EL SECRETO DE ISABEL (parte 1)

Por Federico Rivolta
Enviado el 14/01/2015, clasificado en Terror
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Desde que era pequeña, Isabel siempre se sintió incompleta. Nunca tuvo una mejor amiga, alguien con quien compartir secretos y a quien revelar sus sentimientos. Ella era reservada, y lo fue más aún tras la muerte de sus padres. De todas maneras, Isabel nunca tuvo mucho que ocultar; desde niña siempre fue pura bondad, excepto en sus pesadillas.

Una vez que alcanzó la edad adulta, comenzó a tener sueños en los que se veía a sí misma cometiendo actos que jamás habría realizado en la vigilia: insultaba a quienes la miraban, golpeaba a los que le hablaban, y se comportaba de manera provocativa con desconocidos.

"“Isabel…... Isabel…... a mí me puedes contar tus secretos, Isabel”"

Esa noche despertó con un profundo escalofrío. Aquella voz había sonado muy parecida a la suya, solo que se escuchó como un malévolo suspiro.

No fue esa la primera vez que soñaba con esa voz, pero nunca antes el mensaje había sido tan claro.

En el trabajo, la joven estuvo toda la mañana recordando aquel sueño.

–- ¡Isabel! -– la interrumpió su jefe -– ¡Aquí falta dinero!

No era cierto; juntos hicieron las cuentas de las ventas del día y los números eran los correctos.

-– Sí, falta dinero -– insistió su jefe -–; vendiste cuatro pantalones al precio viejo, te dije que aumentaras sus precios en un diez por ciento.

No era cierto; él se había olvidado de darle esa orden.

–- Estoy harto de perdonarte por este tipo de cosas, Isabel. Esta vez lo descontaré de tu paga.

Tampoco era cierto, él jamás le había perdonado nada.

A pesar del maltrato verbal y psicológico que le propiciaba su jefe a diario, ella lo apreciaba; su alma pura no conocía de odios ni de venganzas, la joven se sentía agradecida por su trabajo y lo hacía con gusto.

“"Isabel...… Isabel…... solo tienes que pedírmelo y yo me encargaré de él, Isabel”"

Aquella noche despertó empapada en sudor. Fue al baño a refrescarse y se miró al espejo, pero entonces su reflejo le sonrió con malicia:

-– Vuelve a dormir, Isabel –- dijo su reflejo -;– yo me haré cargo.

Las luces parpadearon durante unos segundos mientras su reflejo mantenía la sonrisa, y entonces despertó. Se trataba de uno de esos casos en donde alguien sueña que está soñando. Estaba agitada, había sido una escena muy real.

Isabel sujetó su hombro, su cuello le dolía intensamente. Con sus dedos sintió algo bajo su piel, pensó que se trataba de algo muscular, nada que un buen masajista no pudiera solucionar, y pronto volvió a quedarse dormida hasta la mañana siguiente.

La joven estuvo durante horas recordando aquel sueño y el dolor en su cuello, aunque éste ya se había ido.

-– ¡Mira como ha quedado esta camisa! -– la interrumpió una obesa cliente -– Me dijiste que no se achicaría al lavarla.

Aquello era falso, ella se lo había aclarado; sucede que la señora no era consciente de su reciente aumento de peso y se había llevado un talle más pequeño que el suyo; al lavar la prenda, ésta se encogió aún más y ya no había manera de que entrara en ella.

Su jefe había salido y ella era la única en la tienda. Intentó calmar a la cliente, pero no logró imponerse con su delicada voz. Luego de resistir los gritos de la señora durante diez minutos, accedió a devolverle su dinero y a aceptar la camisa de vuelta.

Un rato después, su jefe regresó.

-– ¡Isabel! -– le gritó -– Sabes muy bien que no aceptamos devoluciones una vez lavadas las prendas. Además, pudiste haberle dado crédito en la tienda en lugar de regresarle su dinero.

Completamente falso; más de una vez él le había devuelto su dinero a un cliente insatisfecho para no poner en riesgo la reputación del negocio.

–- Estoy harto de perdonarte por este tipo de cosas, Isabel. Esta vez lo descontaré de tu paga.

También falso; jamás le había perdonado nada.

Isabel no tenía a nadie con quien hablar de sus problemas laborales. Era soltera y no tenía amigas, y en su familia solo quedaba viva Zulema, su abuela materna.

"“Isabel...… Isabel…... pregúntale a tu abuela, Isabel”"

Esa noche despertó agitada; aquel sueño había sido mucho más realista que los anteriores. Se vio caminando de la mano con una joven exactamente igual a ella, con vestidos rosados cubiertos de moños; pero al mirarla vio que su compañera era pura maldad.

El domingo fue sin falta a almorzar a la casa de su abuela Zulema, debía contarle de sus sueños recurrentes y ver si efectivamente ella tendría una respuesta para darle.

 

Continúa en la segunda parte...

http://www.cortorelatos.com/relato/16184/el-secreto-de-isabel-parte-2/

 


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