Entierro

Por V.M. San Miguel
Enviado el 18/01/2015, clasificado en Drama
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Ha habido tiempos mejores. Por supuesto que los ha habido, siempre. No importa en que momento pienses en ello, siempre, sin excepciones, ha habido tiempos mejores. Tiempos antes de la guerra, tiempos sin escasez de alimentos, o sin ir más lejos, tiempos en que tú ganabas más dinero al mes o tiempos en los que no tenías que acudir al colegio. En cierto sentido, este pensamiento me insista a ir más allá y preguntarme, ¿cómo terminé aquí? Yo que antes conducía un Mercedes y vivía en una lujosa mansión. Yo que tenía legiones de criados a mi disposición, yo, uno de los hombres más ricos del mundo. ¿Cómo terminé así? Cavando una fosa para un muerto. Y el preguntarme esto me lleva aún más lejos, ¿en qué momento todo dio un giro tan drástico? Pasar de ser uno de los hombres más ricos del mundo a terminar cavando fosas no se hace de la noche a la mañana, escuche por ahí. Se equivocan, yo lo hice, pase de ser rico a... esto... en nada. Todo se jodido en un momento, todo cambio en un segundo, y ahora, aquejado por el ulular de los buitres que vuelan en círculo sobre mi cabeza y castigado por el fuego del sol, me pregunto a mi mismo, ¿qué habría pasado de haber escogido lo contrario? Porqué de alguna forma, todo se resume en eso, decisiones, aveces escogemos bien y todo sale de lujo. Otras, erramos tanto que nos hayamos en peligro de terminar así, como yo, cavando una fosa para algún muerto.
Si existe una deidad suprema, no esperó que me perdone, de hecho, estoy seguro que los buitres y el sol, son enviados suyos para torturarme, para hacer esta tarea setenta veces más complicada, sólo espero que esta deidad me dé una muerte rápida, que acabe conmigo con la velocidad con la que lo haría una bala en la cabeza. Por qué no, que lo haga ahora mismo.
Siempre fui ateo, no creí en nada que tuviese que ver con lo místico o sobrenatural, y ahora, aquí, apunto de morir, mi mente racional se aferra a esa idea, la idea de que no existe ni el cielo ni el infierno, y de verdad quiero creer que no existe tal cosa. Ruego que no exista el infierno, por favor, que no exista. Qué sea una invención humana para aferrarse a algo y tener esperanza en la vida. Qué todo sea el delirio de un loco.
Uno de mis pies pende en el aire, estoy sentado al borde de la fosa, y yo sé, que con un movimiento hacía delante caería más de veinte metros y esta pesadilla terminaría al fin, mi cuerpo siente el deseo de hacerlo, arrojarse al vacío y terminar con todo, pero no, aún tengo que terminar lo que empece.
Me levanto, mis huesos crujen, a mis setenta y dos años no son lo que eran y yo no debería estar haciendo esto. Me encamino hacía la pila de cadáveres sanguinolentos y comienzo a tirarlos uno por uno. Primero jalo por los hombros a un hombre joven, le calculo treinta años, es, perdón, era, un hombre muy bien parecido y muy joven ¡oh dios! ¿Por qué le maté? Lo tiro por el borde de la fosa, espero diez segundos y escucho el golpe del hombre contra el suelo, similar a un costal. Una lágrima me recorre la mejilla, me arrepiento de todo, me arrepiento de asesinar, matar no es agradable, matar no es divertido. Me limpió la lágrima que me recorre hacía abajo la mejilla con el antebrazo, me miro las manos y las encuentro callosas y manchadas de sangre, sangre inocente, con un movimiento involuntario me limpió rápidamente la sangre en la ropa y me acercó nuevamente a la pila de cadáveres. Esta vez es un niño lo que sacó. Repito el procedimiento. Lo arrastro, lo arrojo y espero, lloro y me limpió la sangre en la ropa, me acercó nuevamente a la pila y sacó un nuevo cadáver, repito y así sigo durante una hora, mis movimientos ya no son nada ágiles y me muevo con lentitud. Me duele la espalda y la cabeza por culpa del sol. Ya no hay más cadáveres en la pila, todos están, por lo menos, tres metro bajo tierra. Cojo de nuevo la pala y comienzo a tirarles tierra, es un adiós eterno. Después de un rato de trabajar con la pala, todos quedan ocultos por la tierra, aplano el terreno, dejo incrustada la pala en la tierra, me acercó a mi coche, abro la puerta, me siento dentro, en la sombra, bebo mucha agua y sacó mi libreta, por último, escribo estas líneas finales para la policía que aún, después de diez días de que me descubrieron como asesino, me busca desesperadamente, todo esto lo escribo antes de introducirme en la boca una pistola y apretar el gatillo. Deseadme que no haya infierno. Deseadme que no haya nada más allá de la muerte, qué lo que siga sea el esperado nepente eterno.


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