Perdida

Por Un dulce capricho
Enviado el 31/01/2015, clasificado en Amor / Románticos
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Y entonces ocurre. El mundo deja de girar y se paran todas y cada una de las agujas del reloj. Quiero desaparecer, desvanecerme entre el calor inconfundible de las noches de verano. Y aunque no lo creas, me muero de vergüenza y sólo quiero salir corriendo. Mi boca no articula palabra porque no puede, no soy capaz de hablar si no dejas de mirarme así. Y es en ese momento en el que sólo deseo que dejes de hacerlo, que dejes de mirarme porque sé que me estás debilitando y voy a caer. Voy a caer rendida a tus labios y tu mirada eterna. ¡Por dios! ¿Qué me está pasando? ¿Qué está ocurriendo? Esta no soy yo..Y es justo ahí, cuando soy consciente de que no sé dónde he dejado a esa chica dura y segura de sí misma que no me abandona nunca. Y todo ¿Por qué? ¿Por unos labios bonitos? ¿Por unos ojos negros? Parece surrealista, y lo es, y no deja de serlo cuando me seduces de nuevo con esa mirada y, mis labios, ya completamente débiles, se funden con los tuyos. Química, Física y todas las ciencias imaginables alborotan histéricas entre tu lengua y la mía, lo que lo empeora todo. El reloj vuelve a su hora, y el suelo recobra su movimiento natural de forma muy brusca, tanto que asusta, ¡tú me asustas! No alcanzo a comprender como ha pasado algo tan increíblemente increíble. Cómo es posible que encierres en mí, tanto deseo. Deseo puro que estalla visiblemente en mis pupilas, y que puedo ver reflejado en las tuyas.

Y entonces ocurre. El mundo deja de girar y se paran todas y cada una de las agujas del reloj, otra vez. Y esta vez no te puedes detener, y yo no creo ni por un instante que podamos hacerlo, que podamos parar el torbellino que hemos creado. Aún no somos conscientes de que tenemos entre nuestras manos, la receta mágica, sí, esa que añoran cientos de personas cuando buscan la felicidad compartida. Y no lo sabemos porque nuestras manos están demasiado ocupadas saboreando el placer del ligero roce entre tu cuerpo y el mío. Y curiosa y precisamente, esa ignorancia es la que hace que esta vez, y sin posibilidad de volver a poner el reloj en marcha, sea yo quien te mire, y decida besarte.

 


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