EL SECRETO DE ISABEL (parte 3 y última)

Por Federico Rivolta
Enviado el 14/01/2015, clasificado en Terror
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Muchas familias escondían sus vergüenzas en la época en que su abuela era joven, claramente cabía la posibilidad de que sus padres hubiesen engañado a todos con la muerte de su hija, e incluso a su hermana también le hubieran ocultado la verdad para que de ese modo ella siguiera adelante, pretendiendo que nunca tuvo una gemela asesina. No importaba realmente si su abuela fue la que mintió o si fueron los padres de ésta, lo único que ella estaba haciendo era seguir las pistas de sus sueños recurrentes.

Rodeado de una enorme arboleda, encontró el edificio. El lugar era gigantesco y desolador, las paredes eran de un gris opaco, como si se tratara de una fortaleza en lugar de un hospital; como si lo importante allí no fuese curar a los enfermos, sino evitar que se escaparan.

-– Según el registro, tu tía no ha tenido visitas en más de sesenta años – dijo la enfermera –. Estará encantada de conocerte, sobre todo cuando se entere de que te llamas Isabel, al igual que ella.

La joven oyó una risa en su oído izquierdo. Al voltear la cabeza, vio que una señora reía alocadamente mientras la llevaban atada en una camilla.

–- Te acompañaré –- dijo la enfermera -–, este no es lugar para que una bella muchacha como tú ande caminando sola.

Isabel se veía aún más pequeña e indefensa que de costumbre al caminar junto a la imponente enfermera. Así era la mayoría en aquella institución, debían serlo para controlar mejor a ciertos pacientes difíciles.

Caminaron por un corredor de más de cien metros de largo. Al llegar al final, subieron por las escaleras hasta el tercer piso, debido a que el ascensor estaba descompuesto. Su tía se encontraba en el sector de los pacientes que jamás salían del pabellón.

-– Aquí es, habitación F7 -– dijo la enfermera –-. No te preocupes, ya no es peligrosa.

Era cierto, su tía llevaba muy mal sus ochenta años, y estaba sentada en una silla de ruedas, completamente encorvada. Cuando la joven se acercó, la anciana levantó uno de sus delgados brazos en señal de silencio:

–- No son necesarias las presentaciones, puedo reconocer a mi propia sangre –- dijo mientras su mano temblaba de manera incontrolable.

Se dio la vuelta y la joven Isabel pudo reconocer a su propia abuela bajo esa piel pálida, de  tono grisáceo. Por supuesto que no parecían hermanas gemelas, aquella anciana había sido muy maltratada por las fuertes medicaciones, tratamientos extremos y por décadas sin luz solar. La anciana tenía el rostro completamente arrugado y podía verse el latir de las venas de su calva, pero lo más notable en su aspecto era esa enorme cicatriz en el lado derecho de su rostro, que deformaba cada una de sus facciones. En la oscuridad de su habitación, su aspecto ya no importaba, pero aún podía sentirse el peso de una vida de odio y vergüenza.

-– Soy la gemela de Zulema –- dijo la anciana -–, dicen que eso se salta una generación. No sé si sucederá siempre, pero me alegro de que así haya sido esta vez. No puedo explicar el dolor que me invade desde que me han separado de mi hermana, desde que me encerraron me siento incompleta sin ella a mi lado. Pero la visita de dos niñas tan bonitas como ustedes, compensará muchos años de soledad.

La joven Isabel abrió por completo sus cálidos ojos y salió corriendo del lugar sin siquiera responder a su tía ni despedirse de la enfermera que esperaba en el corredor junto a la puerta.

Regresó a su casa manejando a toda velocidad, estaba cansada, pero era como en esos sueños en donde uno se ve a sí mismo y no puede controlar su propio cuerpo.

Las pesadillas de esa noche fueron más vívidas que nunca:

“"Isabel...… Isabel…... ponme un nombre, Isabel”"

La joven despertó y corrió hasta el baño. Observó su hombro en el espejo y notó que aquello estaba más desarrollado que nunca. Se tocó con la punta de sus dedos y pudo sentirla; era su hermana gemela no desarrollada, era la persona que invadía sus pensamientos.

Isabel sujetó aquel pequeño bulto y lo separó lo más que pudo de su hombro mientras tomaba una tijera del botiquín con la otra mano. En un instante la cortó junto con un gran trozo de piel y carne, al fin estaban separadas. La sangre no paraba de brotar de su herida y pronto se desmayó.

Las luces del baño parpadearon. No se trataba de un sueño ni de un desperfecto eléctrico, sino del cerebro de Isabel que se desconectaba y se reconectaba de  manera interrumpida.

Minutos después, recuperó la consciencia. Al mirar su reflejo, ya no vio la cálida mirada de siempre; su rostro había cambiado y ya no se sentía incompleta.

 

FIN

 


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