UN MUNDO SIN HÉROES (2 de 2)

Por Federico Rivolta
Enviado el 27/01/2015, clasificado en Ciencia ficción
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IV

 

Kravchenko no era un artista cualquiera, su arte despertaba mucho más que una simple admiración. Era imposible contemplar sus obras sin sentirse conmovido, perturbado, sin que algún sentimiento olvidado se movilizara en lo más profundo del ser.

Algunos creían que él había hecho algún pacto con dioses oscuros para poder plasmar en una sola obra todo el conjunto de emociones humanas, pero aquello no le habría sido necesario. Su maestría se debía no solo a su habilidad innata, sino también a años de práctica y dedicación. Sucede que muchos lo envidiaban y les resultaba imposible de creer que tanto arte pudiera salir de un solo individuo; eran personas que subestimaban al género humano, incluyéndose a sí mismas.

Una noche, Kravchenko hizo una gran exposición en la galería nacional de arte. Sorprendió que el nuevo líder no hubiese prohibido su presentación, algo que acostumbraba hacer cuando se trataba de un artista de vanguardia. El público, habituado a las obras clásicas y corrientes, estaba ansioso por ver algo de una técnica tan novedosa como la suya.

La galería se llenó como nunca cuando miles de fanáticos hambrientos de sus creaciones asistieron a lo que prometía ser un espectáculo completamente revolucionario.

Entre sus nuevas obras, llamó mucho la atención la denominada “La caverna”; se trababa de la escultura de un hombre con el torso cubierto de sangre, pidiendo a gritos que lo dejaran salir. Su rostro mostraba la desesperación de una sociedad apresada por su gobierno. Algunos, adiestrados a esculturas desabridas, dieron la vuelta y abandonaron la galería de inmediato.

Las almas inquietas siguieron adelante, y se encontraron, entre otras, con “Encadenados”. La fantástica escultura representaba a un hombre y una mujer alados, rompiéndose las cadenas el uno al otro para luego emprender vuelo. Era un acto muy osado realizar semejante obra, no había lugar para liberaciones de ningún tipo bajo aquel gobierno, y tampoco lo había para la igualdad de géneros.

En esa exposición hubo muchas esculturas impactantes, pero hubo una que se destacó por completo del resto. Había sido ubicada al fondo del largo pasillo para que fuera la última en vislumbrarse, y así la gente se iría con una representación bien clara de la situación social. Se trataba de la imagen más sencilla de la muestra; un mensaje claro y preciso, sin alegorías que podrían ser interpretadas de manera incorrecta. Aquella obra no era otra cosa que la cabeza de Kravchenko, clavada en una estaca.

 

 

V

 

Una noche cerca de fin de año, el Dr juntz regresó caminando a su casa luego de una dura jornada. El famoso estudioso de la mente acababa de corregir cientos de exámenes de adaptabilidad. No había un alma en las calles; había personas, pero ningún alma. 

El sabio dobló en una calle desértica cuando una camioneta negra frenó junto a él. Cuatro sujetos con los rostros cubiertos con máscaras descendieron del vehículo y se lo llevaron por la fuerza.

En la camioneta lo esperaba un quinto rebelde, más pequeño que el resto. Miró a su víctima fijamente y se sacó la máscara, liberando un ondulado cabello gris. Era una señora mayor; muy mayor.

-– Buenas noches, Dr juntz–. Mi nombre es Natalie.

La anciana comenzó a buscar algo en su cartera mientras el Dr Juntz intentaba liberarse de los fornidos rebeldes que lo sujetaban.

Natalie encontró entonces lo que estaba buscando y, sin sacar su mano del bolso, se dirigió de nuevo al atemorizado doctor:

–- Dígame una cosa, Dr Juntz -– dijo ella -–, ¿escuchó esos rumores de torturas y asesinatos ocasionados por algunos grupos de rebeldes?

Natalie hizo una pausa y luego sacó aquello que guardaba en su cartera.

-– Por supuesto que los escuchó; pues permítame decirle una cosa al respecto: todos esos rumores… son ciertos.

El desafortunado Dr Juntz –o lo que quedaba de él–, apareció al día siguiente en la entrada de las oficinas del nuevo líder. El mensaje había sido enviado.

 

 

VI

 

Quemar libros, evitar llamar la atención, no cuestionar nada; recetas para una vida larga y tranquila, recetas para convertirse en uno más de los seguidores del nuevo líder y poder movilizarse en paz por sus calles. La familia Babbard era una de tantas que seguían esa receta.

Desde pequeño, el regordete Eric había desaprobado cada uno de los exámenes de adaptabilidad en la escuela. Al joven Babbard le había ido peor cada año y sus padres no podrían haber estado más orgullosos. En realidad no era orgullo lo que sentían, sino más bien una falta de riesgo que los reconfortaba.

“No pienses mucho antes de responder, hijo; pon lo primero que se te ocurra”

Entonces Eric no pensaba.

“Mañana tienes el examen de adaptabilidad; lo mejor sería que te quedaras toda la noche despierto, así estarás cansado y este año volverás a reprobar”

Entonces Eric se quedaba sin dormir y así, al día siguiente, tenía la voluntad de una marioneta.

Sus padres querían lo mejor para él y lo habían logrado; Eric Babbard había obtenido un alto rango en una empresa líder en la cual, trabajando sesenta horas semanales, recibía un sueldo no tan miserable.

Una noche, mientras caminaba sin apuro por llegar a ningún lado, se encontró con alguien que conoció en su infancia; rodeada de unos hombres de blanco venía nada menos que su mejor amiga de la escuela: Cynthia Banach.

Durante treinta años la creyó muerta, pero allí estaba, con sus inconfundibles ojos grandes y verdes. Jamás olvidó la imagen de aquella niña que cargaba una pequeña mochila rosada, abriendo la puerta para salir del salón muerta de miedo.

Al momento en que cruzaron sus miradas, ella también lo reconoció. Eric estuvo a punto de gritar el nombre de su amiga, pero entonces Cynthia lo observó con su mirada inquieta y, con un gesto casi imperceptible, le ordenó que mantuviera silencio.

 

 

FIN

 


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