La carta

Por Miguel7
Enviado el 25/01/2015, clasificado en Intriga / suspense
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    Son las tres de la mañana, estoy en cama sin lograr dormir. Dirijo mi vista hacia la ventana; en ésta veo las gotas de la lluvia deslizarse en una noche cerrada. Hace mucho viento y, a lo lejos, se escucha tormenta. Podría tratarse de una noche cualquiera de invierno, pero no lo es, sé que no lo es.

    Pasa la noche, ya son las 4:15 a.m y la tormenta se acentúa. Casi podría decir que la tengo encima de casa, como una especie de tormenta particular, dirigida exclusivamente a mí. Decido levantarme impulsado por la sensación de que es lo que debo hacer. Presiono el interruptor de la luz… pero no va, la tormenta debió cortar el suministro de electricidad.

    Ayudado por la intensa luz de los incesantes relámpagos me dispongo a bajar las escaleras hacia la cocina, a hacerme una infusión e intentar aliviar el desasosiego que hace mella en mí.

    Ya tomando la cálida y reconfortante bebida… escucho llamar a la puerta. ¿Quién podría ser en una noche como esta y a estas horas? Estupefacto por la situación me dirijo a la entrada a ver de quién se trata. Miro por la mirilla pero no veo a nadie. Abro la puerta… y efectivamente, no hay nadie; miro alrededor pero no veo más que contenedores tirados y árboles luchando por no ser arrancados por el intenso viento. Ni rastro de quién pudo ser.

    Entro de nuevo en casa y cierro la puerta con todos los pestillos que dispone. Respiro profundo y decido volver a mi habitación, pero… ¡¿cómo es posible?! ¡Hay una carta en el suelo de la entrada!

    Nervioso y confuso cojo una vela en la cocina para poder leer la carta. Me siento en la mesa y, entre inquietantes truenos, me dispongo a leerla:

 

Hola John,

Sé lo confuso que estás en esta extraña noche. Estás en lo cierto al pensar qué hoy no es una noche cualquiera, tu sensación está justificada, hoy es la noche en la que debes afrontar tu sino.

Pronto todo habrá acabado… Pronto sabrás el porqué de tu inquietud.

Nos vemos al alba.

J.S.                                                                                                                                                              

 

    Desencajado dejo caer la carta sobre la mesa. Absolutamente todo lo que había escrito en esa carta era una locura; no entendía nada, ¿cómo podía saber cómo me sentía?, ¿me observaba alguien? Pero, lo que más llamativo no era el contenido, era la letra; la reconocía perfectamente – ¡como para no reconocerla! –, era completamente igual a la mía. No daba crédito a lo que estaba presenciando.

    Ya eran las cinco de la mañana, quedaba poco más de dos horas para el amanecer y seguía paralizado por el miedo. La tormenta menguaba, los truenos sonaban con un mayor lapso temporal, pero la luz seguía sin volver y la aterradora carta seguía paralizándome.

    Reacciono. Son las cinco y cuarto y al fin reacciono. Me levanto de la silla y me dirijo al teléfono. Me dispongo a llamar a mi hermana, hoy tenía turno de noche en el hospital –es psicóloga, se encarga de apoyar a los pacientes que están con tratamientos contra el cáncer–  y seguro que está disponible.

    Al tercer tono mi hermana atiende a mi llamada:

- ¿Diga? – pregunta mi hermana.

- Serah, tengo que contarte algo que no vas a creer ­­­–respondo entre tartamudeos.

- ¿Perdona, le conozco?, ¿quién eres?

- ¿No me reconoces? Soy tu hermano.

- Creo que se confunde señor, yo no tengo hermanos –responde ella de forma tajante– debe haber marcado mal el número.

- Serah… –digo con tono vacilante­– no estoy para bromas, estoy en un aprieto.

- Disculpa, tengo un paciente esperando y si esto es una broma no tiene gracia. Tampoco sé cómo sabe mi nombre y mi número personal, pero insisto en que lo deje –dice nerviosa–, debo colgar.

    No puedo creer nada de lo que estaba pasando, ¿estaré soñando? –me pellizco–, el dolor parece muy real, pero… ¿qué es todo esto?, ¿será una broma de mal gusto de mi hermana?

   Ya histérico decido coger mi arma en el salón – una 8 milímetros que me había regalado mi padre el día de mi trigésimo cumpleaños– e ir al garaje para coger el coche e irme de  casa, donde me sentía observado.

   Apresurado hacia el coche, me caigo por las escaleras por falta de visión –tonto de mí por no haber cogido la vela­–. Estoy aturdido en el suelo, sangro por la frente. En un acto de descomunal esfuerzo intento erguirme, pero no puedo… me dejo llevar y cierro los ojos.

    Vuelvo en mí, la luz me da en la cara, parece que ha vuelto la luz al barrio. Miro el reloj; ya son las casi las siete, ya queda poco para el amanecer. Me yergo con la ayuda del pomo de la puerta y, con una calma inaudita en esta noche, desisto de huir y subo de nuevo a afrontar ese destino que menciona la carta.

   Con mi arma cargada en mano, subo de nuevo a la cocina a coger la carta, la releo. Me fijo en un detalle que no me había fijado previamente preso del pánico; la carta está firmada con las iniciales “J.S”, como las de mi nombre –John Sundahl–. ¿He escrito yo esto?, ¿me estaré volviendo loco?

    Escucho un ruido; un ruido desgarrador, como de otro mundo, viene del piso de arriba. Subo dispuesto a todo. Miro en mi habitación, pero no hay nada. Vuelvo a escuchar el sonido, esta vez con mayor intensidad; no sería capaz de describir lo que estoy oyendo, viene del trastero.

    Con cuidado, subo escalera a escalera, pensando en lo que podría encontrar allí. Abro la puerta sin vacilar ni un instante. No hay nada; nada excepto todos mis trastos abandonados en el tiempo, cubiertos por el polvo.

    Ya es un nuevo día, los primeros rayos del Sol entran por el gran ventanal que tiene el fallado. Al fondo veo otra carta en el suelo, enfrente a un gran espejo que usaba mi exmujer ­–detestaba ese espejo, por eso consideré conveniente sacarlo de la habitación y abandonarlo aquí una vez se fue ella–.

    Una vez más, aunque más tranquilo ­–quizá por tener un arma en la mano­–, me dispongo a leer la misteriosa carta:

 

Hola de nuevo John,

Ha llegado el momento de afrontar tu destino, no debes temer. Te he prometido que nos veríamos con los primeros rayos del día y que por fin entenderías todo.

Alza la vista hacia ese espejo para presenciarlo.

John Sundahl

 

    Cierro los ojos. Respiro profundamente. Una cálida sensación recorre mi cuerpo, no temo a nada. Abro los ojos con la sensación de que va a ser la última vez que lo haga. Respiro profundamente una última vez y alzo la cabeza dirigiendo mi vista hacia el espejo. Ahí estoy yo, en el espejo, apuntándome con la pistola en la cabeza, con la mirada firme y fija.

- ¡¡BOOM!! ­­–suena el arma­­.

   Me caigo al suelo, ya no tengo el control de mi cuerpo. Hay sangre por todas partes. Me desvanezco… me dejo ir, esta vez para no volver.


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