de alta complejiodad, del partido de La Matanza.
Otra `posibilidad comprendía: el 76 hasta la estación de Flores, el tren hasta Morón y de allí el 135. Pero este camino me obligaba a caminar seis cuadras. Además no me gustaba para nada, porque debía atravesar por barrios bajos e intrincados, zona de malechores ,de gente trabajadora que camina a la defensiva de asaltantes, rateros y violadores.
Claro que en Morón podía, también,tomar el 235; bajarme en la rotonda y, cruzando la ruta 3 a la otra mano (cruce peligroso a cualquier hora) subir, trepar, escalar, ascender  – a cualquier colectivo con rumbo a capital unas doce cuadras.
Por eso le bancaba, a veces ,la parada al Pingue. Porque la onda, si tenías la suerte, o estabas dentro del disloque de sus casualidades y lo lograbas, sería más cara… pero era más cómoda. Llevar todos los trastos y utensillos fundamentales guardados en el fondo de la cartera de cuero marrón, era como la paz de los desiertos. Me brindaba esa seguridad y firmeza que alardea aquel que tiene cubiertas todas sus necesidades primarias: ese, al que entonces le sobran las ganas, el tiempo, las fuerzas, y hasta el intelecto (porque todo está allí, en el bolsillo de la cartera).
Pero ese día nó, no daban ni los billetes ni lo burdo de la inconsciencia. Además, un viejo cansancio me estaba carcomiendo la voluntad y el desasociego había comenzado a ocupar el lugar de mi ferrea y consecuente realidad . Recorrí el camino hasta la entrada principal y despúes los pasillos de cerámica roja, tipo laberinto de revista Jocker, cuya solución, repetida y manipulada, conocía y almacenaba diariamente.
Entré a la habitación y encontré un Javier tranquilo, demaciado tranquilo y espectante. “Mami, por favor,”.- Balbuceó un monton de razones. Fue lo mismo. La misma causa, el mismo error, igual de alejado en el tiempo y de compostado en las circunstancias

No tengo, no pude ir, tengo 40 pesos en la billetera, semejante viaje por treinta pesos, ni loca. “Anda a pedirle a la abuela”.me dijo .. “No, no sé si va a estar·” .- “estar va a estar- no se si va a tener”- tener, algo va a trener-“- no quiero dejarte solo…. Mama, yo me la banco” por favor, andá”
Y yo, animalito del vicio y las circuntancias… fuí.
Salí dejándolo en ese estado dislocante en que casi no podía hablar (Bha ! hablar hablaba, pero no se le entendía – birome y anotador en mano trataba de darle forma a algunos garabatos ).
Y yo, asumiendo todas mis osadías y todas mis discrepancias conmigo misma, salí… y lo dejé, esperando. Y sabiendo que iba a tardar… bastante… tal vez, demaciado.
Dí la vuelta al mundo en cinco horas !! Caminé, esperé, me trepé a colectivos y trenes, alternando con algún local del que pendía un aparato celeste con auricular negro, tratando de enlazar una comunicación inalcanzable. Colectivos, trenes, personas, locales, puestos de venta, transeuntes, giraban a mi alrrededor formando una rueda al mundo, gigante y despiadada. No pensaba. No sentía. Solo iba de ida…. y después, de vuelta. Con algo mas que incertidumbre, ya, iba de vuelta. Pero la vuelta era extensa y complicada.
En medio de ese retorno desaforado estaba la infima parada. La populosa calle donde se vendía un trozo de cielo o un trozo de infierno, a gusto del consumidor. Entre empanadas y gaceosas. Entre inmigrantes y compatriotas. Entre veredas angostas y escaleras con destinos misteriosos y oscuros. Logrado ya, mi objetivo seguí andando mi camino incierto, mi recorrido por el sendero de lo opaco y lo siniestro, permitiendo que mis pasos cruzaran de la luz a la sombra, sin inmutarme. Sin parpadear, siquiera.
El 75 a Flores y, vencida por el ajetreo, el 55 a la rotonda de San Justo…. hora y cuarto sentada y descansando !!!
Ya mas rescatada a la realidad, cualquier rueda me ayudaba a rodar hasta el nosocomio y apuradito el paso, casi corriendo, entrar, pasillos de carámica roja, pasar por delante de la imágen de la virgen y por delante del cubículo de las enfermeras, que ya me conocían…
¡Como no iba a darle ! …. Una pizca, aunque mas no fuera !!
El estaba allí, con los ojos abiertos y el corazón latente … Me miró y, como pudo, me dijo… “Gracias mamá”


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