Olvidar el pasado

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Enviado el 24/01/2015, clasificado en Cuentos
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Desde el momento en que Diego tuvo opiniones propias, poco antes de cumplir la mayoría de edad, las desavenencias con su padre se fueron acentuando cada vez más. Sus personalidades y sus maneras divergentes de ver la vida les convirtieron en una especie de dos países fronterizos cada uno con su propio idioma, su idiosincrasia y sus incomprensiones mutuas: unas veces expresadas en forma de chiste; otras, con veladas amenazas de ruptura de relaciones diplomáticas. El padre siempre consideró que  su mujer había malcriado al chico, y por ella, admitía, pasó muchas veces por el aro. Por su parte, Diego hubiera admirado la rectitud de su padre si no hubiera venido acompañada de ese autoritarismo que no repara ni en detalles ni excepciones; había hecho suyo ese sentido del honor consustancial a los Villasevil, pero no el apego a la tradición castrense de la familia, por lo que no solo no siguió la carrera militar sino que se declaró objetor de conciencia; había antepuesto la justicia por encima de todo, lo que le llevó al calabozo dos días por desordenes públicos durante las manifestaciones contra la guerra de Irak mientras que su padre combatía en el Golfo Pérsico sin entrar en consideraciones políticas o humanitarias: solo cumplía con su deber.

Cuando Diego hubo terminado la carrera de filosofía no le quedó mas remedio que salir de casa. Independizarse: eso era lo que tenía que hacer. Le concedieron una beca y se marchó a la universidad de Berlín a realizar el doctorado. Nunca se le pasó por la cabeza volver. Se instaló definitivamente en Alemania y a la edad de treinta años obtuvo la cátedra de filosofía política en la universidad de Leipzig. Solo regresaba a España para Navidad y por dos o tres días. Su padre le hablaba lo justo, mejor olvidar el pasado, le dijo una vez.

Ahora era Navidad y estaba de vuelta en Madrid de nuevo con el propósito de anunciárselo. Por una vez en la vida, le haría partícipe de una noticia que sería de su agrado y que le pondría contento. No se trataba de otra más de las muchas decisiones adoptadas por su hijo  y que calificó, en su tiempo, de extravagantes e impropias de un Villasevil.  Eso eran cosas del pasado: olvidadas. Porque, en efecto, el Coronel Villasevil olvidó aquello como lo había olvidado todo, y desconocía quién era este hombre que  que se casaba con una turca de nombre Kadrya.  Frunció el entrecejo, pero al ver una foto de la pareja esbozó una sonrisa.


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