Navidad con Carlota

Por Manuel Olivera Gómez
Enviado el 27/01/2015, clasificado en Cuentos
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 NAVIDAD CON CARLOTA

 

“...Hoy vas a entrar en mi pasado.

Hoy nuevas sendas cruzaremos.

¡Qué grande ha sido nuestro amor!...”

 

El canto de Mercedes Sosa se escuchaba de fondo junto a la voz de Carlota. A través del teléfono me estaba haciendo una invitación a comer aquella noche.

 

Quedé mudo de asombro. No sólo por la dulzura de su trato, sino también por el convite. A alguien tan ahorrativo como ella debía costarle sangre desprenderse voluntariamente de una ración. Además, era Nochebuena, y utilizando sus propias palabras, en fechas muy señaladas sólo se debe invitar a comer a las personas que uno aprecia mucho. Estaba convencido de que yo no tenía boleto para subirme a su tren de selecciones (me faltaban fama, dinero y tal vez sabiduría), así es que no lograba entender su deferencia para conmigo.

 

En cuanto salí de mi estupor, le prometí que sería puntual. La curiosidad era mucha como para rechazar una invitación tan extraña.

 

-Lo siento mucho –dijo apenas me abrió la puerta, y se llevó la mano al escote del deshabillé rojo que cubría su cuerpo, y que seguramente había sacado de algún baúl cerrado por varios lustros-. ¡No tenemos pavo! Ya sé que una Nochebuena sin pavo, es como si no lo fuera, pero créeme, para una mujer como yo, que gana tan poco, le es muy difícil costear las tradiciones. Y la Navidad es una tradición cara. ¡Bastante que he puesto un arbolito en medio de la sala!

 

-¿Y a qué me invitas entonces? –le pregunté sin poder dejar de echarle un vistazo al arbolito. Tenía apenas unos treinta centímetros de alto, y era de un color que el tiempo había vuelto impreciso. Entre sus diminutas ramas, algodones cagados de moscas querían semejar nieve. Aquello parecía más bien una burla. Una nieve tan cochina no se veía ni en la ciudad más contaminada del mundo.

 

-¡A spaguettis! –dijo con una alegría no disimulada. Era como si esta respuesta se la hubiese imaginado muchas veces antes de que yo llegara. Y sin dejar de mirarme a los ojos para no perderse ninguna señal de descontento que pudiese reflejarse en mis pupilas agregó: -Y me disculpas que te haya recibido así. No te vayas a hacer ilusiones. Es que aún no he tenido tiempo de vestirme.

 

Diciendo esto, desapareció en el cuarto tarareando aquella ranchera de Rocío Jurado, que definitivamente había terminado por gustarle: “...Me tienes que atender como Dios manda, que aún hay mucha mujer en este cuerpo...”

 

Comenzaba la partida. Siempre sucedía así con ella. Las visitas a su casa eran una batalla de intelecto. A Carlota no le importaba ganar o perder. Su único interés era probar fuerzas con los invitados, y esa noche su contrincante era yo. Tal vez fuera cierto que su despensa estaba en crisis; pero la experiencia con ella me gritaba lo contrario. Mis puntos flacos eran de su conocimiento, y obviamente se disponía a sacarle provecho.

 

Jamás he soportado comer spaguettis en público. A solas puedo tranquilamente picarlos a mi antojo, o acercar la cabeza al plato y evitar en lo posible esa desagradable lucha entre ellos y la boca. Pero con otra persona a la mesa, las cosas cambian. Ese arte de enrollarlos en el tenedor con la ayuda de una cuchara, y que según dicen denota buen gusto y educación, nunca pude aprenderlo. Juro que lo he intentado, pero definitivamente no puedo. Para evitar entonces pasar por trances desagradables, prefiero no incluirlos en mi menú.

 

Carlota disfrutaba su superioridad. Me sirvió con abundancia en un plato llano. Aún no había hecho ni el primer intento por llevarme algo de pasta a la boca, cuando sentenció pendiente de mi comportamiento en la mesa:

 

-¡Yo no me explico! ¡Con el tiempo que viviste en Europa y ni siquiera aprendiste a coger el tenedor con la mano zurda!

 

-¿Y eso que tiene?

 

-Arte, mi vida. Arte. Saber tanto la disposición de los cubiertos en una mesa, como utilizarlos de acuerdo a lo que a uno le sirven, denota cultura.

 

-Para mí eso tiene otro nombre: ¡mariconería!

 

-¡No seas campesino! ¡Vamos, levanta los spaguettis para que se rieguen el queso y el tomate! ¡Se enfrían!

 

Y sin esperar a que me inclinara sobre el plato, se incorporó de su silla, y muy dispuesta, me arrebató los cubiertos.

 

-¡A ver, dame acá! No soporto la torpeza...

 

Comenzó a removerlos a una buena altura del plato. Sólo que ya su pulso no era el de antes, y cuando fue a devolverlos, se deslizaron como serpientes sobre el oscuro mármol de la mesa. Sin inmutarse, los persiguió con el tenedor, tratando de retornarlos a su lugar de origen.

 

-¡Ay, las cosas que tú me haces hacer! –quiso echarme las culpas de su fracaso, y al hablar varias gotas de saliva se filtraron por el espacio que habían dejado los dos dientes del maxilar inferior extraídos la pasada semana a causa de una piorrea mal atendida. Fueron a caer directamente en mi plato.

 

-Deja, yo no quiero spaguettis –dije totalmente asqueado.

 

-¿Por qué no? Esta mesa está limpia. ¿Cuando tú has sido tan escrupuloso?

 

-No es eso. Es que tú sabes bien que yo no como spaguettis.

 

-Mejor, entonces dame acá, ese va a ser mi almuerzo mañana –dijo, y fue a guardar el plato en el refrigerador.

 

Luego sacó dos botellas de vino rumano que escondía en su alacena desde los tiempos en que aún se ofertaban a precios módicos en los mercados cubanos. Comenzó a tomar sin medida, y este descontrol en su comportamiento me hizo adivinar el motivo principal de su invitación. Carlota quería confesarme algo.

 

Seguramente había llamado a sus pocos amigos para esto; pero o no estuvieron localizables o no quisieron pasar la Navidad con ella. Sólo pudo contar conmigo.

 

Cuando ya apenas sí quedaba algo de bebida en las botellas, me miró fijamente a los ojos y me dijo:

 

-En una semana me voy a Miami.

 

-¿Cómo?

 

-Sabes, en una guerra entre la miseria y la ideología, algunas veces sale victoriosa la miseria. Me cansé de luchar –dijo con un dolor de años, y sus ojos, perdidos entre las arrugas de los párpados, comenzaron a cubrirse de lágrimas.

 

Estaba sorprendido. Aquella no era la Carlota que yo había conocido. De repente su fuerza y su arrogancia se habían esfumado. Desde la pared de la sala, su pasado acechaba encerrado en cuadros y fotografías. En una se veía sonriente con uniforme de miliciana, en otra aparecía alfabetizando a un campesino del Escambray. Más allá había medallas, diplomas, y hasta un machete que según me contara en una ocasión, perteneció a su abuelo, el mambí.

 

-¿Y tu cubanía? –pregunté aún incrédulo.

 

-La acabo de jubilar –dijo-. Allá tengo a mi hermana y a una prima. Quiero pasar mi vejez con ellas.

 

Se levantó, se sonó un par de veces la nariz, y caminó hasta la grabadora. Una vez más la voz de Mercedes Sosa llegó hasta mis oídos, sólo que esta vez con todo su brío:

 

“...HOY VAS A ENTRAR EN MI PASADO.

HOY, NUEVAS SENDAS CRUZAREMOS.

¡QUÉ GRANDE HA SIDO NUESTRO AMOR!

Y SIN EMBARGO, ¡AY!

¡MIRA LO QUE QUEDÓ...!”

 

 

 

 

 


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