Re - conociéndose I

Por Annbethquim
Enviado el 22/01/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Después de un trayecto de 15 minutos, llegaron al lugar previsto. Aparcó junto a la carretera y bajaron del coche. La tarde había refrescado bastante y junto al mar la brisa era fría. El la ayudó a ponerse el abrigo y tomó su mano, que estaba helada. Subieron una escalinata y callejearon por unos pasajes estrechos de casas de dos plantas a los lados con las paredes desconchadas por el salitre que les daba el mar constantemente. El sol apenas calentaba aquellos callejones en esa tarde de enero. Era difícil no disfrutar de una tarde soleada en aquella isla donde ella vivía y que él visitaba por primera vez. Tras cinco minutos de paseo en silencio, se abrió ante ellos una pequeña plazoleta flanqueada por un muro que daba al mar, era como estar colgados sobre el atlántico. El mar salpicada al romper en las rocas y ya se podía saborear la sal al pasar la lengua por los labios. Ana, en ese momento pensó que aquella había sido la peor idea que había tenido a su vida. Lo que tenía que ser una tarde excitante con un toque romántico, de atardecer al fondo y una copa sobre la mesa, prometía ser una tarde fría y nubosa, aunque aún las nubes estaban dispersas y se podía estar en la terraza. Ella sintió un escalofrío. Él pasó su brazo alrededor de los hombros de ella y los frotó como si intuyera que ella necesitaba un poco de calor extra. La idea era sentarse en la terraza y disfrutar de las vistas. Sólo había en ella una intrépida pareja de alemanes que, a pesar de la brisa, seguían disfrutando de la tarde en manga corta. Él le comentó que podían sentarse dentro, pero Ana se resistía a quedarse sin disfrutar del momento.

- Estaré bien- dijo ella sentándose en un pequeño sofá de dos plazas pegado a la pared del restaurante y al que parecía no dar mucho el viento. - Siéntate aquí, si nos da mucho frío, siempre podemos entrar.

Él le sonrió y se sentó a su lado. Mientras esperaban al camarero, él tomo las manos de ella y las frotó para que entrara en calor y la besó. El beso sabia dulce y salado al mismo tiempo, y dejaron que sus lenguas se perdieran en el otro durante largo rato hasta que notaron la presencia del camarero. Ana, al darse cuenta bajó la cabeza avergonzada y él saludó al chico que esperaba libreta en mano.

- Yo voy a querer un vino - dijo él - ¿Y tu?

- Yo también quiero lo mismo, pero si puede ser blanco y semi, mejor - añadió Ana

- Tenemos un Bach que podría gustarle a la señora.- dijo el camarero convencido de que aquella era una buena elección.

- Pues tráiganos la botella, que tomaré lo mismo que ella.

El camarero se retiró y los volvió a dejar solos en aquél rinconcito que daba un poco de abrigo a su mesa. Él volvió a inclinarse sobre ella, le beso la mejilla y luego posó sus labios sobre los de ellas de una forma tan suave y cuidadosa que le sorprendió. En aquel instante sintió como el calor regresaba a sus mejillas y no se pudo resistir a besarlo de forma apasionada. El camarero fue rápido en regresar, vertió un poco de vino en una copa alta y ancha y se la ofreció. Él sorbió, lo paladeó e hizo un gesto de aceptación y el joven termino de servir las copas. Los dos brindaron y se miraron con el tintineo de las copas. Mientras bebía, Ana, no podía dejar de pensar en el momento tan ideal que estaba viviendo, pero al tiempo, le rondaban sus miedos constantes de no saber en que terminaría todo aquello. Ambos eran adultos y sabían lo que hacían, habían programado y diseñado juntos aquel encuentro millones de veces. A pesar de ser la primera vez que se veían, se conocían perfectamente, cada uno conocía los gustos del otro, pero Ana dudaba de que la tensión sexual que había entre ellos fuera tan fuerte en la realidad. Estaban acostumbrados a dar rienda suelta a sus fantasías por medio de las palabras, pero no de los hechos. A Ana, aquella situación le resultaba forzada y seguía pensando que, a lo mejor, no estaba a la altura de lo que se esperaba de ella. Aquellas dudas se disiparon cuando él puso una mano sobre su muslo, lo más pegado a su ingle, sobre el pantalón, y la apretó con delicadeza. Ella correspondió haciendo lo mismo sobre su pierna y volvieron a besarse. Él tiró de ella, se ladeó un poco, la recostó sobre su pecho y la rodeó con sus brazos. Ella descansaba su espalda en el pecho de él y apoyaba su cabeza sobre uno de sus hombros, dejando que la barbilla de él reposara sobre su pelo. Él la olió y la beso mientras deslizaba una mano bajo su abrigo y la dejaba reposar sobre uno de sus pechos. Ella, que no esperaba aquel gesto, se sintió invadida por un enorme deseo y puso su mano sobre la de él, indicándole los movimientos que quería sentir. Quería que él la acariciara, allí, en la intimidad de aquel rincón, pero a la vista de todos.

El no dudó ni un segundo, dejó su copa sobre la mesa y deslizó la otra mano por debajo del abrigo de ella y masajeó el otro pecho, con movimientos suaves, intentando disimular frente a los otros visitantes de la terraza que miraban ensimismados al horizonte que comenzaba a teñirse de rosa.


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