Sin tiempo...

Por Tazzia Mayo
Enviado el 18/01/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Entre las sábanas parecía que él estaba ahí, podía olerle, sentirle y estremecerse. Tenía la piel de gallina, el vello erizado y el roce de la camiseta endurecía sus pezones como él en sus sueños. En unas horas podría verle, pero no sabía si podría disfrutarle como su cuerpo -y en esos momentos su alma- tanto anhelaba.

Alberto era fuerte, alto, castaño y con una mirada profunda sin fin donde Silvia se perdía sin poder evitarlo. Imaginaba sus brazos fuertes, estrechándola junto a él, sintiendo su fuerza en esas curvas dibujadas solo para él. Solo pensar en tener que ocultarlo hacía más excitante aún su encuentro, daría lo que fuera por poder gritarlo frente a todos y que sus sentimientos explotaran frente a todos…pero su relación imposible hacía que se sustentara en un delgada y peligrosa línea. Se levantó y comenzó a preparar despacio cada detalle; su olor, su cuerpo y su ropa deberían ser inolvidables para él. En la ducha mientras enjabonaba su cuerpo pensó en cómo sería que Alberto fuera quien pasara el jabón por sus pezones húmedos, suaves, aclamando su lengua, su calor por ella. Sin darse cuenta deslizó sus dedos por su ombligo, su pubis, despacio, sintiendo su piel bajo el agua y se introdujo en su sexo, dilatado, expectante y ansioso por él. Ojalá algún día pudieran compartir ese momento, pasar con él más de una noche con más gente que se convertían en multitud sin dejarles a solas.

Llegó tarde, cuando entró en el salón todos se volvieron a mirarla…pero la mirada de Alberto hizo que las demás desaparecieran. No había solo deseo, transmitía química, conexión, anhelo, necesidad y nervios, nervios que nunca antes había visto en él. Todos se acercaron a darla un beso pero el suyo fue diferente, delicado, suave, cercano, utilizando todo su cuerpo en un fugaz acercamiento.

Cenando era incapaz de seguir la conversación con las suaves manos de Alberto acariciando su pierna, su rodilla…su alma. Tras los postres y mientras todos se levantaban se acercó a su oído sin que nadie se diera cuenta…”te necesito ya, ahora, no puedo esperar, voy arriba”. Un escalofrió recorrió todo su cuerpo mientras veía como desaparecía subiendo las escaleras. Era una casa muy grande, pero cualquiera podría verles y que todo terminara sin más. No importaba, poder rozar sus carnosos labios aunque solo fuera un segundo merecería la pena.

En cuanto pudo subió, no sabía detrás de qué puerta podría estar, andando por el pasillo intento oírle, incluso olerle y de repente una puerta se abrió; Alberto cogió fuerte su brazo llevándola junto a él. Era un armario pequeño, apenas podían moverse, sentía como su sexo estaba ya preparado para ella. Silvia estaba desconcertada, todo era muy rápido, sentía su lengua con la suya, sus manos deslizándose sobre sus pechos presionando sus pezones. Sus besos eran fuertes, intensos, incluso violentos, lo que hacía que Silvia se excitara aún más…cuando oyeron cómo Pablo les llamaba. Reaccionó rápido y salió al pasillo.

- Es imposible encontrar el lavabo en esta casa. – Intentó mantenerse tranquila, pero sus manos aún temblaban.

- ¿Y Alberto? – Pablo no entendía muy bien qué pasaba, pero pensó que solo eran los nervios de Silvia que nunca se había sentido cómoda con tanta gente y había decidido escaparse unos minutos.

- Igual salió fuera… - Lo dijo alto, esperando que él le hubiera escuchado y no dijera lo contrario.

Bajaron juntos y a los pocos minutos Alberto apareció… “¡qué buen tiempo hace fuera!”. Silvia le miró intentando no morderse el labio aún ardiendo de deseo. Todos decidieron salir fuera y esta vez, fue ella quien ante el descuido de los demás le cogió, apoyada en un árbol que les serviría de escondite para poder disfrutar, esta vez sí saboreando el momento, de sus besos prohibidos, sus fugaces caricias, su excitante impulso y sus besos robados. Sus manos se perdían, no querían dejar ni un centímetro por descubrir pero escuchaban a los demás cerca y debían aprovechar el escaso tiempo que tenían. Silvia le apartó, le miró de la manera más insinuante y tentadora que pudo, introdujo su mano dentro de ella y le susurró al oído…”quédate con este tacto hasta que volvamos a vernos”.


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