Los gérmenes

Por Cortez
Enviado el 15/01/2015, clasificado en Intriga / suspense
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- ¿Te lavaste las manos antes de venir a comer? - Es lo que su madre le decía cada mañana desde que tuvo uso de razón.

A la hora del desayuno. A mediodía. Por la noche. Cuando iba a la primaria. En la secundaria. Incluso cuando estaba en la preparatoria. Al llegar a la Universidad, Rodolfo pensó que su madre ya no lo molestaría con esa pregunta que le resultaba tan obvia. Sin embargo, para doña Catalina, la pregunta era obligada para el único hijo que le sobrevivía. 

Y es que Rodolfo ignoraba que su madre, que había sido madre y padre para él, desde pequeño, había perdido a una niña antes de que él naciera. La pequeña Leticia se había enfermado cuando era una bebé. Porque los gérmenes le habían arrebatado la salud a su nena. Quien había muerto en sus brazos en la clínica del hospital, cuando ya no había más remedio para salvarla. Y su marido la había culpado a ella de no haber tenido las atenciones necesarias para la pequeña Leticia. Y la abandonó. 

Esa enorme carga que su madre llevaba en su conciencia, no la conocía Rodolfo. Y culpaba a su padre por haberlos abandonado. 

Finalmente, Rodolfo se casó. Y se fue lejos de su madre. Quien de vez en cuando los llamaba pero, no estaba presente para decirle, a la hora de tomar sus alimentos:

- Lávate las manos, antes de comer

Por supuesto que se las lavaba. Se lavaba las manos, al levantarse. Al igual que los dientes y la cara. Se lavaba las manos, al entrar al baño y al salir del baño. Al mediodía. Por la noche. Antes de probar alguna golosina, también corría al baño a lavarse las manos. Si acariciaba a su mascota, después de dejarla, corría a lavarse las manos. 

- ¿Ya te lavaste las manos, Delia? - Preguntaba a su esposa de manera sistemática cuando se acercaban a la mesa del comedor.

- Claro que me las lavé - Le respondía. Las primeras veces con dulzura y paciencia, porque así lo conoció. Pero después de seis meses, Delia se sentía acosada por esa pregunta que le resultaba tan obvia.

Cuando nació su bebé, se pasaba las horas limpiándola con un toallita húmeda de las que venden en las farmacias o supermercados. Si la iba a cargar Delia, le revisaba primero las manos. ¿Qué decir cuándo llegaban visitas y querían tomar entre sus brazos a la nena?

- Federico, ¿Puedes lavarte las manos, antes de que la cargues?

- Por supuesto, amigo mío. No faltaba más - Le contestaba su mejor amigo y quien desde hace muchos años ya conocía el delirio que tenía Rodolfo por la limpieza.

Delirio que su propia madre, doña Catalina le había sembrado en su mente. Y que ahora, a un año de haber fallecido, aun pesaba en su conciencia. En sus hábitos. En sus pensamientos más profundos. 

Rodolfo nunca supo en qué momento, la ansiedad por lavarse las manos llegó a sus sueños. Porque los sueños eran constantes y continuos. Se veía a sí mismo lavándose las manos en el lavabo del baño. Primero con naturalidad. Y después poco a poco con más fuerza, con insistencia. Como si no pudiera quitarse la mugre y los gérmenes que invadían sus manos. Se frotaba y la espuma se incrementaba a medida que lo hacía. Y sus manos enrojecían al grado de lastimarse. Pero no dejaban de frotarse. En un instante fue tan grande el dolor que...

Despertaba angustiado. Y corría al baño a lavarse las manos lastimadas. Y también las secaba con fuerzas. Y si no estaba conforme con el resultado, volvía a enjabonarse. Luego volvía a su cama e intentaba dormir. Lo conseguía pero, sus sueños recurrentes regresaban. 

En una ocasión, en su sueño, vio a su madre en el momento justo en que él se disponía a comer. Ya estaba sentado en la mesa del comedor cuando escuchó aquella voz que lo martirizara desde que era muy pequeño

- ¿Ya te lavaste las manos? - La voz inconfudible de su madre

¿Ya te lavaste las manos?, ¿Ya te lavaste las manos?, ¿Ya te lavaste las manos? - Era un eco interminable que escuchaba y taladraba su cerebro

- ¡Ya mamá! ¡Ya me las lavé! - Le gritaba a su madre Catalina en un intento de acallar esas voces

 

Por la mañana, su esposa Delia, le pidió que llevara a su pequeña Pulcritud (¿Qué otro nombre le hubiera aconsejado su esposa que tanto lo quería?) a su primer día en el jardín de niños sin imaginarse la tortura que eso significaría para su amado esposo. Sin embargo, Rodolfo no tuvo ningún reparo en aceptar tal encomienda.

- Por supuesto que sí, mi jaboncita - Le dijo alegremente. Aunque era raro encontrarlo de buen humor por las mañanas. 

Pero tal vez, todo se debía a que le entusiasmaba el interés de su niña por ir a un sitio nuevo. Pulcritud, lo despertó con sus cándidos gritos infantiles. 

- Papá, levántate. Levántate. Hoy voy a la escuela. 

Y se acercaba para cubrirlo de besos en la cara. Papá se levantó feliz. Con una gran sonrisa. Pero ni así se le olvidó lavarse las manos, ni la cara cubierta de los besos de su angelical criatura. También le lavó las manos y la cara. A pesar de que sabía que su madre la bañaría de todos modos, minutos después. 

 

- ¿Se lavaron las manos? - Les dijo a sus dos seres amados, cuando las vió sentadas en la mesa del comedor.

- Ya, papito - Le respondió su niña, por demás entusiasmada porque sabía que su papá la llevaría a la escuela. 

Como es de suponer, después del opíparo desayuno, las indujo hasta el lavabo para que se asearan las manos y la cara. Sobre todo su hija Pulcritud.

 

Al llegar al jardín de niños, Rodolfo se detuvo un instante sobresaltado al ver la multitud de niños que asistían con sus madres a su primer día de clases. Los examinó detenidamente al igual que a las madres que los llevaban. Observaba las manos y los rostros. No parecían tan limpios como para que alguno de ellos llegase a tocar las manos o la cara de su niña.  Por segundos, sintió que le faltaba el aire, que se mareaba. Su mano derecha, que agarraba la mano de su pequeña hija, comenzó a presionar sus pequeños deditos, sin darse cuenta.

- ¡Me lastimas, Papito! - Le gritó Pulcritud, cuando ya no pudo soportarlo - ¡Me lastimas mi manita!

Pero Rodolfo no escuchaba. Las madres de familia que se encontraban cerca quisieron hacer algo, pero no se atrevían. Sólo veían a la pequeña niña de cuatro años gritar y sollozar. Una maestra, que estaba recibiendo a los pequeños se atrevió a acercarse a la infortunada pareja. Pero le tuvo miedo, cuando lo vió de frente. Y llamó a gritos a la directora. Y ésta a un policía. Pero la policía se demoró en llegar. Llamaron a la casa de Delia. Pero Delia no estaba.

Las rodillas de Rodolfo no lo soportaron y las piernas se le doblaron. Cayó al suelo sin soltar a su hija. Que desafortunadamente, al caer, se cubrió una pierna con tierra de la calle.

- ¡Papito! - Le gritaba Pulcritud, con desesperación, a su padre caído - ¡Papito, levántate! ¡Los gérmenes me comen! 


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